No hemos salido de ningún conflicto. La guerra la llevamos por dentro.

Japón había metido gol. Eran las 7:04 AM y toda Colombia estaba helada y desconcertada porque además ya éramos solo 10 en el equipo. En la W, Alberto Casas Santamaría, pedía “un lamparazo”. “Muy temprano y en horas y espacios laborales”. Sin embargo no lo juzgué raro: estamos acostumbrados a que en su emisora constantemente se pida un “lamparazo” y hasta se acompañe con el audio de dos hielos cayendo ruidosamente en la copa. No lo juzgué raro a pesar de que en esta casa el trago se envejece en la alacena sin ser consumido.

Dos horas después estábamos convertidos en parias de la sociedad. Si yo con las bases espirituales que tengo, he estado a punto de romperme por dentro, no me quiero imaginar lo que sentiría un adolescente, o alguien con una lucha interna de esas bien tenaces que a todos nos pasan a veces en la vida. Empecé a repetirme sin convicción como un mantra “sé muy bien quiénes somos. Lo que digan de nosotros no nos puede dañar”. Me paré en el ojo del huracán a esperar que todo terminara y la serenidad llegara a ayudarme a pensar otra vez con claridad.

Este nuevo condicionamiento me cayó, por fortuna, en una de las épocas más estables y bonitas de mi vida. Pero si alguien, a sus 16 años o en medio de una depresión hubiera decidido que no valía la pena vivir más, seguramente al día siguiente el tema del día hubiera sido: “no era para tanto”.

El mundo puede quitarle todo a un ser humano, a no ser de que tenga absoluta claridad de quién es por dentro.

No comulgo con esta práctica despiadada y frecuente de lanzar a una persona con su cara y su biografía a una jauría sedienta de odio. Y luego avivar la hoguera con la irresponsabilidad de los líderes de opinión de este país, enardecidos dando cátedra de moral desde bocas y dedos que han cometido errores semejantes. Nuestra sociedad goza con el payaso de turno. Lo destruye y le quita su honra, su valía y su oportunidad de resarcirse, cuando en el momento más desafortunado de su vida, fue grabado por compatriotas “NO POR AMIGOS”, que en medio de una tribuna y el calor colectivo, se abrazaban como conocidos de siempre y decidían que era gracioso compartirlo. Y lo compartieron con un país que estaba furioso por un partido que Colombia perdía. Y lo multiplicaron algunos por considerarlo gracioso también. Más tarde todos lo enviaban con su propio comentario editorial, para aprovechar al “nuevo Don José” y purgar en él un poco de su rabia. Desde el estadio de Saransk también compartieron otros vídeos. En uno de ellos, Colombia metía un golazo, histórico, el primero en un mundial de ser de tiro directo y pasar por debajo de la barrera, un vídeo en el que se veía como temblaba la tribuna con la furia de abrazos entre desconocidos de camiseta amarilla. A mí se me pararon los pelos al verlo. Sin embargo este vídeo no mereció ser difundido.

Cuando habían pasado 24 horas, ya Caracol estaba contando un poco más de sus vidas. Había descubierto en un “extenuante trabajo periodístico”, sus colegios, trabajos, profesiones y membresías. Algunos perdían su trabajo y el circo romano estaba un poco más contento al ver a su presa de rodillas.

Y entonces empieza el miedo. Siente que le respiran encima y que lo único que falta es que venga el tribunal de la inquisición a tocar la puerta de la casa.  ¿Y si aparecen las caras de nosotros y nuestros hijos? ¿Será un buen día para salir a mercar? ¿Mañana tendrán trabajo?

Recuerdo hace muchos años en el colegio, un par de niñas que iban al menos 6 años más adelante. Las pararon en medio del auditorio a contar a todo el bachillerato cómo habían robado una camiseta verde durante un viaje de intercambio en Kansas. Debían repetir porqué habían cometido su error y porqué invitaban a no hacerlo. Crecí sin saber sus nombres. Solo hablábamos de “las que robaron en Kansas”. Y más tarde cuando las conocí socialmente, y tuve la oportunidad de saber quiénes eran realmente, y deseé no haberlas conocido antes por su peor momento, sino por lo que realmente eran.

Afortunadas ellas que vivieron su peor día, en una época en la que todavía era posible equivocarse sin ser linchado socialmente. Acabado. Escupido y pisoteado.

Espero que mis hijos estén aún a tiempo de tener su adolescencia en medio de un ambiente donde los errores se paguen de una manera justa y se regale la oportunidad de demostrar que somos mucho más que todos esos momentos patéticos. De esos errores gigantes y vergonzosos. De esas metidas de pata tremendas. De esos descentramientos colectivos. De las estupideces que hacemos cuando estamos entre amigos y volvemos a tener 15 años. Que podemos resarcirnos con altura y sin miedo por nuestra propia vida. No vaya a ser que un loco sediento de despojarse de su ira interna, decida acabarnos con la nueva arma de destrucción masiva.

Lo que más temo hoy en la vida es a las redes sociales y a quienes teclean tras ellas sin pensar, acabando con tanta gente.

Mis libros más recordados, una lista de todos aquellos que me han hecho feliz.

 

IMG_6446.jpgHace mucho tiempo que no leía un libro que me trasnochara. Algunos de los que leí en el último año son hermosos e interesantísimos, pero tan intelectualmente densos que no soportan mi muy poca energía nocturna de mamá de dos casi-bebés. Por eso volver al ruedo de la novela histórica con SEMEJANTES LIBROS, ha sido la motivación para hacer una lista, de estas que tanto amo y disfruto hacer. Quiero que esos libros que me han producido tantas emociones en mi vida, puedan llegar a hacer feliz y conmover a alguien más. Bueno…. algunos logran mucho más que eso… como los que estoy terminando ahora… y por eso, voy a empezar por ahí:

1. LO QUE DICEN TUS OJOS, seguido inmediatamente de CABALLO DE FUEGO PARÍS, CONGO Y GAZA. Bueno les digo, estos libros son más dulces que lecherita con arequipe, y podrían escandalizar a más de una (lo del género es a propósito, no creo que un hombre soporte leerlos, además que podrían afectar ampliamente su autoestima), pero por la misma razón tienen el poder de calentar hasta la relación más destemplada. Altamente recomendados para aquellos meses helados que siguen la llegada de la maternidad. (Risas… y como dicen ahora en redes, me retiro lentamente de este tema). Mientras suspiras por la relación que jamás llegará a existir en la vida real, aprenderás del conflicto árabe y palestino, y de la guerra de etnias en el Congo. He adorado estos libros, que no se consiguen en papel, al menos en Colombia, pero que he devorado en la pantalla del celular mientras manejo, espero citas, hago filas y antes de caer en un muy feliz sueño profundo. Autora argentina: Florencia Bonelli, a quien planeo seguir stalkiando en busca de títulos perfectos para unas vacaciones entretenidas.

2. Oriente es mi obsesión desde hace años y sé que muchos la comparten. Tal vez porque conocer, así sea a través de las páginas, una historia y una cultura que nos son tan ajenas, tiene el poder de transportarnos, erizarnos la piel, abrirnos el apetito y expandirnos las fronteras. Como todo lo que es moda, muchos de los libros basados en oriente han casi caído en el cliché, pero de todos los que he leído, recomiendo a CISNES SALVAJES (Jung Chang) por mostrar de manera autobiográfica la más dura realidad de la dictadura china, con tal finura en las palabras, que no puede pararlo de leer. También adoro y recuerdo con felicidad los libros de Javier Moro, EL SARI ROJO y PASIÓN INDIA. De Kenizé Mourad, UN JARDÍN EN BADALPUR y DE PARTE DE LA PRINCESA MUERTA, y de la misma línea, COMETAS EN EL CIELO de Khaled Hosseini. Y aunque hace más de diez años me leí LAS VÍRGENES DEL PARAÍSO de Barbara Wood, pero aún lo recuerdo al igual que EL AMULETO.

3. De paseo en India, quise comprar un libro de una autora local, y terminé con EL DIOS DE LAS PEQUEÑAS COSAS, de Arundhati Roy, entre mi maleta. Adoré su cadencia, los detalles en su relato, y sentirlo tan genuinamente indio. Un libro distinto que ni siquiera sé si llegó a occidente, pero que vale la pena buscar, así sea en formato digital.

4. De las manos de una prima recibí uno de los regalos más bonitos que me ha regalado la literatura. UNA VOZ ESCONDIDA de la autora iraní Parinoush Saniee, me estremeció, me marcó, y me obligó a repensarme como mamá. Sinceramente es el libro que debería leer cada mamá de este mundo mucho antes de que sus hijos hablen por primera vez.

5. De los autores más reconocidos en el mundo de las letras y guiada por mi lado intelectual, leí UN HOMBRE y NADA Y ASÍ SEA, quedando enamorada de la narración de Oriana Fallaci. Hasta hubiera puesto a una hija Oriana, si mi marido me hubiera dejado. Las descripciones que esta mujer hace de la guerra de Vietnam, casi me arrancan lágrimas. De Mario Vargas Llosa, devoré LA FIESTA DEL CHIVO, sobre el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo. Fascinante y estremecedor. De Dostoyevski, CRIMEN Y CASTIGO, de Kafka EL PROCESO y de Milán Kundera, LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER, así las reinas de belleza hayan cogido este último de parche, fue mi libro favorito por mucho tiempo.

6. Siendo aún muy chiquita, leí libros para adultos en los que aprendí de la vida mucho más rápido de lo “aconsejable”. Pero la lectura era mi mundo personal, privado y fantasioso y siempre tuve la libertad de escoger lo que me gustara, así “no fuera apropiado para la edad”. Recuerdo que saqué más de diez veces de la biblioteca del colegio a JAYNE EYRE de Charlote Bronte y lo leí una y otra vez deseando que el final fuera diferente. Yo lo leía sin saber que era un clásico de clásicos, enamorada de su narración, y hoy, más de 20 años después aún recuerdo al señor Rochester y tengo una imagen de Jane esperándolo en la ventana. De esa segunda década de mi vida y de mi autora favorita de ese entonces, Isabel Allende, adoré PAULA, LA CASA DE LOS ESPÍRITUS y RETRATO EN SEPIA. Y los leí casi al tiempo de VENDIDAS (Zana Muhsen) y FLOR DEL DESIERTO (Waris Dirie). Y como ñapa quiero añadir que, sin importar que pasen los años, siempre querré volver a leer LAS BRUJAS de Roald Dahl, quien con su ratonizador de acción retardada me sigue divirtiendo en mis recuerdos.

7. Entre otras libros, que no sabría clasificar, pero cuyo recuerdo aún me inquieta, tengo LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS de Torcuato Lucca di Tena, MI DERRAME DE LUCIDEZ de Jill Bolte Taylor, y cualquiera del japonés Haruki Murakami, siendo de lo más loco que he leído en mi vida, KAFKA EN LA ORILLA y LA CAZA DEL CARNERO SALVAJE. Tal vez todos los de este párrafo, encontrarían en común la capacidad de irse a estados mentales tan extraños y diferentes, que más allá de poderlos clasificar como “ buenos” o “malos”, uno dice, WOW, esta gente qué estaba pensando cuando escribió esto. Para mi sobre todo los dos primeros fueron un placer absoluto.

8. Me he leído casi todas las series adictivas que han salido en los últimos años, pero todos los de Stieg Larsson, empezando por LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES, son mis predilectos. De esas lecturas cuyo final lo dejan a uno despechado y desparchado, deseando volverlos a leer (o poner a alguien más a leerlos, para poderlos comentar)

9. De autores colombianos me podría trillar hasta el fondo hablando de cuanto amé CIEN AÑOS DE SOLEDAD, pero preferiré recomendar DULCE COMPAÑÍA, LA NOVIA OSCURA y DELIRIO de Laura Restrepo. Sobre todo me fascina su prosa casi no-puntuada, con renglones justificados a lado y lado, en párrafos de hojas completas sin un solo espacio por llenar. Se oyen mentalmente como una cantaletica continua, como la bulla que hacen las viejitas al rezar. De Héctor Abad me gustó EL OLVIDO QUE SEREMOS por su nostalgia sin queja, un homenaje hermoso al amor del papá.

10. Y porque necesito leer para aprende de mí misma, para creer en lo que jamás creería sin la ayuda de alguien más, están todos estos que voy a meter casi a la fuerza en mi categoría yogi, CLEAN, CLEAN GUT, (de Alejandro Jung), THE CHINA STUDY (TC Campbell), SUPERFOODS, FOOD AND MEDICINE OF THE FUTURE (David Wolfe) de nutrición desde un enfoque muy médico. De autoconocimiento, ENCANTADO DE CONOCERME de Borja Vilaseca. De espiritualidad UNA VIDA CON ÁNGELES de Tanya Karam. Y REGLAS ESPIRITUALES DE LAS RELACIONES de Yehuda Berg que me ha acompañado desde el día que lo leí, siempre muy cerca, recordándome cosas que mi sentido común ya sabía pero que jamás practiqué. En mi opinión este último, debería ser un libro de lectura obligatoria en los primeros años de bachillerato cuando todos morimos de amor, pero no entendemos nada al respecto.

Volver a leer después de la abstención de la maternidad, me ha hecho valorar aún más el privilegio de escapar con la imaginación a otro lugar sin pararme del sofá. El tiempo de lectura es mi gusto más sublime, mi rato conmigo misma, mi autoestudio y mi consuelo de nerd que ya terminó de estudiar pero muere por seguir aprendiendo. No tengo problema en tener varios libros empezados, salto de la autoayuda a la nutrición, de ahí a la espiritualidad, la novela histórica o la poesía. Leo de todo, de lo que resuena conmigo, de lo que me recomiendan, de lo que está de moda y de lo que se considera superficial. Me doy el lujo de dejar libros empezados y de releer aquellos que supe amar. Marco todos mis libros en la primera página con nombre y fecha, subrayo frases bonitas o importantes y acumulo libros en cajas mientras construyo la biblioteca de mis sueños. Porque en la casa de mi familia siempre hubo una que tenía un olor muy particular. Sé que de allí me nació el gusto y amor por los libros y este sueño, confeso pero aún no realizado, de escribir algún día uno que hable de mi vida, de historias fantasiosas que a veces se me ocurren, o de todo lo que he aprendido desde que descubrí mi amor por enseñar.

@yogalalma

A las mujeres de mi vida, y a todas las demás.

  • ¿Elisa es con ese o con zeta? ¿Tomás es con hache? La pregunta obligada en cuanto servicio de salud o trámite general consulto para mis hijos, me recuerda que soy mamá.

Es que a veces los veo o los oigo llamándome y me asalta la duda, ¿en qué momento pasó esto? Si. Soñé con ellos dos toda mi vida. Me acaricié la barriga vacía muchas veces y también me metí las muñecas debajo de la camiseta. Jugué mamacitas a más no poder y juré que mis hijos se llamarían Sofía, Lucrecia y Juan Sebastián.

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También por eso mis amigas me empezaron a decir Lucre. Fue en una época en la que cogí cara de secretaria. Me corté el pelo hasta los hombros, me saqué capul y me pusieron gafas oscuras con lentes “transitions”. Era “alérgica al sol”, eso dijeron los médicos, ante la falta de explicación de las enormes ronchas que me salían en los brazos y las piernas cada que iba a “tierra caliente”. No existía Raid que pudiera evitar que los zancudos me acabaran, y yo con una rascadera frenética, completaba la misión. Entonces esas gafas, que se oscurecían a salir al sol, me protegían los ojos que también se me irritaban con el calor. Yo vivía acalorada y alérgica. Era un volcán en continua ebullición.

No fueron años fáciles. Yo era una nerda de las escasas. Cuando cumplí doce, pedí a mis abuelos de regalo los libros “Vendidas” y “La casa de los espíritus”, mientras que me hice miembro del Club de lectores Edilux que me mandaba cada mes un libro nuevo de regalo. Mis amigas, mucho más “cool” que yo me empezaron a llamar “la nanny Fine”, como la niñera que salía en una serie de TV. Era mucho más desarrollada que ellas, les llevaba una cabeza y parecía su mamá.

Los niños con los que “salíamos” (léase íbamos a cine a Oviedo), me llegaban más abajo del hombro. Aún tenían la voz aguda, pero se llenaban la boca hablando de sus aventuras. Les encantaba repetir “que iban perdiendo hasta recreo”, que no estudiaban nada o que los habían echado del colegio y que ahora estudiaban ¨validando en un vagadero.

Me sentía fuera de lugar. Repetía que había nacido en la era equivocada y que hubiera sido más feliz en el renacimiento.

Entonces aprendí a camuflarme en un disfraz que me hacía sentir más cómoda. Pasados unos años, ya todas las amigas éramos igualiticas, al menos físicamente. Nos hicimos mechones monos gruesos, compramos beeper, nos vestíamos parecido y no pasábamos medio día sin vernos. Al final de la jornada escolar, nos citábamos para ir juntas al gimnasio, o a la casa de la otra y el fin de semana nos turnábamos en las fincas. Yo repetía feliz, que a nosotras nunca se nos acababa el tema.

Pero también había muchas peleas. Todas teníamos un carácter tenaz, no tolerábamos la diferencia, pretendíamos que las demás pensaran igual. Y eso cada vez era más difícil. Uniformar a una jauría de mujeres voluntariosas, no era más que una fachada que escondía muy bien lo tremendamente distintas que éramos todas.

Muy pronto cada una empezó a mostrar deseos de seguir un camino único, que validara su esencia y le diera su lugar en el mundo.

La madurez llegó con menos intensidad. Nos veíamos menos, conseguimos pareja y las prioridades cambiaron por completo. Empezamos a necesitar ocasiones especiales para vernos, pues ninguna coincidió en su elección profesional.

Volver a ser individuo, cuando uno ha hecho simbiosis por tantos años, es LA felicidad. Reafirmar que la esencia sobrevivió a la adolescencia y que además se pulió, fue muy importante para mí. Volví a ser yo. No parte de una barra, sino única, auténtica y además orgullosa de serlo.

Así como soñé con ser mamá, el matrimonio era LA meta de mi vida. Me moría por vivir en pareja, tener estabilidad en ese sentido me desvelaba. Tal vez por eso, me aferré a mi novio “grande”, 11 años mayor que yo, con el que estaba desde los 18 años. Con él siempre me sentí protegida y adorada y esa seguridad me permitió centrarme y explorar lugares de mi personalidad que jamás creí posibles. Como mi carácter había sido un continuo incendio, me había pasado la vida sin cuestionar a fondo qué era lo que movía tanta energía en mí, ni qué potencial podía haber en ello. Pero una vez llegué a este remanso de paz, me sobraron ganas de agarrar el timón y torcer el sentido de mi vida. Y eso hice.

Aprendí yoga, me fui a vivir a China, visité India, Malasia y Tailandia. Tenia solo 22 años y tocaba el cielo con las manos. Me gradué de periodismo, monté mi propio negocio, seguí estudiando y me enamoré de la enseñanza. Aprendí a creer en mí, cambié mi dieta, troté maratones, hice cursos de cocina y nutrición.

Y muy pronto no era ni la super nerd del colegio, ni el incendio inapagable. Ya la piel se había aliviado, en mi no vivía Lucre, ni la hija difícil, ni la mala hermana ni la adolescente indomable, ni la mujer entregada a amores ingratos. No me atormentaba mi pasado y podía reírme de él.

La cereza de mi postre fue casarme. Adoré la convivencia y la vida en pareja y cuando llegaron mis hijos quise hacer todo por ellos con la autosuficiencia que siempre me ha caracterizado. Redefiní mi negocio, pero confirmé mi pasión por el yoga, la enseñanza, la escritura, el oficio de ser mamá, cocinar, estar en casa, hacer ejercicio, seguir aprendiendo a ser mejor y ser una mujer 100.

Y mientras tanto mis amigas de la vida seguían sus pasos y caminos personales. Cada una cada vez más segura de su camino. Unas más afines que otras, pero todas presentes en los momentos más importantes de la vida de las otras. Nos veíamos de vez en cuando, casi siempre con los niños. Persiguiéndolos por los centros comerciales o compartiendo un helado absolutamente derretido. Hablábamos por encima de sus gritos y juegos, nos desatrasábamos de lo estrictamente necesario y nos despedíamos exhaustas hasta la próxima vez.

Entonces dijimos que era tiempo de hacer un paseo juntas, dejar a los maridos encartados y chismosear hasta el amanecer.

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Por fin llegó el momento del viaje. Adoro que haya sido en marzo, cuando siempre me siento más inclinada a hablar de la mujer que es uno de mis temas favoritos, porque lo que pasó en este paseo a Playa del Carmen fue algo muy emocionante.

Confieso que tenía sustico, porque hace mucho tiempo que no viajábamos juntas y nunca antes con tanto quórum.

Pero fueron necesarias pocas horas para entrar en una sintonía deliciosa. Comprobé rápidamente que nuestra esencia había “sobrevivido” también al matrimonio y los hijos, a los años sin conversar íntimamente, al título de “señora”, al puesto laboral, a las peleas y a las vidas tan diferentes que eligió cada una.

Mágicamente seguíamos siendo exactamente las mismas. Adentro se sintió igual. Adoré reconectar con estas mujeres que me conocen desde los 4 años. Destornillarnos de la risa por las ocurrencias de las otras, por las anécdotas patéticas que un día nos hicieron llorar. Amé saberlas tan distintas a mí y aún así quererlas sin juzgarlas, aceptarlas y además admirarlas por lo que han logrado con sus vidas. Encontré mi barra de siempre dispuesta a reírse de lo que antes hubiéramos criticado y necesitar cero chismes de otros para entretenernos y hablar sin parar. Lo mejor fue hablar con desparpajo y sin miedo de todo, sabiendo que lo que decíamos jamás saldría de allá.

Porque aparte de todos los títulos que puede ostentar una mujer en su vida, el de bruja es uno indigno y molesto, pero tan real como todos los demás. Cuando una mujer se propone con determinación ser mala o destruir o cuando está movida por la envidia y muy poco corazón, tiene tanto éxito como cuando se propone lo contrario.

Pero en este caso solo encontré amor del bueno, camaradería y confianza.

Los 6 días que estuvimos juntas fueron perfectos. Llegué plena y recargada. Da lo mismo que hubiéramos estado en Bolombolo o en Playa del Carmen. El paisaje y el mar fueron solo el patrocinio perfecto para estos días de reconexión tan especiales. Volví a ser la niña que iba al Marymount todos los días, la que se jugó mamacitas chiquita, la que se cortó el pelo como una secretaria, la que amó como loca en la adolescencia, la que se convirtió en la Nanny Fine de sus amigas, la que las hizo reír con sus anécdotas únicas. Yo que iba con una maletada de diarios, fotos y cartas, pero también con algo de resquemor, me devolví con un precioso equipaje emocional, porque todo lo que redescubrí, gracias a esos 11 espejitos que he querido por tantos años, está en un lugar de paz, en una inmensa tranquilidad. Me gustó saber que estoy parada exactamente donde quiero estar y que mi recorrido y las pruebas de ese camino, han sido absolutamente necesarias. Las agradezco, las honro y con gusto las volvería a pasar, para poder saborearme este presente con cero remordimiento y reconciliada con todos los demás papeles que jugué en el pasado.

Y a ellas, las mujeres de mi vida, les hago una venia, porque sus caminos los conozco como el mío y el lugar al que ha llegado cada una, es una obra de admirar.

  • Soy la mamá de Elisa y Tomás. Con ESE y sin HACHE- atiéndame rápido señorita que tengo una historia bailándome en la mente y me tengo que ir a escribirla ya.

Mujeres del mundo. Feliz día (requete-atrasado) y feliz vida. Aprovéchense y háganse aprovechar, que el fuego que tenemos dentro, puede brillar o puede quemar, así de poderosas somos.

Conectar con la misión

A los 23 años, yo quería hacer yoga el resto de mi vida y enseñar a la gente a pararse de manos. Me había encontrado con una versión de mí que me estaba gustando desde que practicaba, y pensaba que si lo adoptaba como misión única de vida, me aferraría a esa “nueva mi” y sería feliz por siempre. Pero uno empieza a recorrer un camino y por más que calcule la ruta, no tiene ni idea qué es lo que va a encontrarse. Porque una cosa es el camino mismo, pero otra muy diferente las personas, los reveses, el clima exterior y sobre todo lo que va cambiando por dentro. Aquello que te hace ver distinto ese paseo, así el rumbo sea igual.

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Y esta es la historia de lo que me ha pasado, mientras caminaba. Y hay tanta magia en lo que he vivido, que quiero compartirlo. Y también porque me han preguntado cómo es que hace uno para conectarse con su misión de vida, y aunque no tengo la respuesta perfecta, si sé que fuera de perseverar, repetir e insistir, hay un segundo elemento clave: SOLTAR.

Esta es mi historia, aunque no sé exactamente cuándo empieza.

Tal vez en 1984, cuando nací en una familia hermosa en la que había una hermana mayor, y a la que luego llegó el hermanito. Una familia en la que siempre hubo mucho amor, incluso para mí que muy pronto mostré rasgos de oveja negra: ni mejor ni peor, tan solo diferente.

O tal vez en el colegio en el que fui una buena estudiante en ciencias y humanidades, muy lectora, amante de escribir, no tanto de las matemáticas. Un colegio en el que siempre fui la niña correcta, más no la niña buena, porque esta fue una etiqueta a la que me resistí. Unos años de colegio en los que descubrí también un carácter tenaz, una dureza implacable que amurallaba un alma asustada. Un carácter irascible que cobijaba un corazón sin estrenar.

O tal vez esos son solo preámbulos de la historia misma que empieza, cuando juraba que ya estaba acabando. Porque uno escoge la carrera y está seguro de que con ella se va a ir como en banda eléctrica por la vida, en caminos florecidos, abundancia y prosperidad. Como si la elección hecha a los 18 años, cuando ni siquiera sabía de qué se trataba la vida, fuera la respuesta a todo lo que andaba buscando. Yo pensaba que uno se graduaba, se casaba, tenía sus hijos y colgaba el letrero de FIN, en letras crespas, como en La Cenicienta.

Porque yo escogí estudiar Comunicación, por un solo motivo y era que soñaba con escribir. No sabía de qué escribiría, ni de dónde sacaría la inspiración: solo sabía que quería hacerlo. Igual me habían dicho que escribía bien, me lo habían aplaudido toda la vida. Y en ese entonces, no había muchas carreras en las que pudiera realizarme. Entonces, cuando me llegó mi primer trabajo de la clase de NOTICIA, calificado con el primero CERO de mi vida, yo me iba a infartar. En el ego y en la vida real. La profesora me explicó que estábamos en noticia, no en narrativa, que ella no necesitaba detalles románticos, solo el qué, quién, cómo, cuándo, dónde y porqué. Y me empezó a sembrar inseguridad por lo que escribía, y cierta aversión por la comunicación social. Pero esta decepción no hubiera sido tan grande si años después, en mi práctica en el periódico El Mundo, me hubiera ido bien. Estábamos en 2006, y yo me había conseguido con una prima de mi mamá la práctica de los sueños para escribir historias y crónicas, mientras vivía de intercambio con una amiga en China. Pero, al tiempo que mi familia y amigos me respondían con amores los correos que mandaba día a día con las historias exóticas de un país hasta entonces desconocido, ella en el periódico no me paró muchas bolas y tan solo me publicó unas cuantas. Al final del año, mi abuela, que vivía como un pavo real, orgullosísima de mí, se sintió muy decepcionada y llamó a la directora de El Mundo a sugerir que aprovecharan de mejor manera todo el material que yo había escrito durante el intercambio. Mi adorado diario de China se convirtió en un terrible debate de intereses en el que la prima preguntaba rabiosa cómo es que mi abuela y yo habíamos pasado por encima de ella llamando a la directora a que le dijera qué tenía que hacer. Se sacó la espina de su orgullo machacado, haciéndome ir al periódico un 28 de diciembre, en plenas vacaciones (yo era una estudiante y mis vacaciones eran sagradas), a llenar de afán una separata con mis “mejores narraciones”, que ahora me sabían a zapato viejo, chancletiado y menospreciado. Las mismas que salieron un 3 ó 4 de enero sin amor de mi parte y sin pena ni gloria.

Y yo me sentí tan humillada, que juré que no volvería a escribir.

Y tomé la decisión despechada de dedicarme al yoga y a mi nuevo amor la cocina, una vez me graduara de esa “mediocre carrera”, que tan solo me había hecho detestar, lo que una vez había amado con el alma.

Y así lo hice en verano de 2007, cuando me fui a Nueva York a certificar. Mi primera profesora de yoga se había ido a enseñar a Asia y me había dejado de herencia en Medellín unas colchonetas y una decena de alumnos que estaban listos para empezar. Puse mi mini estudio de yoga en agosto de ese año, en una época difícil porque me tocaba llegar a romper el hielo, ya que no existía más yoga en la ciudad, pero me fue bien, me sentía contenta y las cosas fluían. Y yo pensaba que solo me faltaba complementar con la cocina, para ser feliz “de verdad”. Y entonces una noche me llamó mi amiga cocinera, con quien había pasado tantas horas en China planeando el menú del restaurante de los sueños. Me explicó que su mamá sería su socia, y que como yo estaba metida en yoga, ellas no me podían esperar. Y yo sabía que era verdad, que no tenía mucho que pudiera aportar en ese entonces, pero igual se me encogió la tripa, y me dormí enrosacada, triste y despechada por el que pensé era mi pasaporte al resto de mi felicidad. No sabía que me estaban salvando de perderme, de irme por las ramas a explorar. No sabía que igual podría amar la cocina, aprenderla y enseñarla cuando cada cosa estuviera en su lugar. Ese noche, en medio de mi tristeza, solo pude pensar en lo afortunada que era ella y en todo lo que yo estaba perdiendo: no sería la escritura, tampoco la cocina.

Vinieron años de mucho yoga. De más cursos y certificaciones. Llegó la socia perfecta para mi estudio. Una mujer maestra, que me preparó con más elementos para mi vida que mal que bien seguía siendo una línea recta sin demasiada dificultad. Marce me obligó a explorar, a cambiar, a abrirme más a la gente, me puso a soltar la resistencia y finalmente a confiar en su sabiduría que era de todo menos racional. En esos años me casé, tuve mi primer hijo y si era feliz. Mucho. Pero estaba muy lejos de ESA felicidad.

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Y nos certificamos en cocina crudivegana y en yoga para niños, aprendimos a hacer detox antes que nadie más acá, nos pasamos para la casa de los sueños: un ashram en la ciudad. Buscábamos y buscábamos cómo crecer, en un afán que era más altruista que ambicioso, porque no conozco una labor hecha con más amor y desinterés. En 2015, mientras esperaba mi segunda hija, dábamos clase de cocina, invitábamos profesores y nos enamorábamos de esos alumnos que nos habían acompañado por tantos años, con tanto amor, confiando en nosotros que también estábamos en pleno aprendizaje.

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Pero un día apareció la inquietud. Me tocaba la puerta y yo me hacía la boba. Y la quise interpretar de maneras distintas. Tenía un “otro yo” gritándome por dentro y yo lo quería ignorar, porque siempre he sido supremamente cómoda y mirada desde afuera, ESA ERA LA VIDA DE LOS SUEÑOS. Y no me creía merecedora de nada más.

Pero había tantos hilos sueltos.

Entonces pensé que tal vez creciendo mi yoga hacia la meditación, todo tendría más sentido. Incorporar la parte mental a ese aprendizaje físico que estaba dejando de ser suficiente. Quise ofrecer estas clases en la casa a través de otra profesora porque yo no me atrevía, pero las cosas no se dieron. Se presentaron nuevamente conflictos de intereses y esto fue muy duro para mí. Desató una cascada de sentimientos antiguos no resueltos. Fue como volverme a encontrar con ese otro día de hace diez años en el periódico El Mundo o en el teléfono con mi amiga contándome que iniciaría nuestro restaurante sin mí. Otra vez alguien me quería amarrar los pies a la tierra, no me dejaba volar. Pensé que nuevamente iban a limitarme y a hacerme detestar este otro proyecto que se asomaba ilusionado en mi vida. Cuando identifiqué la coincidencia (¡serendipity!), tuve un momento de claridad muy lindo en el que decidí no victimizarme. Ni el yoga, ni la cocina ni la escritura, serían negociables para mí, y menos bajo la disculpa de que alguien más me había frustrado.

Para empezar, decidí que me tendría que soltar de todo cuanto había construido. Soltar la gran casa de yoga, soltar las clases de cocina, soltar la socia maestra que ahora era mi amiga. Dejar de hacer todo lo que estaba haciendo para poder pensar. Simplemente, soltar.

Había hecho todo mi trabajo, sin pausa, por tantos años y nunca me había parado a ESCUCHAR.

No tenía NI IDEA para dónde iba, pero decidí empezar por lo que NO quería hacer más. Y una de esas cosas, era administrar.

Y a medida que soltaba, iba apareciendo por las noches una inspiración tan grande, que me obligaba a despertar. Me levantaba llena de historias en la cabeza, una síntesis de tantas cosas que había aprendido y que no me había atrevido a enseñar. Empezaron a llegar sensaciones muy especiales, coincidencias que me paraban los pelos de punta, y en medio de toda la incertidumbre, una inmensa sensación de paz. Sentí que estaba conectada, y que había algo a lo que me había negado, pero que me estaba atropellando de frente: la espiritualidad. Me llegó con tanta fuerza y evidencia, con tanta ilusión, que ya no la podía ignorar. Se me plantó al frente a guiarme, incluso en los meses en los que no hacía nada, porque estaba supuestamente esperando para abrir otro estudio de yoga.

Pero la vida fue sabia, y nuevamente me impidió irme por las ramas, perderme y volver a repetir una lección que ya estaba más que aprendida. El nuevo edificio empezó a tardarse en entregar, y esta vez, en vez de buscar tozudamente otro lugar, hice la pausa y entendí: no es por aquí.

Todas las historias latentes de mi vida empezaron a acosarme.

“Escribe, escribe de lo que sabes, sobre todo, escribe de los que sientes”.

“Haz yoga, no dejes esa herramienta que te ha enseñado más de ti que nada y nadie más”.

“Ten contacto con la gente, enseña, tus alumnos son tus mejores maestros, esos jefes implacables, que no dan espera y que te obligan a aprender más y más.”

“Dedica tiempo a tus hijos. No los delegues al mundo, que luego los vas a extrañar. Ellos serán tus mejores maestros de amor incondicional. Y sin eso, hay algo que siempre te va a faltar.”

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“Lee, aprende. Métete a clases y a talleres, aprender te recuerda de todo lo que NO sabes y así te regala humildad”.

“Y muévete con precaución, nada de decisiones apresuradas o de situaciones forzadas. Menos ataduras, más libertad te harán trabajar aún con más compromiso, pasión y paz. Sobre todo paz. No puedes enseñar nada que no eres.”

Mi último año ha sido un llamado a la coherencia. A evaluar en mi propia vida todo lo que he enseñado. A enseñar a mis hijos todo lo que he soñado. Y a romper la última y más dura de las ataduras, la del “que dirán”, la de la niña correcta del colegio, la de la yogi que era pura bondad. Esa manía de complacer sin límites y a menudo a mi pesar. Aún estoy en ese trabajo de entender que puedo ser buena, pero tener carácter. Que puedo tener una contrariedad con alguien sin que eso me quite valía o me convierta en ese personaje difícil que fui muchos años atrás.

Salir al mundo con mi nuevo proyecto en febrero de 2017, fue como salir del closet, con igual dosis de ilusión y de miedo. Salir fue exponerme demasiado, mostrarme vulnerable. Pero eran tantas las ganas, tanta la ilusión, tan inmensa la certeza, que no me importó. Entendí que podría escribir con la seguridad de la experiencia acumulada en esos años, con la tranquilidad de estar reconciliada con mi ser interior. Entendí que podría hacer yoga, enseñar yoga y al tiempo ofrecer esa recién descubierta espiritualidad que me había dado tanto. Entendí que todas mis facetas y pasiones de la vida no solo no reñían, sino que se complementaban a la perfección.

Cuando empecé no tenía seguridad de nada, pero poco a poco fueron apareciendo las ideas y pude diseñar un taller que me llena 100% el corazón. Aquí no hay medias felicidades, ni puntos pendientes, mientras los hago, los diseño, los presento y los enseño, no me importa si pasa o no el tiempo en el reloj.

Y aunque sé que falta mucho por caminar y por aprender y ha habido algunos obstáculos y pruebas menores, agradezco y vivo mi presente como nunca antes.

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Esta historia es solo mía, tan única como mi huella dactilar. Así caminaras sobre mis pasos, no podrías vivir lo mismo, y eso es lo más hermoso que entenderás. Porque en el instante mismo en el que uno SE DESCUBRE único, deja de tener miedo: miedo a no ser capaz, a la competencia, a perder el impulso. Entiende que eso es imposible. Que eso no va a pasar. Tal vez habrá épocas de más entusiasmo y muchas personas que se inspiren en ti, pero lo que tu haces, unido a tus talentos, a tu vocación y a tu recorrido en esta vida, es absolutamente único y profundamente encantador.

Cuando conectas con tu misión de vida, el esfuerzo para aprender y trabajar se hace con gusto y amor, el tiempo se extiende las horas que sean necesarias, aunque eso implique sacrificar otras cosas menos importantes. Tu vocación es tu vida misma, no es un trabajo que se haga con horario y precisión. De cualquier situación sale una buena idea, y la ilusión nace, como un enamoramiento permanente a confirmarte a menudo: “para esto nací yo”

 

Un premio mayor

 

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En la familia de mi papá se cuenta una historia increíble de mi abuelo Gabriel, quien compraba la lotería sagradamente cada semana. Un día llegó el lotero a vendérsela como de costumbre, pero en vez de él, le abrió la puerta su hermano Juan. El hermano de mi abuelo compró ese billete por “pesar, obligación o costumbre” con tan buena suerte que se la ganó.

Son historias que poca gente podría contar.

A veces parece como si los escenarios se arreglaran para vivir las historias perfectas. Y para las tristes también, porque esas también toca contarlas.

Mi escenario fue alrededor de la celebración de las velitas. Una de las más lindas que recuerdo en toda mi vida. La familia reunida, todo en calma, una copa de vino, un clima muy rico para ser Rionegro. Los niños disfrutaron más que nunca y la alegría del inicio de la navidad y la llegada de las vacaciones ya se había instalado en el ambiente. Para coronar tanta dicha, era puente con viernes festivo, así que al día siguiente organizamos salida a cine a ver Coco, la nueva película de Disney, y como todo en mi familia es en barra, terminamos yendo 16.

Coco fue una película muy especial. Emotiva y hermosa, pero también conmovedora hasta las lágrimas (ruidosas, nada disimuladas) “aún después de que habían prendido la luz.”

Terminamos todos comiendo juntos. Demasiada perfección.

Hace días venía yo pensando que la vida estaba rica, que llevaba un buen tiempo muy estable como para ser verdad.

El 9 de diciembre jugué tenis y antes de regresarme a la finca, paré a sacar plata y a recoger en el parqueadero muchas frutas de los eugenios, a pesar de que sabía que mi mamá me estaba esperando, porque necesitaba el carro. Me llamó por segunda vez a recordármelo, así que salí. Eran casi las 11 am. Cuando ya iba entrando por la carretera destapada miré el reloj y pensé: “si, voy a llegarle a tiempo”.

Pero todos los planes cambian, en un segundo cualquiera.

Al llegar vi a mi papá muy pálido, su hablar era enredado. Estaba maluco, mareado y no se podía parar.

11:11 mami, ven que el papá se puso mal. Ay ángeles del cielo, si se me llegó la hora de vivirlo yo voy a poder con esto. Yo sé que si.

Billetera, celular, vámonos ya para la clínica.

El puente de velitas no es un buen momento para enfermarse. A él lo recibieron en la primera clínica como si viniera a consultar por una picadura de mosquito. Por dentro ya sabíamos que no era nada sencillo. Pero allá “los que saben”, no supieron verlo.

1:11 no ha pasado mucho. ¿Será que me puedo ir a bañar? Tengo la falda de tenis toda manchada de rosado por las frutas que me estaba comiendo. Estoy sudada y suspendida en el tiempo. ¿Qué va a pasar? ¿Cómo empieza uno a aplicar en la vida real lo que ha venido enseñando? ¿Calma?? Aceptación? ¿Desprendimiento?

De ese día recuerdo haber estado muy presente. No había lugar para la distracción. Cada segundo lo viví en realidad aumentada, como Coco, 3D y alta definición, sentía físicamente que se me clavaba en el estómago el dolor de saber que uno de los pilares fundamentales de mi vida estaba fallando. Pero no me desequilibré ni por un segundo.

4 PM. Si no lo van a atender y a hacerle los exámenes pertinentes, nos lo llevamos. Nosotros sabemos que mi papá no es un viejito incapacitado, sino un hombre activo, deportista, trabajador. Tal vez en esa clínica no supieron verlo.

¿No hay ambulancias? Nos lo llevamos bajo nuestro propio riesgo.

Ahí vamos en caravana, todos juntos, soportando e tráfico de Medellín en medio de un puente decembrino, sin la sirena de una ambulancia para pedir paso y con el corazón como caballo de paso fino y la incertidumbre entrepiernándose en las entrañas.

8 PM por hoy eso es todo. No hay mas respuestas que puedan darnos. Mañana será otro día. ¿Será? Agradecemos que está despierto y consciente. Mi mamá se va a quedar con él. Regresamos mis hermanos y yo con la película más rara del mundo dando vueltas en la cabeza. Qué fuerte lo que acabamos de vivir! Y qué frágil la vida!

Mi papá pasó una semana en la clínica. El diagnóstico fueron dos infartos cerebrales puestos “estratégicamente” en dos lugares del cerebro cuya recuperación puede ser muy buena. Mientras yo daba mis últimas clases de yoga del año y enseñaba el taller de El Ser Completo, mi papá iba recuperando un poco de su autonomía, hasta que finalmente pudo ponerse en pie con ayuda del caminador.

Calma- aceptación- en el presente todo está bien, no hay que irse con la imaginación a ninguna otra parte. Vívelo. No es solo una teoría hermosa. Es la manera de entender la vida.

Está flaco, habla raro, y en su cara, que está siempre siempre en paz, ahora asoma una emoción diferente-. ¿Miedo? ¿Angustia? O ¿una secuela del episodio? En él, que jamás ha perdido la paciencia, mucho menos la compostura al frente nuestro, será imposible averiguarlo.

Pasamos una navidad diferente. ¡Para qué regalos en el árbol! A pesar de que este año, más que nunca, los regalos desbordaban, esta vez la navidad fue para agradecer. Por estar juntos, por el aprendizaje, por un año más de vida, por los niños que nos alegran y nos sacan de cualquier atisbo de nostalgia y queja. Agradecer porque estos “sacudones” nos recuerdan quiénes son los amigos y los amores de verdad y nos hacen ver con agudeza y entereza que hay equipaje inútil que toca soltar con decisión, para optimizar el viaje cuando la montaña se pone escarpada.

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Mi papá compra el baloto cada semana sagradamente. Seguro tiene en su mente esperanzada la historia de la buena suerte de su tío Juan. Mi papá es de una época en la que pensaban que la buena suerte solo venía empaquetada con una buena esposa, entre una chequera, un trabajo estable y una casa propia, pero nosotros sabemos que ya esta familia se ganó con él, un premio mucho mucho mayor.

Esta es la lotería de la vida. No muchos se la ganan.

No sé cuantos puedan contarlo.

 

Cuando los regalos y la navidad estaban llenos de alma.

Eran personas que amaban mucho, pero amaban de manera diferente. Amaban sin decir “Te amo” y también sin abrazar ni besar. Pero ellos cocinaban y amaban, tejían y amaban y abrían las puertas de su casa para hacer reuniones en las que estaba puesto todo su corazón, y ahí sin más, nos enseñaron qué era el verdadero amor.

En mi familia había regalos inolvidables, que olían y sabían a las manos de mi gente. Mis abuelas hacían con sus manos lo que nos iban a regalar. Aunque como buenas abuelas, también sabían mantenernos malcriados y contentos y nos compraban además un juguete o un regalo “material”.

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Mi abuela Silvia tejía todo el año con esas agujas largas. Las mantenía metidas en una cartera grande, con varias lanas de colores. Yo siempre quise aprender a hacerlo, pero solo lograba armar enredos, que ella después organizaba sin regañar. En su mesita redonda de piedra gris, mantenía un proyecto iniciado. Nos hacía unos suéteres y unos chalecos impresionantes y aunque la lana con la que los hacía, picaba horriblemente, eran tan hermosos que nos los aguantábamos.

