Unas palabras sobre la soberbia.

Blog

Unas palabras sobre la soberbia.

No sabía qué significaba la palabra, pero evidentemente la practicaba.

Era una adolescente descarriada, vivía brava con el mundo, sentía con fiereza y me costaba aceptarme y amarme a mí misma, aunque era buena escondiéndolo. Lo que nadie sabía, porque yo no estaba dispuesta a dejarlo ver, era que detrás de esa muralla triple que ponía a la vida, había un ser humano débil, inseguro y muy, pero muy sentimental.

Un día en clase de ética nos pusieron a hacer algo que me encantaba. Era una típica actividad de convivencia de colegio que consistía en pasar una hoja de papel con el nombre de cada una en la parte de arriba. La hoja iba rotando por todas las compañeras del salón y cada una le ponía algo “constructivo” a su dueña. Al final, cada una tenía 30 comentarios bonitos de la gente con la que había crecido desde los 4 años.

Ese día, cuando recibí mi hoja, tenía 29 comentarios positivos y uno que no entendía, y me generaba una inquietud horrible. Entonces alcé la mano y le dije a la profesora que había algo que no me gustaba:

“Me pusieron soberbia, y no estoy de acuerdo”.

La profesora era muy amiga mía. Yo amaba la materia de ética y siempre me esforzaba mucho en los trabajos. Piedad, como se llamaba, decía que me admiraba mucho también. Nos queríamos tanto que había puesto a su hija que había nacido hace poco, Ana Isabel.

Piedad me pidió que explicara porqué no estaba de acuerdo con lo que me habían escrito y entonces como no supe explicarlo, me pidió que sacara el diccionario.

“Estimación excesiva de sí mismo, con menosprecio de los demás. Cualidad del que se irrita o encoleriza en exceso al ser contrariado”.

Yo iba leyendo y me iba acalorando. No me acuerdo mucho qué más pude decir, pero fue algo muy humillante. Juliana, quien había sido la autora del comentario, también había expuesto sus razones para escribirlo. Y creo haberme defendido también argumentando que se supone que era una actividad constructiva. Y, yo que he manejado mi buena dosis de drama, quedé herida y alejada de esa compañera que me había hecho avergonzar frente a todo el salón.

El último día de colegio salimos todas en chiva por la ciudad a celebrar. Estábamos extasiadas y felices. No conozco meta más importante que graduarse del colegio tras 14 años de crecimiento y literal supervivencia. Ese día, después de algunos tragos, Juliana se me acercó y me pidió disculpas. No estaba hablando del papel de la soberbia, qué tal. Más bien, vino a disculparse porque “ya que había pasado y no importaba”, me quería confesar que todos los viernes, cuando mi gran amor de la adolescencia me dejaba en la casa, se iba para la de ella. Y que ella, aún sabiendo que yo a duras penas estudiaba (y respiraba!) entre tanto amor y despecho en el que vivía, lo recibía ya que él argumentaba que yo era muy monja y que encima tenía unos papás que no me dejaban hacer nada. Esto pasó hace tantísimo tiempo que solo me acuerdo de flashes de colores entre la papayera, la chiva y un par de posibilidades de cómo terminó ese diálogo:

  1. “Te perdono de palabra, pero nunca de corazón”, o
  2.  “Tranquila que a mi él ya no me importa” que expresaba una cosa, pero significaba exactamente lo mismo que la frase anterior.

Toda esta historia, hace rato olvidada, volvió anoche al leer un comentario por mensaje privado que me hizo alguien en Instagram “A veces da rabia leerte. En tu post de esta foto, se nota tu arrogancia.” Era ya muy tarde y estaba haciendo tanto frío, pero yo no temblaba de frío, sino de Dejavú. Pensaba qué tenía que aprender de todo esto y porqué algunas personas se sienten con la capacidad de herir a otras con tanta libertad.

En la primera, tardé en entender lo que había detrás de esa palabra “soberbia” escrita con lapicero verde. Claro, Ella me estaba diciendo “yo sé algo que tú no sabes. Tú tan creída y yo que te paso por encima”. Evidentemente era un ataque personal y aunque tenía razón en lo que decía, no era eso lo que dolía, sino su intención de herirme. Ella se sentía aludida por mi mera existencia y se alguna manera quería hacérmelo saber.

Lo mismo me pasó anoche y me levanté con la reflexión dándome vueltas en la cabeza. Si alguien, desde un perfil anónimo al que sigue apenas a un par de docenas de personas, sigue a alguien a quien le da rabia leer y se toma el tiempo de comentar palabras hirientes a las 10 PM un sábado cualquiera, su intención no es bondadosa. Lo recibo, respondo con cordialidad, pero me retiro. Porque no quiero que mi vida se trate de eso.

Y entiendo sobre todo, que cuando llegan estas flechas, están impulsadas por vientos distintos y el que hieran o enseñen depende del lugar del que provengan y de si encuentran o no en quién anidar su veneno.

Entretanto, el último pensamiento que me queda, es que a mí, querida vida, sígueme mandando experiencias, que yo las voy a convertir todas en letras.

@yogalalma

Leave your thought here

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *