Yo también

Yo también desde muy chiquita aprendí a tener miedo a los hombres. Cuando me explicaron qué era una violación, aprendí también a desconfiar de cualquier comentario o insinuación que intentara pasar la raya. Yo estaba muy chiquita para saber tantas cosas, pero por el país en el que nacimos, tocaba saberlo. Lo que uno no sabe es todo lo que procesa el cerebro de una niña con una información tan cruda.

Yo también fui vulnerable. Estaba muy chiquita, pero seguramente fue después de ese día, cuyos detalles ignoro, pero cuyas escenas se quedan. Sé que era lo suficientemente “grande” para poder salir sola a dar un paseo en nuestra unidad cerrada y vigilada las 24 horas. Pero lo suficientemente inocente para caer.

Uno de mis “amiguitos” de infancia me mandó llamar por el citófono para que lo visitara en su casa.

Llegué sola.

Mi amigo no estaba.

En cambio si estaba su hermano mayor. ¿La edad? No sé. Mayor, mucho mayor que yo, eso si. Seguramente era adolescente.

Me acuerdo de un sofá en la sala y de él manoseándome. Sé que no se sentía bien y que yo le preguntaba dónde estaba mi amigo.

Sé que respondía, “tranquila”.

Creo recordar a alguien llamándolo de un piso de arriba.

No sé cómo salí de allí.

Otro día estábamos en el parque.

Yo tenía una falda de jean con rayas blancas.

Esta misma persona llegó al parque.

“Te queda muy linda esa falda”, eso dijo.

Nunca más dejé que se me acercara esa persona.

Puedo jurar que no tenía ni 10 años.

Muy poco tiempo después me preguntó un jardinero de alguien conocido que si yo tenía novio. Ese día, quien nos paseaba en carreta, nos invitaba a sembrar matas y a caminar por el bosque con botas machitas, para mi quedó vetado.

Yo también me convertí en una dura para parar cualquier tipo de insinuación y acercamiento. Me juré que nadie podría jamás lastimarme.

Aunque estaba muy chiquita para eso.

Yo también me sentí lastimada cuando un extraño en la calle sintió que tenía acceso libre a mi cuerpo. Fue muchos años después en un paseo en TukTuk en Rajastán, India, cuando a un tipo le dio por agarrarme el busto. Así no más, mientras andábamos en el carrito a mínima velocidad, le pareció, que aún estando con una amiga, a él no le pasaría nada por probar un segundo de gloria. Y así fue. No le pasó nada. Yo me lo tomé con ira, le grité, en español, mientras él se alejaba muerto de la risa. Después escribí en un diario que compartía con mi familia y amigos y les conté lo que me había pasado. Le di la vuelta a la página y lo convertí en una anécdota más de mi vida.

Yo también lloré de ira, rabia y humillación. Unos 10 años después, un 24 de diciembre en el que salí a montar en bicicleta a plena luz del día. Me acuerdo que sentí cómo una moto se me acercaba y empezaba a seguirme muy de cerca, y supe que quería hacerme algo. Había miles de carros alrededor, y eso me tranquilizaba… Entonces sentí que se adelantó y se me hizo al lado. Entre el brazo que estaba apoyado en el manubrio, y la pierna en movimiento me metió hábilmente la mano para agarrarme el busto con fuerza. En el contraste de mi velocidad y la suya, me tumbó al suelo en medio de una vía principal. Se alejó en su moto azul, dejándome tirada sin que nadie se ofreciera a ayudarme. Yo estaba a más de una hora de la finca, regresé llorando, raspada y adolorida en las piernas y en el alma, con la dignidad hecha pedazos, y esta vez entendí que debía cuidarme MÁS.

Yo también me inventé mil maneras para que me respetaran. Yo salía a hacer ejercicio con el celular guardado entre la ropa, con un suéter amarrado en la cintura, me iba con pantalón largo y camisa suelta. Me ponía una gorra para sentirme más escondida. Jamás oía música, para estar pendiente. Salía solo de día, y en lo posible, acompañada.

Las pocas veces que salía sola, me llenaban de “piropos”. Piropos que no lo son. Puro acoso, para llamarlo como es. Un día un trabajador me gritó “Qué bueno mojarle ese culito”- el mismo que llevaba escondido en un suéter largo. El mecanismo de defensa se enciende y la adrenalina se estalla. Uno arranca a lo que le dan las piernas, aunque el corazón se le salga.

Y después, bueno, después me convertí en mamá. Primero de un niño del que he jurado que no permitiré que sea un patán con las mujeres.

Y después de una niña, pedacito de ángel del cielo, a la que no quiero que nunca le pase nada. Uno cree que puede acompañarla y si es preciso vigilarla para siempre. Pero, ¿si ven como estamos de vulnerables? Para que exista violencia sexual, abuso o acoso, no hay que irse muy lejos, ni caminar por calles oscuras y despobladas. Lo peor puede pasar en la casa, o en la casa del frente. No hay hueco donde podamos protegernos, si la mentalidad no cambia.

Yo también deseé tener a un hombre al lado para que me protegiera. Yo me acuerdo de la necesidad de estar en una relación para sentirme “protegida” y “cuidada”, la necesidad de ese letrero que les dijera a todos los demás hombres que yo estaba “ocupada”. La tranquilidad que me daba salir a la calle con un hombre, porque sabía que los otros iban a tener hasta pena de mirarme. Solo nosotras sabemos lo distintas de esas miradas cuando estamos solas, o tan solo con una amiga al lado.

Es que cuando yo salía a trotar en Rionegro tenía un par de hombres distintos que se sabían mis horarios. Uno era un viejito como de mil años. Pasaba en su carro y se daba la vuelta y volvía a pasar, se asomaba por la ventanilla con esa cara de depravado, y se iba lentito a mi lado hablándome, así desde atrás le pitaran. Yo me hacía la boba, pero no bajaba la mirada. Seguía mi paso y rezaba. El otro me decía “mi trotamundos”, solo le faltó llegar en avión. Un día iba a caballo, al siguiente en carro y al que seguía en moto. Hasta terminó yendo a mis clases a pesar de que yo no le dirigía la palabra. Para mi felicidad por cansancio o por coincidencia, no regresó desde que me casé.

Yo también construí una muralla para protegerme. La vida me enseñó y yo aprendí. Soy absolutamente cordial y cariñosa, pero le tengo miedo a la coquetería. Sé que sufrir de acoso no debería depender de la ropa, pero es así. A mi lejos de alegrarme, las miradas de “hambre” (literal) de los hombres me intimidan, por eso cuido mucho de mi ropa, y de los lugares por donde camino. Soy además como una loba en celo cuidando de mis hijos. Solamente uso ayuda de gente de absoluta confianza para cambiarlos y bañarlos. Qué dolor que este mundo esté tan lleno de locos, qué pesar tener la mente tan entrenada, quisiera que no fuera así, pero no puedo exponerlos.

Yo también pensaba que esto solo le pasaba a otros. Ayer leía en los muros de MUCHAS mujeres y hasta algunos hombres, el Yo también, como una protesta ante un escándalo enorme de violación y abuso en Estados Unidos. Estamos tan entrenados para “olvidar” y creer que no vale la pena, que pensé “pobrecitos ellos”, “A mi no me ha pasado”. Pero hoy me fui a hacer ejercicio muy temprano y mis piernas pedalearon solas entre la rabia y el desahogo que trae desenterrar recuerdos. Una vez más las palabras me acosaron y me obligaron a escribirlas. Seguramente había encerrado todo esto en un rincón de mi consciencia, para no victimizarme. Decidí que esto no determinaría mi salud mental, mi felicidad ni mi vida. Pero estoy feliz de soltarlo y de compartirlo. Porque desde las palabras socialmente aceptadas que todos oímos en nuestros círculos sociales: “todo el mundo se ha comida a esa vieja”, hasta estas escenas enfermizas que he vivido, tienen que parar.

Yo también estoy liberada.

 

Sobre el afán de crecer, y mi amor por recordar.

“La infancia es la mejor época de la vida”, eso me decían, y yo en cambio, siempre quise ser grande”. Creo que quienes educan están en parte, sacando espinas y exorcizando dolores de sus propios pasados. Yo quiero algo distinto para mis hijos. Mis espinas me las saco yo, para ellos quiero, libertad, valores, consciencia y amor.

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En esos días también llovía puntual a las 3 PM. Eran días de calor intenso que aguantábamos con suéter por un complejo tonto de adolescentes. El aguacero refrescaba tanto sofoco y celebraba con nosotros el fin de la extenuante jornada escolar. Recuerdo que salíamos como pájaros de una jaula que se ha abierto, a disfrutar de las horas de ocio y libertad.

Me acuerdo cuántos veces recorrí mentalmente los corredores de primaria y bachillerato, haciendo cuenta de los años que me faltaban para graduarme. Yo creía que era feliz en el colegio, pues igual no tenía con qué comparar el significado de felicidad. Al menos era normativa, buena estudiante y obediente, si es que eso puede considerarse una cualidad. El hecho es que durante esos años me gocé las amigas, las salidas y una que otra clase, pero siempre había una inquietud y un deseo secreto: ¿Esto cuándo se va a acabar?

Sé que los días comunes de colegio, no harán una buena historia, como si las travesuras, los malos ratos y los “traumas” que quedan. Yo voy a compartir historias que me refuerzan la idea de que la educación tradicional, se debería replantear.

Cuando estaba en primero, o sea con 7 años, estando en clase de Español, mandé una carta a una amiga que decía “Terminas de ser rata y te vuelves mi maraca”. No me acuerdo quién nos denunció con la profesora a quien tenía en mi mejor concepto de amor y admiración. Esa mujer que era menudita y muy próxima a nuestra estatura, ese día se puso roja, furiosa y nos mandó a mi amiga y a mi por un boletín de disciplina no sin antes leer la carta en público. Yo lloré desconsoladamente pidiendo una oportunidad. Un boletín era lo más grave que podía pasar a esa edad. ¿Cómo iba a decirles a mis papás? Encima, siempre contaba la leyenda, que con 9 boletines lo expulsaban a uno del colegio. Estaba privada, llena de pavor. El boletín tocaba doblarlo con cuidado y mantenerlo limpio. Hacerlo firmar por papá y mamá y luego devolverlo al colegio en los próximos días. Cuando una alumna ajustaba 3 boletines de disciplina o 4 de orden, quedaba suspendida por un día completo, en el que debía hacer todo aislada, en la Coordinación. Me acuerdo que mi mamá puso cara de seria. A mi papá le pareció una bobada. Eso sin embargo no me alivió. Un boletín para mí era como un tatuaje en la cara, sobre todo porque desde muy chiquita siempre buscaba ser “la mejor”, y esto era una falla.

Solo por seguir la historia de los boletines, un par de años después, yo de muy nerd me quedaba después de las 3 PM en club de inglés. Un día cocinamos mazapanes y nos fuimos muy felices y tranquilas para la casa al terminar. Al llegar al colegio el día siguiente nos mandó a llamar la psicóloga. Ella quería saber porqué creíamos que nos había llamado, yo me alcancé a entusiasmar pensando que había hecho algo muy bueno. Pero no. Indignada, rasgándose las vestiduras, ella empezó a regañarnos porque no habíamos lavado los platos y habíamos dejado todo en desorden en el club de inglés después de cocinar. Yo le supliqué perdón, pero ella seguía en la misma tónica. Nos preguntaba qué castigo creíamos que nos merecíamos y yo solo le pedía otra oportunidad. Ella sentenció entonces que nos mandaría boletín de disciplina (que siempre era más grave), pero creo que ese día fui tan insistente y mamona como solo yo sabía serlo, y logré que lo cambiara por boletín de orden. Por supuesto eso no representaba ningún consuelo.

Si supieran el rencor que siembran en el corazón de una niña que a sus 10 años jamás había lavado un plato en su casa. Por amor o por comodidad mis papás que trabajaron de sol a sol toda la vida, tenían una empleada en la casa que nos hacía todo y además la cocina no era un lugar que frecuentamos, es más, nos era medio vetado. Siempre pensé que una cosa era que la profesora nos hubiera pedido lavar, y nos hubiéramos escapado sin hacerlo… Otra muy distinta, es que ella siendo canadiense, supusiera que nosotras sabíamos que debíamos lavar. Una barrera cultural, decidió esa vez que nos habíamos “portado mal”. Nuevamente nos marcaban con una falla.

A pesar de esas fallas, yo crecí muy pegada del libreto. Casi siempre sacaba buenas notas, diplomas y medallas de excelencia. Era super complaciente y muy necesitada de aprobación. Después de hacer la Primera Comunión iba a confesarme cada que el colegio lo sugería. Mis pecados siempre eran pelear con mis hermanos y decir mentiras, y el padre que era un viejito muy tierno, todas las veces me mandaba la misma penitencia: un padre nuestro y un Ave María.

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Ya adolescente me cambiaron las prioridades y horarios y, aún siendo buena estudiante, dediqué la mayoría de mi tiempo e interés a otras cosas. Mi mundo era mil veces más amplio y el colegio era solo una ocupación más. El colegio implementó entonces la Sociedad de Honor, para las niñas “modelo”, y en un acto cívico, las anunció. Cuando no me eligieron mi mamá se puso triste y yo me alcancé a molestar. Estábamos acostumbrados a que me reconocieron mis logros continuamente y esta vez fue diferente. Me acuerdo que le dije que para mi era mejor. Que yo había entendido que el colegio no era todo en la vida, que a mi modo de ver lo que les gustaba eran niñas calladas y sumisas, cuya vida era principalmente estudiar y que yo definitivamente me había alzado demasiado la bata para el modelo Marymount. Por esa época las llamadas al cuarto rosado a hablar con la rectora se habían incrementado. “Que habían visto a una niña en uniforme sentada en las piernas del novio no sé dónde” (no en el colegio, obviamente) y todas esas mujeres allá se pegaban una alborotada. Si supieran lo que pasaba si supieran lo que vivíamos de verdad. Por andar apagando fogatas de masmelos, olvidaron el gran incendio. Y fue un día en que nos llamaron a todas las de bachillerato al auditorio y la rectora con cara de terror, reveló en público a más de 500 alumnas, que una niña del colegio, con solo 14 años estaba en embarazo. Uno veía el embarazo adolescente como una maldición  social. Ojalá alguien nos hubiera explicado el compromiso tan teso que son los hijos. Pero con esa penitencia social, no sé cómo esa niña cuyo nombre y apellido recuerdo perfectamente, siguió yendo a estudiar. De verdad qué dolor para su honra ese juicio público. Lo mismo que el de otra a la que años más atrás graduaron sin toga porque estaba embarazada.

No siendo todo malo, ni difícil, el colegio fue el lugar donde conocí a mis mejores amigas, donde crecí y aprendí a socializar. Con ellas hablábamos sin parar toda la semana y rematábamos juntándonos viernes y fines de semana. En el colegio amé escribir, y aprender, adoré y admiré a varias profesoras. Un lugar donde aprendí desde deporte hasta cultura general. Me encantó la experiencia pero no volvería a nacer para no repetirla. Porque es que yo me disfracé de paloma santa toda la vida y cuando por fin me soltaron, sentí una libertad tal, una felicidad tal, una “des-identificación” tal, que no quise regresar jamás. Creo que estudié Comunicación Social, aparte de mi amor por la letras, por rebeldía contra las expectativas que me daban de ingeniera o algo “más”. Y para acabar de ajustar terminé siendo profesora de yoga. Si el colegio repartiera herencia, a mi me hubieran desheredado.

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El salto a la universidad es casi al vacío. ¿Cómo salir de ese semi internado de 14 o más años a decidir qué nos gusta hacer, SER, para el resto de la vida? ¿Cómo enfrentar tanta vigilancia en el colegio, para pasar a tanta libertad en la universidad? ¿Pasar de que a uno lo obligan a todo, a una clase en la que el profesor no nota si estás? ¿A un horario e intensidad académica que uno mismo escoge? ¿A una matrícula que paga el alumno casi siempre sin que los papás se enteren exactamente lo que está pagando?

No tengo la valentía ni la paciencia para hacer educación en casa. Fuera de que no estoy interesada en repetir el colegio y soy defensora absoluta de la socialización.

Pero si sueño alguna vez en la vida sacar a mis hijos del colegio por 6 meses, para irnos a aprender juntos lejos del papel, al mundo de verdad. Quiero que ellos LO vivan, Y ENTIENDAN de dónde viene la comida que se comen, dónde es verdaderamente rico y salvaje el mar. Que conozcan animales en su hábitat, personas felices que no necesitan más, que vivan la diversidad de este mundo en cultura y religión. Y también sueño con que su experiencia escolar sea diferente a la mía. No quiero que su vida se base en prohibiciones sin sentido llenas de NO. “NO te amarres el suéter en la cintura, NO comas chicle, NO te bajes las medias, NO dejes el cuaderno sobre el pupitre, NO dejes espacios en blanco en el cuaderno, NO escribas en letra despegada”. Tanta “carpintería”, que le resta espacio a lo que importa de verdad: a la vida en sociedad, el respeto por el otro, la compasión, el aprender a hablar en público, aprender a negociar, leer y comprender, ser ecológicos, trabajar en equipo, emprender un negocio, aprender geopolítica, idiomas, aprender a gestionar sus emociones, aprender a expresar. Actuar por convicción y no por miedo, cuidar el dinero, ahorrar. Aprender a estar en silencio y a meditar, aprender a alimentarse, a cocinar. Es que el mundo que les toca a ellos es diferente al nuestro. Nuestras reglas ya no aplican igual, nuestros miedos, no son los suyos, nuestros límites no los van a limitar. Sé que hay valores que trascienden el tiempo, y las circunstancias, pero estoy convencida que éstos se aprenden del ejemplo y de la convivencia, mucho más que del miedo y la prohibición. 

Dicen que ser mamá es la oportunidad de vivir por segunda vez. Y cuando esa valiosa oportunidad existe, es natural que no queremos cometer los mismos errores que nosotros cometimos. Aunque no soy de la onda de “ahorrarles sufrimientos” ni mucho menos de que “tengan lo que yo nunca tuve”, tampoco quiero que paguen, como si de una venganza se tratara, las mismas vivencias de una educación obsoleta, que para mi gusto, está mandada a recoger.

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Desde que nacieron mis hijos, el tema de colegios (más complicado que el de religiones), ha vuelto a ser parte central de muchas de las conversaciones con mis amigas, que entre todas ya sumamos 14 gallinas y 22 pollos en total.

Jamás quisiera que el colegio donde ellos vayan haya sido escogido bajo el criterio de lo que está de “moda”, cuando en realidad en nuestra familia pesan muchos factores más. Por eso, me he puesto en la tarea de invocar con la mayor precisión y el menor sentimentalismo posible, mi vida escolar, desde la guardería, hasta que ya era “toda una profesional”, y se suponía que debía saber para dónde iba en la vida.

He aprovechado este muy interesante ejercicio de recordar para elegir lo que considero mejor para ellos, para decantar memorias selectivas y sobre todo para entender porqué, después de 15 años de haber salido del colegio, jurando que lo había amado, hoy no me provoca regresar. ¿Qué hay en esa época, tan supuestamente mágica, “la mejor de la vida”, nos repetía mi abuelita, para que yo la recuerde sin entusiasmo? ¿Con un poco de burla? ¿Con pereza total?

Mi crítica no será pues a MI colegio, sino al sistema en general, teniendo en cuenta que nos graduamos cuando mucho a los 18 años, para tomar la decisión MÁS importante de la vida, el norte profesional, sin tener idea de qué queremos, sin estar preparados para afrontarlo, y a veces peor, sin tener las bases más allá del interés económico del mundo laboral, para entender que esa elección marcará el resto de nuestra existencia.

Mi crítica será también a la universidad en la que tantas veces los profesores cancelan clase sin avisar. En la que tantas veces se les nota la “jartera” y la absoluta falta de pasión por enseñar. Una universidad en la que aún se dan clases como hace 100 años, clases donde un profesor se para a hablar por hora y media a las 6 de la mañana. Eso es un SOMNÍFERO. Universidades que gradúan alumnos que a los 23 años, que prácticamente no saben escribir ni redactar.

Universidades que no nos enseñan a creer en nosotros, a desarrollar proyectos, a dar una conferencia, a leer como locos, a investigar. Universidades que aún tienen el descaro de cobrar “rellenos”, que valen tanto como una materia seria. Yo por ejemplo estudié por 6 meses una materia que se llama CRISTOLOGÍA!!! Como un chiste, de verdad.

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Me acuerdo de los días finales de 11. La sensación agridulce de acabar los 14 años de colegio, de dejar el “pegote diario” con las amigas de toda la vida, de saber que había compañeras a las que no volvería a ver. La felicidad de “haberlo logrado”, la incertidumbre y la ilusión de toda la vida por delante. Me acuerdo con gratitud, sin resentimiento, me acuerdo con cariño, pero también con objetividad y sin los visos románticos que dan los años y la distancia. Me acuerdo con tranquilidad porque además me gusta, con mis batallas y todo, la persona que soy hoy. Pero entiendo, con claridad y sin miedo, que puedo ofrecer a mis hijos algo más real, más práctico, más libre. Quiero confiar en mi tiempo de mamá, que sumado a en una educación escolar que los empodere, será base y herramienta suficiente para que ellos descubran y regalen al mundo sus talentos, su misión y su verdad.

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Mi regalo para ti, que te gustan las princesas: una mamá REAL

Este mes mi bebé que ya no lo es, cumple 2 años. Seguramente le prepararé una fiesta como se la sueña con “Rapunzel y los enanos”. También terminaré comprándole algo para ella, que disfruta con collares, pulseras, balacas, chocolates, muñecos. Como una niña normal. Pero lo mejor que voy a regalarle a mi niña linda es la mejor decisión de mi vida: voy a regalarle una mamá sana mentalmente, una mujer que pueda ser su ejemplo a seguir. Una piedra en la que pueda apoyarse cuando empiece a entender cómo funciona el mundo y probablemente el concepto de si misma empiece a flaquear.

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Voy a regalarle la certeza de que hay cosas más importantes y valiosas que la belleza y que si construye su autoestima desde adentro, no habrá viento ni marea que la pueda amenazar.

Eli nació el 25 de septiembre de 2015. Era toda rosadita. Mi papá le decía Mi Rosita. Yo no había visto una bebé mas hermosa en la vida. Claro, era mi hija. Y en la traba hormonal de mamá recién parida, mis ojos la contemplaban con el orgullo de no conocer belleza igual. Hoy veo las fotos y digo: las hormonas si nos hacen la jugada, porque ella era una bolita rosada, pero nació también muy hinchadita.

Con los días, se pasan las hormonas y mis ojos de mamá trasnochada empezaron a notar que sus ojos claros se oscurecían, que las orejitas se despegaron de la cabeza y además se agacharon en las puntas. Su pelo delgadito, se empezó a encrespar. Y con esto, llegaron los comentarios amorosos e inofensivos, pero demasiado pegados de lo que se espera de un bebé Jhonson, para ser verdad.

– Pensé que iba a ser mona como la mamá. Yo fui mona hace 30 años, y con tanto gen oscuro, no había forma, de verdad.

Y ese pelo crespo, qué vamos a hacer con él? Ya la motilaste? Hay que volverla a tusar!! A quién se lo sacaría? Mira la mitad de sus genes traen un pelo crespo y grueso. Otra cosa es que el alisado sea hoy el uniforme y no lo podamos notar.

Ya viste que venden unos stickers para pegarle las orejitas?

  • No le voy a hacer nada. Ella es hermosa y me gusta tal y como vino en su empaque original.

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Y para mí, que ya había tenido mi segunda hija, también empecé a oír insinuaciones de latonería y pintura: arréglate todo lo que no te guste, borra las huellas que el embarazo te dejó.

Yo decidí esperar un poco y ver como pasaba el tiempo. No tenía ni alientos de salir a hacer ejercicio, mercar o trabajar, menos aún de pensar en eso.

El tiempo pasó y decidí que no quería silicona, que templaría mi barriga con lo que el ejercicio feliz y sano pudiera lograr... Pensé que me echaría cremas para borrar las manchas de la cara producidas por las hormonas del embarazo, que volvería a mi yoga a mi rutina de ejercicio. Prometí que no me pasaría de ahí. Que siempre que hiciera deporte me iba a ir con ganas de más. Que no me daría el lujo de exprimir la preciada energía de mamá en un gimnasio, porque mis hijos me iban a necesitar.

Ya han pasado dos años y sé que hay huellas que a punta de métodos “naturales” no las borra nadie, pero también entendí que el precio de ser perfecta es algo que no quiero pagar. Ya quiero alimentarme de una manera saludable pero muy sencilla que permita que mis hijos quepan en ese estilo de vida y que yo quepa en el de ellos. Con helados y antojos compartidos, y no con la patética escena de toda la familia comiendo en un restaurante y la mamá comiendo ensalada.

Quiero amarme tanto, que resista el huracán social y el boom demente de todo tipo de procedimientos estéticos que prometen cuadritos, rallas, y porcentajes de grasa que se salieron de la realidad. Tendré la piel asoleada solo cuando llegue de las vacaciones, estaré arreglada, maquillada y peinada cuando tenga una fiesta o una ocasión que celebrar. De resto, seré todos los días UNA MUJER REAL.

Quiero que mi hija crezca sabiendo que leer cosas profundas es una opción, que las conversaciones del alma, son una bendición, que andar hablando pequeñeces nos reduce, y nos quita el tiempo de aprender. Que la piel se arruga, que el cuerpo cambia con los años, que el gimnasio y el ejercicio son herramientas que nos vigorizan y nos alivian el corazón. Pero que no son la razón de ser de nuestra vida. Quiero que sepan que sudar es una delicia y que comer también lo es.

Quiero que sepa que el arroz, las papas y la yuca no son veneno. Que una malteada de proteína no es desayuno para nadie. Que hay vida después de la avena. Que las frutas son deliciosas y que hay que consumirlas, y que su porcentaje de azúcar no nos incumbe en esta casa. Que está bien comer dulce, no solo cuando somos niños. Quiero que sepan que en nuestra casa no pesamos ni medimos los alimentos, que el aguacate es ilimitado, que para nosotros no existen los productos light. Que contar las almendras es quitarle felicidad a la existencia y que una manzana verde como una única media mañana, es una penitencia que no tiene que pagar.

Como mis hijos nacieron en la generación que tiene todo al alcance de la mano, quiero que sepan que lo que SOMOS cuesta esfuerzo, y no les va a llover del cielo la inteligencia ni la prosperidad. Ya sé que ellos no tendrán que esperar al otro día para ver el capítulo de una serie, ni tendrán que hacer filas en el banco, y tampoco tendrán que estar en casa al lado del teléfono esperando la llamada del novio, pero si deberán aprender a discernir entre tantas opciones que les prometen felicidad. A esta generación del todo YA, todo perfecto, tendré que demostrarle con hechos y con ejemplo que el esfuerzo más grande es encontrar balance entre cuidarse, disfrutarse y amarse VS montarse en un tren del que quizá jamás vayan a poderse bajar.

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Mira Elisa. Yo he visto de todo en esta vida. Desde la dieta del atún y la piña, hasta una malla que la gente se pone en la lengua cuando no quiere comer más. Liposucciones a los 15, y cirugías plásticas cuando el cuerpo ni siquiera se había acabado de formar. He visto niñas de 15 vestidas con zapatos, bluyines y carteras que ni en sus primeros 2 años de trabajo podrían pagar.

Yo también caminé por allí, di unos pasos en busca del amor propio en las cosas de afuera, busqué mi identidad en lugares equivocados, ya sé que la autoestima se nos esfuma a cierta edad. Pero me devolví cuando descubrí que ese camino no tiene final. Juramos que nos amaremos por fin cuando tal o tal cosa pase.

Empezamos pensando que batallamos tan solo con unos kilos de más, pero después queremos el cuerpo más marcado, y más tarde el color de piel que más luce, y ya tan flaca, “con cuerpo de niña”, toca resolver la falta de cola y de busto… y “ya que” estamos en esto, un poco más de proteína para los cuadritos tal vez. Y la piel de la cara, que no te delate, porque pareces de 15. Y uno tan perfecto, tan hermoso, necesitará seguramente un vestier más grande que el cuarto principal. Este NO es un camino hacia el amor propio, ni un imán para seducir, ni el boleto para “pertenecer”, ni una receta para la felicidad.

Seré feliz si mi hermosa Elisa, logra ver su belleza con los ojos que yo la veo. Con tanta claridad, con tanta honestidad, que no logro separar su empaque de esa belleza de personalidad.

Y mientras lo logro- aquí estaré yo, de piedra, de ejemplo, para hacérselo recordar.

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Ser distinto

Tomás es llevado de su parecer. Es constructor profesional de lego y explorador de la naturaleza. Come con muchísimo apetito, habla y llora ronco desde su nacimiento. Es impetuoso para mostrar sus sentimientos. Es muy sensible y tiene un increíble sentido de lo que es justo, se indigna claramente cuando siente que algo no lo es. Siendo muy activo, el deporte no le llama demasiado la atención, prefiere andar por ahí descubriendo o escalando. Tiene excelente memoria, es arriesgado y aventurero. No le gusta que lo mimen, pero pide mucha atención.

FullSizeRender.jpgElisa por su lado es de carácter muy dulce. Es amorosa y besuqueadora. Pero cuando está brava da susto. De verdad. Eli es pintora. Una de sus primeras frases completas siendo aún muy pequeña para hablar fue “a pinta, a pinta” (a pintar). Su carácter es nervioso, le gustan los animales pero les tiene respeto. Adora cantar, hasta ahora es el idioma que mejor entiende. Se sabe canciones completas y parece jugando todo el día “Encuentra la palabra en la canción”… Ve salir una estrella y empieza “Estrellita dónde estás, quiero verte titilar”. Eli no le tiene miedo al mundo, saluda y da besos al que se lo pida. Sonríe a menudo y es supremamente social.

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Mis hijos tienen 3 y casi 2 años respectivamente y desde ya han mostrado rasgos absolutamente auténticos y diferentes en su forma de ser, además de sus gustos, inclinaciones y talentos. Compartiendo genes, son seres increíblemente diferentes. Ninguno mejor, tan solo hermosamente distintos. Desde sus rasgos físicos, hasta su manera de ver el mundo, cada uno ha ido descubriendo lo que le gusta hacer y lo pide una y otra vez.

Mis hijos no son especiales, están como todos, cumpliendo su tarea en este mundo.

De cierta manera ser mamá de dos hijos tan distintos, tan ELLOS, me ha puesto a reflexionar sobre lo tontos que somos en este mundo loco hoy. Nos estamos matando por erradicar la diferencia. Sé que todos buscamos con quién identificarnos y que pertenecer es una de las necesidades más grandes de las personas. Pero no hemos entendido que hay algo en cada ser de este planeta que lo hace especial y distinto. Y que por más que intentemos uniformarnos en apariencia y pensamiento, ninguno podrá convertirse en nadie más. Pero en ese camino de “homogenización” si hay mucho sufrimiento y definitivamente una gran pérdida para todos. Porque nuestra verdadera naturaleza grita y busca la manera de salir. Somos más plenos en el momento en que la aceptamos, la abrazamos y trabajamos con ella para cumplir ese papel que vinimos a realizar.

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Pero mientras nos envolatamos hay una sensación tenebrosa de vacío, de estar en el lugar equivocado, de tener pendientes, de estarnos autoengañado, desperdiciando.

Nos pasamos muchos años de la vida dándole largas y desviándonos por pequeños atajos que si bien pueden aportar y madurar el resultado final, también logran que muchas personas se pierdan en la frustración.

Hace poco leía un libro en el que la autora sostiene que los seres humanos tocamos misión de vida a los 7 años. Dice que es la edad en la que sin duda mostramos las primeras inclinaciones hacia aquello para lo que tenemos talento, o dicho mejor, aquello para lo que estamos hechos.

Me pareció clave empezar a guardar memorias de mis niños, escribir de sus habilidades y también de aquello que les genera dificultad. Que aprendan a quererse y a entenderse con su equipaje completo, y que también puedan sacar el mejor partido de él.

Leer ese libro fue muy emocionante para mí. Para bien o para mal tengo una memoria peligrosamente buena. Parezco un calendario y guardo con precisión fechas, imágenes y datos. Con mi cabeza recorrí salón a salón los 14 años que pasé en el colegio. Haciendo ese ejercicio pude llegar finalmente al escenario en el que vivía cuando tenía 7. Algunas memorias claras y otras borrosas, pero siempre selectivas. Como si hubiera resaltado en fosforescente los párrafos importantes para mí. Avanzando en los años siguientes fui encontrando un hilo conductor.

Me encontré en mis primeros recuerdos con el grado que en ese entonces llamábamos Preprimaria, el último año del preescolar. Mis profesoras se llamaban Cuca y Emilia. El salón era grande y cuadrado y estaba rodeado en todas sus paredes por tarjetas amarillas con las letras del abecedario y un dibujo que las ilustraba. Recordé la disposición de los pupitres en forma de herradura y el nombre de cada niña escrito sobre él, en un papel alargado y pegado con contact. Me acuerdo que aprendí a escribir mi nombre sola y muy rápido y que en mis ganas de avanzar, le pedía a las profesoras si ya me lo podían cambiar por uno en letra pegada. Empezando Primaria, aún con 7 años, recuerdo haber escrito mi primer cuento “Mi conejito tierno” y más adelante haber ganado el concurso del cuento con él, también recuerdo que puse de pseudónimo “Mayeta Cascaseta” y que Aurita, la jurado del concurso, gozó mucho con él. Recuerdo que pedía escribir con lapicero aunque aún se nos pedía que lo hiciéramos con lápiz, para poder borrar.

Más adelante adoré escribir cada cuento para el concurso literario del colegio, y nunca lo sentí como un deber. Yo entraba a ese auditorio donde hacían la premiación cada octubre con el corazón latiendo en la garganta. Cuando oía mi nombre, y mejor aún , cuando escogían mi cuento para leerlo en voz alta a todos, me quería salir de la piel. Este fue un amor que no abandoné ni con la adolescencia cuando mandé todos mis otros hobbies para el carajo. Me salí de la mitad de las clases y decidí que ya no quería ser nunca más la mejor del salón.

Por muchos años marqué los cuadernos para todas amigas al principio de año, falsifiqué firmas de sus papás en los exámenes y circulares. Escribí cartas de amor para propios y extraños. Llené diarios completos con detalles de mi vida, dibujos y poemas y los escondía entre los libros de física y química, para que no me regañaran por no estar poniendo atención. Yo jamás me aprendí una fórmula. Jamás. Pero fui muy estudiosa y me las arreglaba para siempre pasar por “masa”.

Recuerdo en mi cumpleaños número 12 a mis abuelos llegando a mi casa a con el par de libros que les había pedido de regalo: “Vendidas” y “La casa de los espíritus”. Yo era una madurada biche para leer. Adoraba a Isabel Allende. Era mi ídolo. Tenía todas las agendas de Ángela Botero López y hasta una vez le escribí una carta para entrevistarla para un periódico mural. Mis mejores profesoras siempre fueron las de Español. Yo soñaba con ser escritora y cuando terminé el colegio, no encontré en qué carrera madurar mi sueño. A veces he pensado que es una locura definir a los 18 años lo que queremos hacer “para siempre”. Tal vez por esos años de Comunicación social empecé a perderme, o depronto fueron importantes y parte del proceso, no sé. Eso si sé que fueron lo suficientemente “aburridos” y etéreos como para alejarme de la literatura un tiempo y obligarme a buscar espacios para mi. Fue entonces cuando conocí la magia del yoga en el momento de la vida donde más necesitaba paz.

Descubrir la misión puede parecer más un juego de niños, pero no lo es. Porque el alma esta hecha de un material muy especial. Es como la sangre, que llama y duele. A uno alguien “se le mete” con ese sueño intrínseco, innato y uno quiere salir corriendo a defenderlo. Es un llamado muy difícil de ignorar. No es capricho ni hedonismo. Es deseo puro de revelar y explorar la propia verdad. Cuando nos sabemos haciendo LO QUE ES, algo encaja, y todo se siente muy correcto, absolutamente natural.

Hacer lo que el alma ama hacer pasa de ser un gusto o un oficio a ser una necesidad. Y fluye, y alegra. Alegra al que lo hace y al que lo ve hacer. Estar sintonizado con la misión de vida inspira, antoja, y nos escribe un inmenso SI en la mente, aún cuando los demás y las circunstancias se empeñen en decirnos NO.

Somos afortunados de haber nacido en una época en la que se espera menos de nosotros. No necesitamos ser médicos, administradores o abogados, para brillar o “para subsistir”. Nadie espera que heredemos la carrera de los abuelos, ni que prolonguemos un imperio económico. Hoy ser un gran chef es tan válido, como ser locutor, pintor, o gerente del banco. Hay puesto de más ego, misiones de más prestigio social, pero también hay más permiso explícito para realizarse libremente en lo que cada uno elige.

Al mismo tiempo, y aún con más permiso para hacer la diferencia, veo cómo en cierta edad nos empezamos a “clonar”, a querer ser masa y a eliminar cualquier rasgo diferente y especial, y me entristece ver que muchos no lo superan. Igualmente veo cómo entre países pretendemos imponernos, seguimos buscando la conquista, ganar espacio, y borrar a quien incómodamente sigue queriendo ser distinto. Como si se pudiera. Es que esa uniformidad es apenas una ilusión. Porque si miramos detenidamente ni el disfraz, ni la apariencia ni la ideología sabe nada de la misión del alma. Porque en el mundo entero no hay dos personas iguales. Porque si viéramos esto como un rompecabezas enorme en el que cada uno es una ficha clave y única, no como la pelea de dos bandos, sabríamos que cada uno en su autenticidad es absolutamente importante.

Cuando era chiquita yo también jugaba “mamasitas”. Me metía muñecas debajo de la camiseta, para creerme en embarazo. Y jugaba a ser profesora, con alumnos imaginarios o reales. Calificaba exámenes con lapicero rojo y les estampaba besos con pintalabios cuando sacaban “excelente”. Sé de sobra ahora que estos son mis otros dos amores.  Mi adolescencia fue terrible, durísima. Por muchas razones no encontraba mi lugar. Hoy me siento realizada por saber que me estoy cumpliendo a mi misma. Que estoy ocupando mis días en aquello que nací para ser. He aprendido a ver que cuando las cosas “No me salen” es porque me estoy desviando o porque tengo que aprender a esperar. Mi universo tiene una forma creativa pero clara para comunicármelo. Y como no tengo ni idea de cual es el fin de todo esto, vivo y trabajo como si cada día, cada clase, cada escrito, cada abrazo de mis hijos fueran el sueño mismo.

Podría usar mi vida y ese amor por enseñar para que cada uno descubra, viva y se convenza del valor de su propia, única y maravillosa verdad.

Hoy estoy segura de que ser distinto es la mejor cualidad.

 

10 años

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Tengo un romance con el 1 de agosto.

Es la fecha de mis comienzos. Y con cada año que pasa, toma un significado más importante para mí.

Hace 10 años, el 31 de julio de 2007, me senté a comer en J&C con mi entonces novio. Estaba nerviosa y llena de expectativa porque al día siguiente empezaba a dar clases de yoga en mi recién adquirido mini estudio. Ese día comprendimos la hermosa coincidencia de que al día siguiente él celebraba 10 años de haber entrado a trabajar en su único trabajo – en una empresa familiar.

  • Cómo puedes hacer lo mismo por 10 años? Es que 10 años es toda una vida.
  • Eso se va volando, respondió. Yo todavía me acuerdo de ese primer día en la oficina.

Yo no le creí. 10 años era poco menos que la mitad de mi vida. 10 años eran una eternidad.

Tomás, mi hijo mayor me dijo esta semana: Mami, sabes yo como duermo? Cierro los ojos y espero que sea de día.

Y así parece para mí está década yogi. Cerré los ojos ese 31 de julio de 2007 y los abrí hoy. Todo parece un sueño. Tantos, tantos días, ahora convertidos en anécdota. Definitivamente es más fácil escribir que vivir.

Quince días antes había llegado de mi primera certificación de yoga en Nueva York. 200 horas del verdadero yoga, como dice Dharma Mittra, en una ciudad que invita y pregona todo lo más antiyogi de este mundo. 200 horas encerrada en un estudio en la 5ta avenida con calle 18. Alzaba una pierna y veía a Zara, hacía un twist y veía a Michael Korss. No tuve mucho tiempo de vivir el verano ni de sucumbir a las tentaciones del comercio. Salía tarde, aunque aún de día a hacer tareas del curso, pero en los fines de semana siendo libre, me convertía en Forrest Gump.

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Me acuerdo con exactitud del revuelo que causaba por esos días el lanzamiento del primer Iphone. Fui a conocerlo a Apple y le di vueltas como un bicho raro. Me impresionaba que con los dedos pudiera ampliar la pantalla y ya. No me impresionaba nada más. Después del IPod para mi no se seguía nada y solo pensé: “Qué juguetes los que se inventan ahora”.

Ahí es cuando uno dice que el tiempo si ha pasado.

Pensar que uno no puede vivir sin el teléfono hoy.

En ese mes tuve prestado lo que hoy se conoce como un teléfono flecha. Un Nokia que me prestaron por si las moscas, pero que poco se usó. Aparte de dar mi testimonio de supervivencia a la familia y al novio, no tenía con quién reportarme. Mi bienestar era mi única responsabilidad.

Hoy, que no me cabe una responsabilidad más encima…

Si. El tiempo HA pasado.

Tan pronto llegué a Medellín busqué un espacio conveniente para enseñar. Aparte de mi gallinero del alma, que por cierto poco o nada ha hecho yoga conmigo, no tenía certeza de que llegaría alguien. Pero yo me lancé de pies y manos a este proyecto que me tenía enceguecida. No hice cuentas, porque nunca he servido para eso. Llené una hoja con los horarios que pensé serían comerciales. Y firmé un contrato de arrendamiento por 6 meses. Mi primera gran responsabilidad de la vida, me regaló las primeras noches de insomnio también. Una frase se repetía en mi mente “Me van a meter a la cárcel”. Para mi mente aún infantil, para mis cuentas de comunicadora yogi, me acababa de comprometer a pagar una fortuna, no sabía si podría lograrlo. Yo que hasta hace dos meses solo manejaba la plata de los brownies que vendía en la universidad…

Un curso exprés de cómo convertirse en adulto en un día.

El tiempo si ha pasado.

Ese 1 de agosto de 2007 solo comí frutas. Fue un ritual de inicio. Un pequeño ayuno que quise ofrecer por la prosperidad y la felicidad de mi nuevo proyecto de vida. Apenas hace un par de meses había terminado mis clases en la universidad. Ni siquiera me había graduado. Ni siquiera había digerido todo lo que había aprendido en la certificación en Nueva York. Tampoco me había sentado a reflexionar qué pasaría con mis otras pasiones de la vida. Era una trotadora, deportista disciplinada. Ahora no tenía energía para tantas cosas. Adoraba leer, y hace poco me había llevado una dolorosa desilusión en mi amor por la escritura.