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Mi abuela Cecilia, por su lado, trabajaba en la máquina de coser que tenía en el segundo piso de la casa. Allá también tenía telas y retazos y moldes que eran muy seductores para nuestros juegos infantiles. Llegando diciembre, nos hacía disfraces de ángeles para que cantáramos en la novena y para el árbol nos empacaba pijamas y levantadoras con telas que nosotros mismos escogíamos. Cuando los adultos se descuidaban, los primos nos íbamos para el segundo piso a esculcar entre las telas, los hilos y los botones. El olor de los cajones y las puertas de pino viejo, amarillo y pesado, está tan presente todavía, como si esa casa no hubiera desaparecido hace más de 10 años, para cargar sobre sus memorias un edificio más.

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Y es que hablando del arte y la generosidad de mis abuelos, creo que apagué pocas velitas de cumpleaños que no estuvieran enterradas sobre una torta hecha por ellos y cuando me casé, mi abuela Silvia me bordó unas sábanas hermosas. Además me hizo 200 mini tortas de novia, porque me empeñé en que esa obra de arte que ella hacía, y por la que mis amigas y yo nos podíamos morir, estuviera en una cajita sobre el plato de cada invitado. Siempre que llegaba a su casa o averiguaba por el “trabajito” que le había encargado, me decía que iba super bien, pero al final me confesó que había sido tan duro que no volvería a hacerlo por ninguna nieta. En todo caso, no le tocó. El mío fue el último matrimonio al que pudo ir antes de morirse.

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Mi abuelo paterno era cocinero. Demasiado moderno para su época, su lugar estrella era la cocina. Para la fiesta de la familia, que era por tradición el 25 de diciembre, envinaba las frutas con tiempo y compraba exageración de nueces. Yo aprendí a amar esa torta con los años, cuando ya no era hecha por él sino por mi papá y los tíos que heredaron el gusto por la cocina. Aún hoy nos reunimos varios de la familia a preparar la torta de frutas para el 25 de diciembre.

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Después de rezar la novena y de pasar delicioso con los primos, los “grandes” nos anunciaban que íbamos a ir a ver los alumbrados. Quise ponerle un año a todos estos recuerdos y me fue muy difícil, pero un referente mental me ayudó a enlazar que estaba yo tan pero tan chiquita, que en una de nuestras celebraciones navideñas cuando decían que nos arregláramos rápido porque íbamos para “La Playa”, yo me emocionaba pensando que íbamos para Balsillas, aunque no entendiera porqué nos íbamos en esa fecha, con esa pinta y sin equipaje. ¡Imaginen el tamaño de mi decepción cuando llegábamos al centro de Medellín!

Este año, especialmente ya con hijos que reciben volquetadas de regalos, me agarró la angustia y la pensadera, de qué íbamos a hacer para enseñarles que “no necesitan tanto”, “que la felicidad está adentro” y que hay que querer a la gente por lo que es y no “por interés”, si estamos haciendo todo lo contrario. Si la celebración de la navidad se está saliendo de todo contexto y empieza a rallar con la locura comercial, cómo volvemos a ponerle el amor y el significado que tenía para nosotros. Yo adoraba recibir regalos, claro, pero había algo tan mágico y único en el ambiente, que aún hoy, mantengo mucha ilusión y cariño por esta época.

Como aún no tengo todas las soluciones a la mano, empecé por escribir recuerdos sueltos de esa niñez en la que recibí mucho más amor que regalos, por muchos que éstos últimos fuera, además opté por comprar de manera más consciente los regalos de este año y cociné con ayuda de mis hijos para regalar un detalle a muchas de las personas que queremos.

Por aquí les dejo una de las recetas elegidas de este año:

Mi versión de Panforte- o un pegote con muchas especias y sabor navideño.

Ingredientes:

  • 3 tazas de almendras, cortadas en pedazos grandes.
  • 1 y ¾ de tazas de avellanas, nueces del Nogal o del Brasil, cortados en pedazos grandes.
  • 1 taza de albaricoques deshidratados, cortados en pedazos.
  • 1 taza de dátiles en pedazos
  • 1 taza de harina de garbanzos
  • ½ taza de harina de arroz integral
  • 2 cdas de canela de buena calidad en polvo
  • 2 cdas de cacao puro en polvo
  • 1 pizca de sal
  • ½ cdita de nuez moscada recién rallada.
  • ½ cdita de clavos recién molidos
  • Una pizca de pimienta recién molida
  • 1 y ¾ de tazas de azúcar de coco o panela en polvo
  • 1 y ¾ de tazas de miel de abejas o agave
  • 4 cdas de aceite de coco

Opcional: 1 taza de cáscaras de naranja confitadas.

Opcional: hacer los panforte sobre obleas redondas

Preparación:

  • Precalienta el horno a 350 y escoge una bandeja plana donde quepan las obleas (si lo vas a hacer sobre éstas). Si no vas a usar obleas, la mejor opción son los Silpat, que son láminas de silicona en las que las galletas no se pegan.
  • Unir en un bowl grande las nueces y los frutos secos.
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  • En otro bowl mezclar las harinas, el cacao y todas las especias.
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  • Unir las dos mezclas anteriores y revolver muy bien para que las especias queden muy bien repartidas.
  • En una olla a fuego medio revolver la miel (o agave) con el azúcar de coco (o panela) y el aceite de coco. Dejar hervir revolviendo constantemente hasta que la mezcla se reduzca un poco. Esto es lo que hará que las galletas queden pegotudas.
  • Añadir la mezcla de la miel a todos los demás ingredientes y revolver hasta que todo esté incorporado.
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  • Poner en pequeñas galletas sobre el Silpat (deja buen espacio porque las galletas se expanden) o sobre 6 obleas (escoge unas muy blancas porque se van a dorar).
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  • Hornear por 20 minutos aproximadamente hasta que los borden se vean un poco dorados y el centro esté burbujeando pero no esté líquido.
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  • Para regalar es hermoso envolverlos en papel mantequilla y cerrar con una cinta navideña!!! O como nosotros que compramos platos hermosos y los llenamos de galletas y luego empacamos en papel celofán.

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Yo también

Yo también desde muy chiquita aprendí a tener miedo a los hombres. Cuando me explicaron qué era una violación, aprendí también a desconfiar de cualquier comentario o insinuación que intentara pasar la raya. Yo estaba muy chiquita para saber tantas cosas, pero por el país en el que nacimos, tocaba saberlo. Lo que uno no sabe es todo lo que procesa el cerebro de una niña con una información tan cruda.

Yo también fui vulnerable. Estaba muy chiquita, pero seguramente fue después de ese día, cuyos detalles ignoro, pero cuyas escenas se quedan. Sé que era lo suficientemente “grande” para poder salir sola a dar un paseo en nuestra unidad cerrada y vigilada las 24 horas. Pero lo suficientemente inocente para caer.

Uno de mis “amiguitos” de infancia me mandó llamar por el citófono para que lo visitara en su casa.

Llegué sola.

Mi amigo no estaba.

En cambio si estaba su hermano mayor. ¿La edad? No sé. Mayor, mucho mayor que yo, eso si. Seguramente era adolescente.

Me acuerdo de un sofá en la sala y de él manoseándome. Sé que no se sentía bien y que yo le preguntaba dónde estaba mi amigo.

Sé que respondía, “tranquila”.

Creo recordar a alguien llamándolo de un piso de arriba.

No sé cómo salí de allí.

Otro día estábamos en el parque.

Yo tenía una falda de jean con rayas blancas.

Esta misma persona llegó al parque.

“Te queda muy linda esa falda”, eso dijo.

Nunca más dejé que se me acercara esa persona.

Puedo jurar que no tenía ni 10 años.

Muy poco tiempo después me preguntó un jardinero de alguien conocido que si yo tenía novio. Ese día, quien nos paseaba en carreta, nos invitaba a sembrar matas y a caminar por el bosque con botas machitas, para mi quedó vetado.

Yo también me convertí en una dura para parar cualquier tipo de insinuación y acercamiento. Me juré que nadie podría jamás lastimarme.

Aunque estaba muy chiquita para eso.

Yo también me sentí lastimada cuando un extraño en la calle sintió que tenía acceso libre a mi cuerpo. Fue muchos años después en un paseo en TukTuk en Rajastán, India, cuando a un tipo le dio por agarrarme el busto. Así no más, mientras andábamos en el carrito a mínima velocidad, le pareció, que aún estando con una amiga, a él no le pasaría nada por probar un segundo de gloria. Y así fue. No le pasó nada. Yo me lo tomé con ira, le grité, en español, mientras él se alejaba muerto de la risa. Después escribí en un diario que compartía con mi familia y amigos y les conté lo que me había pasado. Le di la vuelta a la página y lo convertí en una anécdota más de mi vida.

Yo también lloré de ira, rabia y humillación. Unos 10 años después, un 24 de diciembre en el que salí a montar en bicicleta a plena luz del día. Me acuerdo que sentí cómo una moto se me acercaba y empezaba a seguirme muy de cerca, y supe que quería hacerme algo. Había miles de carros alrededor, y eso me tranquilizaba… Entonces sentí que se adelantó y se me hizo al lado. Entre el brazo que estaba apoyado en el manubrio, y la pierna en movimiento me metió hábilmente la mano para agarrarme el busto con fuerza. En el contraste de mi velocidad y la suya, me tumbó al suelo en medio de una vía principal. Se alejó en su moto azul, dejándome tirada sin que nadie se ofreciera a ayudarme. Yo estaba a más de una hora de la finca, regresé llorando, raspada y adolorida en las piernas y en el alma, con la dignidad hecha pedazos, y esta vez entendí que debía cuidarme MÁS.

