Desde el silencio de una Semana Santa diferente.

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Desde el silencio de una Semana Santa diferente.

Se supone que sería una Semana Santa en la playa, tras nuestro intento fracasado de irnos a España con los niños el año pasado.

Se supone que serían días de amigos, sol y atardeceres naranjados.

Así sería. Todos los planes estaban listos: ropa, vestidos de baño, sombreros, menú, mercado, vino y, sobre todo, la ilusión.

 

Y entonces, llegó el coronavirus.

 

La semana pasada, mi esposo ya iba saliendo de los días de incapacidad, la mayoría del tiempo creyó que era un gripa. Yo, en cambio, apenas estaba empezando. Los niños, como siempre, inmunes. Los cálculos no daban por ningún lado: muy rápido fue evidente que mi aislamiento cubriría todos los días del paseo y que la única solución era bajarme. Pero eso no implicaba que mi familia también tendría que hacerlo.

 

Le pedí el favor a mi esposo de que se fuera para el paseo con los niños, de que no les dañara la ilusión por segundo año consecutivo. Para ellos la playa es TODO. También lo es para mí… pero quería vivir la dicha así fuera a través de ellos. Aún así, no pude evitar que se me chorrearan las lágrimas cuando los vi salir de la casa despidiéndose a través del vidrio del balcón en el que me pasé encerrada mientras ellos estuvieron.

 

Se supone que a la gente “sana como yo” le da el bicho sin síntomas.

No fue mi caso. A mí me dio casi de todo: fiebre, desaliento, dolor en el cuerpo, dolor de cabeza y pérdida de apetito, gusto y olfato. Lo único que no me dio fue miedo. Yo sé de qué está hecho mi ejército de defensas, lo he cuidado y alimentado toda mi vida y él es mi aliado. Mi único miedo era haber contagiado al resto de mi familia y afortunadamente no fue así.

 

El primer día que me quedé sola, en medio de la niebla mental y la maluquera, solo pensaba “cómo voy a aguantar 10 días de tanto silencio y soledad”, porque una cosa es estar sola aliviada (que lo amo) y otra cosa era estar sola y enferma (que nunca lo había hecho).

 

Juro que jamás había respetado una incapacidad. Jamás. Yo tuve a mis hijos y literalmente al otro día estaba en el supermercado. A mí me han dado todo tipo de gripas, influenza, amigdalitis, etc y jamás me regalé más de un día de cama. Esta vez, me regalé el tiempo para no hacer nada. Nada. No puedo salir, no puedo cocinar (¿quién se va a comer lo que haga una persona con Covid? Jajaja), no debo hacer ejercico (ni quiero), no he sido capaz de hacer yoga. Por primera vez en mi vida hice una maratón de Netflix y empaté siesta con noche, con libro, con serie, con ratos largos de mirar al techo sin hacer nada. Nada. Lo que yo llamo, medio en charla medio en serio, “la insoportable levedad del ser” y a lo que le huyo constantemente porque la verdad es que me encanta usar toda la energía que tengo. Pues esta vez me entregué a ella.

 

Obviamente sabiendo que estaba todo bajo control, lo único que me tomé en esos días, fueron mis vitaminas en dosis reforzadas. Me aguanté la tentación de eliminar los muy molestos síntomas, sabiendo que ellos eran tan solo la respuesta de mi cuerpo al ataque del bicho. Quizá eso permitió que la fiebre solamente durara un día y que el dolor de cabeza desapareciera rápido. Me negué a jugar el juego del pánico colectivo y a llenar mi cuerpo de medicamentos cuando lo que más necesitaba era un descanso. Me dolió mucho que el primer día, cuando le conté a los niños que el papá tenía coronavirus, Eli se pusiera a llorar preguntando si “ahora solamente quedaríamos entonces nosotros 3”. Es que repito: qué virus tan duro y es de respeto. SI. Pero la epidemia más grande y peligrosa, porque nunca sabremos sus alcances ni repercusiones, es el miedo que nos han inyectado en pequeñas dosis por todo tipo de medios, por más de un año.

 

Ya me levanté de la cama y llevo muchos días sin síntomas. Pero sigo extrañando mi gusto y mi olfato. No sabía cuánto sentido le ponen a mi vida, cuánta diversión y delicia. No sabía que huelo el shampoo antes de echármelo y que hago lo mismo con el jabón, el aceite de cuerpo, las cremas de la cara. No sabía cuán importante se han vuelto para mí los aceites esenciales, las velas, el incienso. No había hecho consciente que huelo la licuadora antes de preparar algo para asegurarme de que no huele a cebolla o a sopa. No sabía que todas las mañanas huelo la leche de coco para saber si sigue buena o es hora de preparar más. No sabía que sin gusto y sin olfato no hay manera de saber si la comida está vencida o vinagre… y eso es importantísimo cuando estás viviendo solo y con poco apetito porque vas dejando sobras todo el tiempo en la nevera y ya no tengo idea si me las puedo/debo comer.

 

Por el lado del gusto obviamente sí sabía cuánto me gusta comer y cuánto disfruto de los sabores. Y me ha hecho falta, aunque, a decir verdad, la comida ha pasado a un tercer o cuarto lugar en importancia. Hoy simplemente busco alimentarme con lo que mi cuerpo necesita y a mi boca le gusta sentir lo frío y lo caliente y a veces he sido tan de buenas que percibo uno que otro sabor por ahí y me emociono y todo.

Pero este bicho, este visitante no esperado ni deseado, me ha dado mucho más de lo que me ha quitado.

 

Obviamente me ha dado duro ver las fotos de mis niños en la playa. Obviamente preferiría estar allá y jamás hubiera cambiado esos días de solecito por este auto exilio. Pero ya que estoy aquí, gracias. Gracias por obligarme a descansar. Gracias por hacerme oír mi cuerpo. Gracias por el silencio y la soledad. Gracias por tantas horas de sueño que mi cuerpo necesitaba. Gracias por la salud. Gracias por el freno de emergencia cuando la rutina me estaba ganando otra vez. Gracias por recordarme cuanto bien le hace la quietud a mi vida y cuanto necesito la reflexión y el recogimiento. Gracias por la empatía que solo llega cuando he podido vivir lo mismo que otros.

 

Aun cuando jamás hubiera elegido este destino para mi semana santa 2021, gracias por traerme aquí.

 

Comments (3)

  1. Marcela

    Ana, me dejaste así mismo como lo cuentas en un silencio total, viviste un Mindfulness con total consciencia y restablecida una vez más con más fuerza de la más linda que siempre te irradia, un abrazo gigante espero un día muy pronto tenga la fortuna de conocerte en persona, gracias infinitas por cada una de tus experiencias, de lo que nos compartes con todo ser y alma 🙏🏻🌿

  2. Paula jaramillo

    Cuídate mucho! Que te recuperes pronto,
    Me encanta tu página, y eres una persona que inspiras paz🙏🏼

  3. Laura posada

    ANA, una y otra vez, palabras que tranquilizan. El
    COVID debe digerirse en tranquilidad y aceptación. Espero llegue rápido el gusto y el olfato y tus hijos doraditos a abrazarte y contemplarte.
    Un gran abrazo 🤍

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