Todo eso quedó dormido, anestesiado por la nueva responsabilidad de enseñar yoga. Una tarea que asumí con la fiereza y responsabilidad con la que había recibido todo en mi vida. Y hubo algo muy lindo y mágico, y fue que desde el principio, sentí que me fluía. Tenía solo 23 años, le enseñaba principalmente a mujeres, muchas de las cuales me doblaban la edad. Pero yo creía en mí. Creía en lo que sabía. Y sentía que ellas también lo hacían. Había mucha naturalidad y confianza.

Y lo amé, pero también lo padecí un poco.

Eran más de 17 clases a la semana.

Estaba flaca como un rejo y soñaba casi a diario que me quedaba dormida en plena relajación grupal. Me despertaba de un salto en la mitad de la noche, lista para resarcir mi error con los alumnos, tan solo para descubrir que estaba soñando. Estaba can-sa-da.

Cuando aún me preguntaba qué más seguía después de esto, pedí dos cosas:

  • Aprender más.
  • Alguien con quien compartir mi trabajo.
  1. Para aprender más, me devolví para China y ya conté esa historia. Quería deshacer los pasos y de ñapa hacer la certificación de 500 horas. Llegué vegetariana, inspirada y feliz. Llena de ideas, lista para compartir.

fin de la historia 092.jpgDios. Si que ha pasado el tiempo.

  1. Para compartir mi trabajo tuve que esperar un poco más. Después de dos años llegó como alumna Marce. Después de varias clases medio me insinuó que trabajáramos juntas. Que hiciéramos algo grande. Llegó con sus alas a moverme el piso. Yo le dije que se fuera e hiciera su certificación y que hablaríamos a su regreso. Por esos días era mi matrimonio, y casi caía perfecto poder compartir mis clases sin tregua, dividir los gastos y multiplicar el conocimiento.

Sin saber muy bien cómo lo haríamos, le di la bienvenida. A veces es positivo no tener mentalidad negociante. Nunca lo pensamos como una sociedad. Era la unión alegre de dos seres tan opuestos que jamás podrían competir.

Marce empezó en lo que ahora llamábamos Element el 1 de agosto de ese año. Esta vez “mi fecha” llegó nuevamente como una bendición. Después de 4 años de remar sola, estar con alguien hablando mi idioma, se sentía muy bien.

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Los 6 años siguientes fueron de fantasía . Conocimos la bendición de tener una comunidad yogi. Profesores amados y admirados, verdaderos maestros. Alumnos consagrados y disciplinados. La introducción con fuerza al mundo de la cocina y la nutrición. Dos veces cambiando de sede, creciendo. Siempre creciendo.

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Llegaron mis hijos. Mi vida cambió. Siempre para bien. Siempre mejorando. No todo era perfecto, pero en general había mucha armonía.

Los últimos dos años fueron el post grado del ya iniciado curso de cómo convertirse en adulto, sumado a un aterrizaje forzoso en el planeta de los negocios, las finanzas, las nóminas y el manejo de personal. Porque si ninguna de las dos era administradora, ni sabía serlo, por descarte resulté ser más indicada que Marce para esto.

Estábamos creciendo. Cada vez más espacio, más alumnos, más proyectos.

Pero por dentro empezó a nacer un incómodo hormigueo.

Había llegado el momento.

En noviembre de 2016 mientras estaba de viaje, me cayó como un rayo: NECESITAS HACER UN CAMBIO.

Fue muy fuerte. No un impulso. Nada en mi vida ha sido producto de un impulso, o de una crisis. Soy demasiado racional para eso. Esto fue de una claridad devastante.

Tuve que replantearme la dirección que todo esto había tomado.

Sin saber muy bien a dónde quería ir, sentí urgencia de salir de esto. Estábamos en alta mar, lo sé. Pero yo necesitaba soltar el timón de ese barco.

Desmontarlo.

Rediseñarlo.

Estar libre. Sin equipaje.

Como hace 10 años, aunque fuera por un corto rato, anhelaba estar sin responsabilidad. Y ver qué salía de ahí. Entender qué estaba faltando a este sueño desteñido. Analizarlo en la aburrición cotidiana de un martes cualquiera.

Y poder repensar el rumbo.

Porque, ¿quién hace verdaderos cambios de lunes a martes? ¿De una semana a otra? Los verdaderos revolcones nacen de rompimientos fuertes y definitivos. De decisiones que matan de susto. De soltarse y dejarse guiar por la sabiduría nunca entendible de este universo donde vivimos. Y yo decidí entregarme.

El 20 de mayo salí de viaje con mis hijos a Disney. Era un viaje familiar planeado hace más de un año, y no sabía que coincidiría con el cierre definitivo de nuestra casa Element. No de la marca, no del sueño, no de la sociedad. Pero si de la manera como estaba ahora concebido. Los viajes siempre desacomodan un poco, sobre todo a mi que tengo esta alma viajera. Pero esta vez no contaba con el terremoto que me esperaba.

Demasiados días de ocio. Demasiado “descanso”. Debates mentales en los que no me han dado ni un atajo. Muchas pistas pero ni una sola certeza.

Unas vacaciones no pedidas, en realidad no las más disfrutadas. Soy amante de la certidumbre y por estos días no me cabe ni una duda. Pero agradezco porque ha sido un buen ejercicio de consciencia. La oportunidad hermosa de rediseñar mi vida, de repensar mis proyectos, y de ver renacer con mucho ímpetu mi inspiración.

Uffff. Pasó el tiempo.

El 1 de agosto serán 10 años. Y será el día en el que vuelva a enseñar a mis grupos amados, después de más de dos meses de pausa. Reinicio mis clases con una mentalidad diferente. Aunque tras este ejercicio aún no han llegado las respuestas.

Pero me adentro en la duda con la confianza, la fluidez, la certeza de que por aquí están.

No necesito un súper estudio de yoga para seguir haciendo lo que amo.

Ya yoga son mis pasos. Tal vez lo que más anhelaba era vivir en coherencia. Ya el yoga está en mis venas. Está en mi corazón. En mis palabras. En mis escritos. En mis eternas caminadas en la madrugada He vuelto a escribir, volví a necesitarlo. Me siento reconciliada con la que sea quizá mi más grande pasión. O tal vez solo mi terapia. A veces no sé ni para quien escribo. Pero se me convirtió en un vicio. Las palabras me acosan en la mente, hasta que no tengo más remedio que escribirlas. A veces me gustan y las comparto.

El equipaje que me puse en el hombro estaba demasiado pesado y me estaba matando. Entiendo que cumplió su misión. Me hizo fuerte. Me dio disciplina. Me obligó a quedarme. A conocer la mejor gente de este mundo. A dejar mi máscara. A coger callo. A viajar. Este equipaje me acompañó a convertirme en todos los papeles que quise desempeñar desde niña. A ser mamá, esposa, amiga, profesora, alumna, jefe, empleada, escritora, hasta presentadora. Cumplió su misión pero ya no tiene misión alguna en mi vida.

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Tal vez por eso lo solté. Y solté el ego. Y la ilusión de tener la súper casa de yoga. Esa ilusión si no era mía. Lo supe desde el primer momento.

Esta vez que retome quizá no sea lo mismo.

Quizá sea todavía mejor.

Cerré los ojos hace diez años. Me lancé al vacío. Al mundo laboral. A crecer. A dejarme transformar.

10 años después, abro los ojos, para ver que ya es de día.

El tiempo sí ha pasado.

Y aunque en esencia soy la misma, puedo sentir cómo he cambiado.

Cierro los ojos solo un momento para meditar, para verme de verdad. Y me gusta lo que veo adentro. Me gusta lo que hoy soy.

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Lecciones de una vida vivida por segunda vez

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Llegué a pensar que la cabeza era como un gran sancocho de ideas y conocimientos conviviendo juntos y haciendo una cadena infinita interconectada entre sí. Pero volver a China fue descubrir que la mente está hecha de pequeños compartimientos. Bolsitas que almacenan la experiencia completa y que se abren según la necesidad.

La bolsita que almacenaba el capítulo de mi vida bajo el título “China”, estaba cerrada con llave desde hace mucho tiempo. Cuando supe que existiría el viaje, pronto se empezaron a escapar como mariposas, pensamientos sueltos, sensaciones olvidadas, sueños inquietantes y coloridos.