Yo también me inventé mil maneras para que me respetaran. Yo salía a hacer ejercicio con el celular guardado entre la ropa, con un suéter amarrado en la cintura, me iba con pantalón largo y camisa suelta. Me ponía una gorra para sentirme más escondida. Jamás oía música, para estar pendiente. Salía solo de día, y en lo posible, acompañada.

Las pocas veces que salía sola, me llenaban de “piropos”. Piropos que no lo son. Puro acoso, para llamarlo como es. Un día un trabajador me gritó “Qué bueno mojarle ese culito”- el mismo que llevaba escondido en un suéter largo. El mecanismo de defensa se enciende y la adrenalina se estalla. Uno arranca a lo que le dan las piernas, aunque el corazón se le salga.

Y después, bueno, después me convertí en mamá. Primero de un niño del que he jurado que no permitiré que sea un patán con las mujeres.

Y después de una niña, pedacito de ángel del cielo, a la que no quiero que nunca le pase nada. Uno cree que puede acompañarla y si es preciso vigilarla para siempre. Pero, ¿si ven como estamos de vulnerables? Para que exista violencia sexual, abuso o acoso, no hay que irse muy lejos, ni caminar por calles oscuras y despobladas. Lo peor puede pasar en la casa, o en la casa del frente. No hay hueco donde podamos protegernos, si la mentalidad no cambia.

Yo también deseé tener a un hombre al lado para que me protegiera. Yo me acuerdo de la necesidad de estar en una relación para sentirme “protegida” y “cuidada”, la necesidad de ese letrero que les dijera a todos los demás hombres que yo estaba “ocupada”. La tranquilidad que me daba salir a la calle con un hombre, porque sabía que los otros iban a tener hasta pena de mirarme. Solo nosotras sabemos lo distintas de esas miradas cuando estamos solas, o tan solo con una amiga al lado.

Es que cuando yo salía a trotar en Rionegro tenía un par de hombres distintos que se sabían mis horarios. Uno era un viejito como de mil años. Pasaba en su carro y se daba la vuelta y volvía a pasar, se asomaba por la ventanilla con esa cara de depravado, y se iba lentito a mi lado hablándome, así desde atrás le pitaran. Yo me hacía la boba, pero no bajaba la mirada. Seguía mi paso y rezaba. El otro me decía “mi trotamundos”, solo le faltó llegar en avión. Un día iba a caballo, al siguiente en carro y al que seguía en moto. Hasta terminó yendo a mis clases a pesar de que yo no le dirigía la palabra. Para mi felicidad por cansancio o por coincidencia, no regresó desde que me casé.

Yo también construí una muralla para protegerme. La vida me enseñó y yo aprendí. Soy absolutamente cordial y cariñosa, pero le tengo miedo a la coquetería. Sé que sufrir de acoso no debería depender de la ropa, pero es así. A mi lejos de alegrarme, las miradas de “hambre” (literal) de los hombres me intimidan, por eso cuido mucho de mi ropa, y de los lugares por donde camino. Soy además como una loba en celo cuidando de mis hijos. Solamente uso ayuda de gente de absoluta confianza para cambiarlos y bañarlos. Qué dolor que este mundo esté tan lleno de locos, qué pesar tener la mente tan entrenada, quisiera que no fuera así, pero no puedo exponerlos.

Yo también pensaba que esto solo le pasaba a otros. Ayer leía en los muros de MUCHAS mujeres y hasta algunos hombres, el Yo también, como una protesta ante un escándalo enorme de violación y abuso en Estados Unidos. Estamos tan entrenados para “olvidar” y creer que no vale la pena, que pensé “pobrecitos ellos”, “A mi no me ha pasado”. Pero hoy me fui a hacer ejercicio muy temprano y mis piernas pedalearon solas entre la rabia y el desahogo que trae desenterrar recuerdos. Una vez más las palabras me acosaron y me obligaron a escribirlas. Seguramente había encerrado todo esto en un rincón de mi consciencia, para no victimizarme. Decidí que esto no determinaría mi salud mental, mi felicidad ni mi vida. Pero estoy feliz de soltarlo y de compartirlo. Porque desde las palabras socialmente aceptadas que todos oímos en nuestros círculos sociales: “todo el mundo se ha comida a esa vieja”, hasta estas escenas enfermizas que he vivido, tienen que parar.

Yo también estoy liberada.

 

Sobre el afán de crecer, y mi amor por recordar.

“La infancia es la mejor época de la vida”, eso me decían, y yo en cambio, siempre quise ser grande”. Creo que quienes educan están en parte, sacando espinas y exorcizando dolores de sus propios pasados. Yo quiero algo distinto para mis hijos. Mis espinas me las saco yo, para ellos quiero, libertad, valores, consciencia y amor.

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En esos días también llovía puntual a las 3 PM. Eran días de calor intenso que aguantábamos con suéter por un complejo tonto de adolescentes. El aguacero refrescaba tanto sofoco y celebraba con nosotros el fin de la extenuante jornada escolar. Recuerdo que salíamos como pájaros de una jaula que se ha abierto, a disfrutar de las horas de ocio y libertad.

Me acuerdo cuántos veces recorrí mentalmente los corredores de primaria y bachillerato, haciendo cuenta de los años que me faltaban para graduarme. Yo creía que era feliz en el colegio, pues igual no tenía con qué comparar el significado de felicidad. Al menos era normativa, buena estudiante y obediente, si es que eso puede considerarse una cualidad. El hecho es que durante esos años me gocé las amigas, las salidas y una que otra clase, pero siempre había una inquietud y un deseo secreto: ¿Esto cuándo se va a acabar?

Sé que los días comunes de colegio, no harán una buena historia, como si las travesuras, los malos ratos y los “traumas” que quedan. Yo voy a compartir historias que me refuerzan la idea de que la educación tradicional, se debería replantear.

Cuando estaba en primero, o sea con 7 años, estando en clase de Español, mandé una carta a una amiga que decía “Terminas de ser rata y te vuelves mi maraca”. No me acuerdo quién nos denunció con la profesora a quien tenía en mi mejor concepto de amor y admiración. Esa mujer que era menudita y muy próxima a nuestra estatura, ese día se puso roja, furiosa y nos mandó a mi amiga y a mi por un boletín de disciplina no sin antes leer la carta en público. Yo lloré desconsoladamente pidiendo una oportunidad. Un boletín era lo más grave que podía pasar a esa edad. ¿Cómo iba a decirles a mis papás? Encima, siempre contaba la leyenda, que con 9 boletines lo expulsaban a uno del colegio. Estaba privada, llena de pavor. El boletín tocaba doblarlo con cuidado y mantenerlo limpio. Hacerlo firmar por papá y mamá y luego devolverlo al colegio en los próximos días. Cuando una alumna ajustaba 3 boletines de disciplina o 4 de orden, quedaba suspendida por un día completo, en el que debía hacer todo aislada, en la Coordinación. Me acuerdo que mi mamá puso cara de seria. A mi papá le pareció una bobada. Eso sin embargo no me alivió. Un boletín para mí era como un tatuaje en la cara, sobre todo porque desde muy chiquita siempre buscaba ser “la mejor”, y esto era una falla.

Solo por seguir la historia de los boletines, un par de años después, yo de muy nerd me quedaba después de las 3 PM en club de inglés. Un día cocinamos mazapanes y nos fuimos muy felices y tranquilas para la casa al terminar. Al llegar al colegio el día siguiente nos mandó a llamar la psicóloga. Ella quería saber porqué creíamos que nos había llamado, yo me alcancé a entusiasmar pensando que había hecho algo muy bueno. Pero no. Indignada, rasgándose las vestiduras, ella empezó a regañarnos porque no habíamos lavado los platos y habíamos dejado todo en desorden en el club de inglés después de cocinar. Yo le supliqué perdón, pero ella seguía en la misma tónica. Nos preguntaba qué castigo creíamos que nos merecíamos y yo solo le pedía otra oportunidad. Ella sentenció entonces que nos mandaría boletín de disciplina (que siempre era más grave), pero creo que ese día fui tan insistente y mamona como solo yo sabía serlo, y logré que lo cambiara por boletín de orden. Por supuesto eso no representaba ningún consuelo.

Si supieran el rencor que siembran en el corazón de una niña que a sus 10 años jamás había lavado un plato en su casa. Por amor o por comodidad mis papás que trabajaron de sol a sol toda la vida, tenían una empleada en la casa que nos hacía todo y además la cocina no era un lugar que frecuentamos, es más, nos era medio vetado. Siempre pensé que una cosa era que la profesora nos hubiera pedido lavar, y nos hubiéramos escapado sin hacerlo… Otra muy distinta, es que ella siendo canadiense, supusiera que nosotras sabíamos que debíamos lavar. Una barrera cultural, decidió esa vez que nos habíamos “portado mal”. Nuevamente nos marcaban con una falla.