Aterrizar en el aeropuerto de Pudong en Shanghai, fue abrir por completo el capítulo, con un estallido de realeza que me atropelló los sentidos. Mi mente reprodujo de inmediato y en tiempo presente, el esfuerzo inaudito que hice alguna vez por entender y hacerme entender, así como mis sueños recurrentes de que un día amanecería sabiendo mandarín, recobré olores, y repasé con lupa el cuadro completo de lo que estaba por vivir.

Dicen que el descuadre horario se “alivia” en tantos días como horas de diferencia haya. En este caso, 13. Pero en este paseo puntual no había tiempo para eso. Con solo 6 días hábiles en la ciudad a la que alguna vez amé y llamé hogar, mi único deseo era lanzarme a la calle, con trasnocho o sin él.

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Shanghai es una ciudad inmensa pero muy manejable. Es fácil ubicarse en ella porque el río HuanPu la divide en dos. Y estos dos sectores son claramente identificables por las diferencias en su arquitectura y hasta en los almacenes, tiendas, restaurantes y puntos de interés. Pudong es el nombre de la parte que está al Oriente del río y Puxi al Occidente del mismo. El hotel donde nos quedamos estaba en Pudong que es la zona menos conocida para mí. Allí hace un tiempo no quedaba más que el aeropuerto y una zona hotelera y financiera. Pero siempre se decía que la “emoción” y la vibra de la ciudad estaba al otro lado. Por eso desde que llegue a la habitación, empecé a mirar por la ventana tratando de encontrar mis edificios conocidos. Esta siempre fue mi arma secreta de ubicación. En Shanghai nunca tuve miedo de perderme porque aunque me alejaba por calles inciertas todo lo que quería, después mirando para arriba, me orientaba según los edificios, y como Hansel y Grethel los seguía hasta poder regresar.

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Esta vez los días nos tocaron muy lluviosos y la niebla muy bajita, por esto no pude ver nada que me sonara conocido y tan pronto pude me monté en un metro que me llevó a “mi lado favorito” de la ciudad.

Para mi mente recordante, la ciudad se creció. Esta vez las distancias me parecieron enormes. Me cansé mucho más caminando los caminos que tantas veces me llevaron sin cansancio una y otra vez a mis clases de yoga, mandarín o cocina. Me encontré con que ahora había muchos más edificios, centros comerciales y almacenes. Muchas marcas americanas y europeas que se tomaron las mejores calles de la ciudad. Los árboles y jardines estaban más hermosos que nunca. Encontré 12 líneas de metro donde hace 9 años había 3. Vi una metrópolis moderna, con gente aún rústica y sencilla a sus pies. Reconfirmé porque me enamoré de Shanghai, porqué me obsesioné por vivir allá. Amé verla metida en la onda ecológica, lo que nunca me imaginé. Me encantó que cobraran las bolsas plásticas en los almacenes, no sin antes preguntar si las iba a necesitar. Sentí un aire más limpio, donde antes dolía respirar. Y me volví a sentir muy bienvenida en un país donde se sienten honrados de ser visitados, donde se desarman de amor por los extranjeros y en inmigración hasta tienen botones con caritas para que uno califique su gestión (no me quiero imaginar esto en Estados Unidos).

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También recordé con certeza que la visita corta y cómoda de hotel es un lujo al lado de la más difícil vida rutinaria que se puede alcanzar allá. Recordé que con solo una visita previa de 3 días había decidido lanzarme a vivir allá. Como casándome con quien había visto una sola vez en la vida. Recordé el choque tremendo que fue la verdadera vida de todos los días, el tumulto, el gentío, el tremendo choque cultural. Recordé que los chinos me hacían a ratos sentir profundamente intolerante y deseosa de volver.

Esta vez sentí que la que abrió el compartimiento de mi cabeza reservado para la experiencia “China” fue una persona diferente. Descubrí que los pasos que he caminado desde mi última visita en 2009, me han llevado a prestar atención a detalles distintos y a apreciar algunas cosas en las que jamás había reparado.

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Aprecié la gran (casi cruel) diferencia entre el afanado pero pacífico fluir de los chinos, comparado con los colombianos, que estamos entrenados para reaccionar. En el tráfico humano de las aceras, entre caminantes y ciclistas, oí muchas veces el sonido enloquecedor de la campanita de los ciclistas detrás de mí. Me sentí acosada y empujada por ellos a pesar de que solamente estaban pidiendo paso. Mi personalidad colombiana quería voltearse a decirles que por favor respetaran la acera, que manejaran por la calle, o al menos con una cara de fastidio quería mostrarles mi inconformidad. Pero mi personalidad extranjera, la cauta, la que toca tener mientras uno se acomoda al sitio que llega, me mostró que los demás peatones simplemente se hacían a un lado y seguían su camino sin sentirse aludidos. Qué tanta paz se regalan ellos que no se perturban por tantas cosas, que no le dedican ni siquiera un segundo pensamiento a esto y pueden así dedicar su energía a lo que vale y sirve de verdad. Entendí que si los chinos tuvieran nuestra reactiva actitud colombiana, siempre lista para defenderse, ese país no sería viable. Miré casi con envidia, que en medio de la superpoblación han aprendido a vivir en absoluta paz. Que en Shanghai viven 25 millones de personas, la mitad de Colombia! Y que viven en orden, así sea un orden diferente al nuestro.

Porque esta gente que bloquea la entrada del metro y el ascensor, para entrar no sé ni cómo, exactamente al mismo tiempo que los demás salen, no tendrá modales franceses, ni educación inglesa, pero tiene un modelo que respeta la vida, que permite la convivencia y que de alguna manera, que en nuestra mente occidental no cabe, está avanzando a una velocidad que hará desplazar para siempre la idea del mundo con la que mi generación creció.

Si en un compartimiento de mi mente, la China alguna vez estuvo etiquetada como “La quinta porra”, si hace 12 años los etiqueté como “chinos cochinos” porque escupían sin pena cien veces al día al frente de mis pies, si llegamos a pensar que estaban aislados en su gran país por el encierro en el que se mantuvo el régimen comunista por tantos años, si luego los vimos como “criaturas exóticas” que habían salido del cascarón a ganarse todas las medallas en los olímpicos, si algunos despectivamente piensan que son una plaga… esta nueva visita me dejó convencida de que no tenemos ni idea del potencial enorme que esconde tanta disciplina, tantos años de abnegación y tan supremo orden aprendido con un rasero más firme y exigente que el de la mayoría del planeta.

La parte de Asia que conozco me sigue llamando a gritos. Me intriga y fascina. Y aunque los pasos que fui a dar a China este año ya se acabaron de andar, la información sigue rondando en la cabeza, tabulándose y organizándose para regresar a su lugar, hinchada de experiencias y plagada de luz, para iluminar seguramente muchos de mis pensamientos. Lo que se vive en tiempo es poco al lado de los recuerdos infinitos y el placer de volver a ellos con la comodidad y la paz de lo ya vivido, ya cerrado, ya convertido casi en leyenda.

Esta subregión de mi cerebro ha ganado tanto peso y espacio, que ha colonizado en mí, como en el mapa del mundo, gran parte de mi carácter. Aunque la bolsa se cierre y la experiencia física termine, la influencia en mi vida ya es felizmente irremediable. Mi vida de hoy nunca sería lo mismo sin lo que he vivido y aprendido de China.

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Cuando nos convencieron de lo duro que era vivir

Ahora nos tienen como locos pisando “pasito y rápido”, como en suelo caliente. No vaya a ser que estemos en el lugar equivocado en el momento incorrecto y todo explote, y sin saberlo siquiera nos toque morir, o ver morir. Ya supongo que morir no es “porque era el día”, ni “porque le tocaba”, sino porque matar se convirtió en una útil pero absurda manera de llamar la atención.

Ayer fuimos el museo del 11 de septiembre. Está al lado de fuentes inmensas que ocupan el espacio exacto donde estuvieron hace 16 años ya, las torres gemelas. Las fuentes son negras, el agua cae hacia adentro. En sus muros de mármol están escritos los nombres de los 3.000 seres humanos que perdieron la vida ese día. Yo ya había ido hace 5 años pero lo había bloqueado de la memoria, parece. Ese 2 de enero de 2012 estaba haciendo un frío tremendo, yo estaba recién llegada de Medellín, en el vuelo nocturno que aterriza al amanecer. Caminé todo el día, haciendo tiempo porque en la mañana aún no estaba listo el apartamento en el que me quedaba. Recuerdo vagamente ese museo, pero recuerdo el frío y el vacío como si estuvieran presentes. Cuando por fin llegué al apartamento, me llamaron a avisarme que mi abuela había muerto. Ese día dormí enrollada como un caracol y hacer mi duelo personal se robó la atención de todo lo demás por unos días.

Ayer estábamos igualmente trasnochados, con la cara de locos que da la falta de sueño, pero sabiendo que con apenas 24 horas en Manhattan, debíamos aprovechar. Después de 2 horas en el museo, sentí que ya me estaba saturando. Demasiado dolor concentrado. Cartas, carteles, llamadas telefónicas, voces reales, transmisiones reales de ese día que cambió la historia de la vida que conocíamos, cuando pasamos a sentir que ahora el mundo no era un lugar amigable y que todos eran potenciales asesinos. Vimos los diarios de los atacantes, en los que dibujaban como en clase de química, sus bombas, y en los que en letras árabes describían lo que estaba por hacerse. Vimos tacones ensangrentados, ropa rasgada cubierta por ceniza, fotos demasiado fuertes de la gente que prefirió tirarse de los edificios. Es un museo a la memoria de todos ellos y un ejercicio que los norteamericanos perfectamente saben hacer: recordar, así duela, para no tener que volver a vivirlo. Sin embargo para mí fue mucho, sobre todo estando lejos de mis hijos y a punto de tomar un avión del mismo aeropuerto del que salieron algunos de los vuelos de ese horroroso día. Mi mente es demasiado creativa. El miedo supremamente poderoso e incapacitante. En mi no solo surte el efecto deseado sino que me pone a protagonizar historias que no quiero vivir nunca. Entonces, como yo creo que la mente se programa, mejor caminé rapidito las últimas salas, lista para salir porque necesitaba poner ya mismo el chip de mi mente en modo positivo.

El resto del día fue divertido e irrelevante hasta que volví a tener conexión a internet por la noche. Ya he dicho que no veo noticias, que para mi no existen los periódicos a pesar de ser periodista, pero me tocó ver por Wikimujeres que estaban pidiendo tiquetes para la familia de una niña víctima del “atentado del Andino”, entonces me enteré sin quererlo de la noticia completa.

Así que mientras yo estaba re-viviendo la monstruosa historia del 11 de septiembre, repudiándola y a ratos hasta pensando lo irónico de que hoy en día es hasta más seguro vivir en Colombia que en Estados Unidos o Europa, algún grupo de seres humanos estaba a su vez armando una bomba, planeando cómo matar gente, y hacer oír su “voz” fuerte y claro. Nuevamente en Colombia sentimos que el odio está presente, que hay que huir, y estar constantemente al acecho. Yo aún recuerdo esa sensación tan presente desde niña de sentir que dormía como “con los tenis puestos”, lista para salir corriendo “si alguien se nos entraba”. Tal vez nos haya hecho daño crecer en medio de tanta maldad, tan expuestos, tan atrincherados entre porterías privadas, centros comerciales vigilados y carros de ventanillas cerradas. Siempre cuidados por un adulto, porque nos enseñaron que “en el mundo hay gente muy mala”, “que se roba los niños”, incluso nos decían.

Uno cree que tiene callo por haber vivido a la par de Pablo Escobar y sus secuaces, por haber nacido en Colombia, por haber oído, sentido, y visto tanto. Pero el dolor pasa de moda, como todo y cuando vuelve con cada nueva noticia, es un martillazo en los tímpanos. Un llamado de atención doloroso, que le recuerda al alma, esencialmente buena, que no hay que estar tranquilos, que “si es para tanto”, que aunque haya “paz” con unos, siempre quedarán delinquiendo otros.

Hoy volando a China en un vuelo de 14 horas. Me tocó en silla central, separada de mi esposo. Con el sistema de entretenimiento dañado, estoy obligada a leer, a escribir, o a buscar entretenimiento a la antigua. Alejándome aún más de mis chiquis, añorándolos como nunca.

Me voy a un lugar del mundo donde casi nunca pasa nada. Los asiáticos, siento, son más pacíficos que los occidentales. Los chinos en particular, le tienen pánico a sus muy estrictas autoridades. Vengo a digerir de lejos, y en medio del trasnocho y el descuadre horario, tantas emociones. Nunca podré celebrar la fortuna de no ser “yo o mi familia”, quienes estuvimos parados en el terrible lugar de los hechos. Porque con cada suceso de estos, crece en mí el miedo, la desconfianza y la desesperanza. Finalmente nos terminan convenciendo de que el mundo no es un lugar muy amigable para que vivamos “los buenos”.

 

Tráfico de recuerdos

Como en la canción de Celine Dion “Its all coming back to me, its all coming back to me, now” (Todos está volviendo a mi, todo esta volviendo a mi ahora), hay tráfico de recuerdos en mi mente, que se enmarañan con los nervios en mi barriga. Por estos días previos a irme a China, no logro distinguir entre el miedo de dejar a mis hijos 10 días, el pavor y la claustrofóbica incomodidad de montarme en aviones por 42 horas netas, y la expectativa de volver a citarme con la ciudad que cambió el rumbo de mi vida para siempre.

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Ya volvieron los recuerdos de mis pocas frases de mandarín, negociando los regalos en los mercaduchos callejeros. Los sueños vívidos y coloreados que me acompañan siempre en los días de viaje, ya visitaron las dulcerías donde compraba mis antojos como jugando lotería: a veces me salían delicias, otras (muchas) pegotes incomibles.

La última vez que fui a Shanghai, era soltera y no tenía hijos. Me fui 2 meses a hacer una certificación de 500 horas. Medité, hice yoga hasta el cansancio, aprendí a tomar jugo verde y me volví vegetariana. Madrugaba a mis clases en una ciudad extrañamente silenciosa que aún no se despertaba. Una que otra vez las ratas me pasaron rozando las botas de invierno (por fortuna, gruesas) y yo saltaba y gritaba, la ciudad a esas horas era solo mía. Tres años antes de eso ya había vivido allá 8 meses a mis anchas, había tenido tiempo de aprender a habitarla con la infalible metodología de ensayo y error. Recuerdo muy especialmente que el bus que me llevaba de yoga a mi casa era el número 23. Yo no entendía porqué a veces me dejaba en la puerta y otras seguía de largo al menos un kilómetro más. Necesité un buen tiempo para entender que uno tenía un caracter chino distinto al otro. Entonces aprendí a correr lo que fuera necesario para coger el 23 “con la cajita con la X”, que nunca supe qué significaba, pero era el que de verdad me correspondía. Y así fue para todo, porque en China, así yo chapaliara “chino” y los chinos juren que hablan “inglés”, la barrera no solo es el idioma, sino diría yo, la cultura. Usted a un chino no le hable muchas cosas al tiempo, no le hable con rodeos, no le dé mucha explicación. Ellos son super eficientes, impresionantemente mecánicos en sus labores. Cuadriculados y pegados de la norma. Cualquier latino es su antónimo, y una conversación entre ambos, se puede volver demasiado pronto, una pesadilla.

Esta vez en cambio la recompensa por vencer mi miedo recién adquirido a volar, serán 24 horas en Manhattan y 5 días en China. Voy tan feliz e ilusionada como la primera vez, pero por la escasez de tiempo, si existiera la pastilla para no dormir, ya me la hubiera comprado. Quiero estirar las horas para recorrer las calles, para estar sola, para volver a probar las frutas de temporada. Quiero comprar chécheres chinos, visitar mi antigua escuela de yoga y llegar en la noche aún con energía para escribir. Quiero leer, porque hace días no lo logro, llevo hasta los álbumes con 500 fotos por pegar, porque con los niños al lado, jamás lo logro. Quiero aprovechar a mi esposo, conversar, mostrarle a mi estilo y en mi lenguaje, la que algún día llamé “mi ciudad”.

Probablemente será un viaje que apenas se digiera con los meses que restan del año, porque tantas emociones juntas, tantas horas atrancadas, tanto desatrase de recuerdo, se tardarán un buen rato en asentar.

Yo sigo sin entender porqué la vida se organiza de manera tan perfecta, en años que se tratan de lo mismo, en etapas y “rachas”, en las que uno por ratos siente que está “condenado”. Este 2017 ha sido así, loco como este viaje que tengo al frente. Loco, repentino, lleno de cambios. Con una evolución impresionante que al mismo tiempo me ha obligado a repasar y repensar la vida, a mirar mi historia y a decantarla. Un año que me cogió desprevenida, me ha impedido “hacerme la loca”, me ha obligado a enfrentar todo lo que ha ido llegando. Un año de viaje interior, de añoranzas y recuerdos. Un año de limpieza, de movimiento y de desempolve obligado de rincones olvidados. El boceto de una etapa nueva que a ratos se adivina clara y perfecta, como otras vuelve y se nubla, se desdibuja y me cambia el panorama.

La semana próxima será como una ola de marea alta que revuelque aún más las cosas. Lo sé. Lo siento anticipadamente. Y estoy casi deseando vivirlo.

Y entre la expectativa, la planeación y la experiencia misma, tendré al menos la inspiración garantizada.

Ya siento llegar las palabras agolpadas.