A pesar de esas fallas, yo crecí muy pegada del libreto. Casi siempre sacaba buenas notas, diplomas y medallas de excelencia. Era super complaciente y muy necesitada de aprobación. Después de hacer la Primera Comunión iba a confesarme cada que el colegio lo sugería. Mis pecados siempre eran pelear con mis hermanos y decir mentiras, y el padre que era un viejito muy tierno, todas las veces me mandaba la misma penitencia: un padre nuestro y un Ave María.

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Ya adolescente me cambiaron las prioridades y horarios y, aún siendo buena estudiante, dediqué la mayoría de mi tiempo e interés a otras cosas. Mi mundo era mil veces más amplio y el colegio era solo una ocupación más. El colegio implementó entonces la Sociedad de Honor, para las niñas “modelo”, y en un acto cívico, las anunció. Cuando no me eligieron mi mamá se puso triste y yo me alcancé a molestar. Estábamos acostumbrados a que me reconocieron mis logros continuamente y esta vez fue diferente. Me acuerdo que le dije que para mi era mejor. Que yo había entendido que el colegio no era todo en la vida, que a mi modo de ver lo que les gustaba eran niñas calladas y sumisas, cuya vida era principalmente estudiar y que yo definitivamente me había alzado demasiado la bata para el modelo Marymount. Por esa época las llamadas al cuarto rosado a hablar con la rectora se habían incrementado. “Que habían visto a una niña en uniforme sentada en las piernas del novio no sé dónde” (no en el colegio, obviamente) y todas esas mujeres allá se pegaban una alborotada. Si supieran lo que pasaba si supieran lo que vivíamos de verdad. Por andar apagando fogatas de masmelos, olvidaron el gran incendio. Y fue un día en que nos llamaron a todas las de bachillerato al auditorio y la rectora con cara de terror, reveló en público a más de 500 alumnas, que una niña del colegio, con solo 14 años estaba en embarazo. Uno veía el embarazo adolescente como una maldición  social. Ojalá alguien nos hubiera explicado el compromiso tan teso que son los hijos. Pero con esa penitencia social, no sé cómo esa niña cuyo nombre y apellido recuerdo perfectamente, siguió yendo a estudiar. De verdad qué dolor para su honra ese juicio público. Lo mismo que el de otra a la que años más atrás graduaron sin toga porque estaba embarazada.

No siendo todo malo, ni difícil, el colegio fue el lugar donde conocí a mis mejores amigas, donde crecí y aprendí a socializar. Con ellas hablábamos sin parar toda la semana y rematábamos juntándonos viernes y fines de semana. En el colegio amé escribir, y aprender, adoré y admiré a varias profesoras. Un lugar donde aprendí desde deporte hasta cultura general. Me encantó la experiencia pero no volvería a nacer para no repetirla. Porque es que yo me disfracé de paloma santa toda la vida y cuando por fin me soltaron, sentí una libertad tal, una felicidad tal, una “des-identificación” tal, que no quise regresar jamás. Creo que estudié Comunicación Social, aparte de mi amor por la letras, por rebeldía contra las expectativas que me daban de ingeniera o algo “más”. Y para acabar de ajustar terminé siendo profesora de yoga. Si el colegio repartiera herencia, a mi me hubieran desheredado.

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El salto a la universidad es casi al vacío. ¿Cómo salir de ese semi internado de 14 o más años a decidir qué nos gusta hacer, SER, para el resto de la vida? ¿Cómo enfrentar tanta vigilancia en el colegio, para pasar a tanta libertad en la universidad? ¿Pasar de que a uno lo obligan a todo, a una clase en la que el profesor no nota si estás? ¿A un horario e intensidad académica que uno mismo escoge? ¿A una matrícula que paga el alumno casi siempre sin que los papás se enteren exactamente lo que está pagando?

No tengo la valentía ni la paciencia para hacer educación en casa. Fuera de que no estoy interesada en repetir el colegio y soy defensora absoluta de la socialización.

Pero si sueño alguna vez en la vida sacar a mis hijos del colegio por 6 meses, para irnos a aprender juntos lejos del papel, al mundo de verdad. Quiero que ellos LO vivan, Y ENTIENDAN de dónde viene la comida que se comen, dónde es verdaderamente rico y salvaje el mar. Que conozcan animales en su hábitat, personas felices que no necesitan más, que vivan la diversidad de este mundo en cultura y religión. Y también sueño con que su experiencia escolar sea diferente a la mía. No quiero que su vida se base en prohibiciones sin sentido llenas de NO. “NO te amarres el suéter en la cintura, NO comas chicle, NO te bajes las medias, NO dejes el cuaderno sobre el pupitre, NO dejes espacios en blanco en el cuaderno, NO escribas en letra despegada”. Tanta “carpintería”, que le resta espacio a lo que importa de verdad: a la vida en sociedad, el respeto por el otro, la compasión, el aprender a hablar en público, aprender a negociar, leer y comprender, ser ecológicos, trabajar en equipo, emprender un negocio, aprender geopolítica, idiomas, aprender a gestionar sus emociones, aprender a expresar. Actuar por convicción y no por miedo, cuidar el dinero, ahorrar. Aprender a estar en silencio y a meditar, aprender a alimentarse, a cocinar. Es que el mundo que les toca a ellos es diferente al nuestro. Nuestras reglas ya no aplican igual, nuestros miedos, no son los suyos, nuestros límites no los van a limitar. Sé que hay valores que trascienden el tiempo, y las circunstancias, pero estoy convencida que éstos se aprenden del ejemplo y de la convivencia, mucho más que del miedo y la prohibición. 

Dicen que ser mamá es la oportunidad de vivir por segunda vez. Y cuando esa valiosa oportunidad existe, es natural que no queremos cometer los mismos errores que nosotros cometimos. Aunque no soy de la onda de “ahorrarles sufrimientos” ni mucho menos de que “tengan lo que yo nunca tuve”, tampoco quiero que paguen, como si de una venganza se tratara, las mismas vivencias de una educación obsoleta, que para mi gusto, está mandada a recoger.

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Desde que nacieron mis hijos, el tema de colegios (más complicado que el de religiones), ha vuelto a ser parte central de muchas de las conversaciones con mis amigas, que entre todas ya sumamos 14 gallinas y 22 pollos en total.

Jamás quisiera que el colegio donde ellos vayan haya sido escogido bajo el criterio de lo que está de “moda”, cuando en realidad en nuestra familia pesan muchos factores más. Por eso, me he puesto en la tarea de invocar con la mayor precisión y el menor sentimentalismo posible, mi vida escolar, desde la guardería, hasta que ya era “toda una profesional”, y se suponía que debía saber para dónde iba en la vida.

He aprovechado este muy interesante ejercicio de recordar para elegir lo que considero mejor para ellos, para decantar memorias selectivas y sobre todo para entender porqué, después de 15 años de haber salido del colegio, jurando que lo había amado, hoy no me provoca regresar. ¿Qué hay en esa época, tan supuestamente mágica, “la mejor de la vida”, nos repetía mi abuelita, para que yo la recuerde sin entusiasmo? ¿Con un poco de burla? ¿Con pereza total?

Mi crítica no será pues a MI colegio, sino al sistema en general, teniendo en cuenta que nos graduamos cuando mucho a los 18 años, para tomar la decisión MÁS importante de la vida, el norte profesional, sin tener idea de qué queremos, sin estar preparados para afrontarlo, y a veces peor, sin tener las bases más allá del interés económico del mundo laboral, para entender que esa elección marcará el resto de nuestra existencia.

Mi crítica será también a la universidad en la que tantas veces los profesores cancelan clase sin avisar. En la que tantas veces se les nota la “jartera” y la absoluta falta de pasión por enseñar. Una universidad en la que aún se dan clases como hace 100 años, clases donde un profesor se para a hablar por hora y media a las 6 de la mañana. Eso es un SOMNÍFERO. Universidades que gradúan alumnos que a los 23 años, que prácticamente no saben escribir ni redactar.

Universidades que no nos enseñan a creer en nosotros, a desarrollar proyectos, a dar una conferencia, a leer como locos, a investigar. Universidades que aún tienen el descaro de cobrar “rellenos”, que valen tanto como una materia seria. Yo por ejemplo estudié por 6 meses una materia que se llama CRISTOLOGÍA!!! Como un chiste, de verdad.

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Me acuerdo de los días finales de 11. La sensación agridulce de acabar los 14 años de colegio, de dejar el “pegote diario” con las amigas de toda la vida, de saber que había compañeras a las que no volvería a ver. La felicidad de “haberlo logrado”, la incertidumbre y la ilusión de toda la vida por delante. Me acuerdo con gratitud, sin resentimiento, me acuerdo con cariño, pero también con objetividad y sin los visos románticos que dan los años y la distancia. Me acuerdo con tranquilidad porque además me gusta, con mis batallas y todo, la persona que soy hoy. Pero entiendo, con claridad y sin miedo, que puedo ofrecer a mis hijos algo más real, más práctico, más libre. Quiero confiar en mi tiempo de mamá, que sumado a en una educación escolar que los empodere, será base y herramienta suficiente para que ellos descubran y regalen al mundo sus talentos, su misión y su verdad.

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