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Qué es un final feliz

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Qué es un final feliz

Esta es la historia de Bibiana Mesa. También puedes oírla en el podcast Abierta Mente. Disponible en todas las plataformas para Podcast.

Nadie nunca está preparado para recibir la noticia de que tiene cáncer. Esa palabra cae como una bomba nuclear y lo desbarata todo. El día que yo escuché esas palabras, tenía 20 años y no sabía absolutamente nada de la vida. Hasta ese momento y como cualquier niña de 20 años (sí, yo era una niña), había ido por la vida en una suerte de piloto automático. Crecí en una familia amorosa que me lo dio todo y yo a cambio hacía lo que me tocaba: estudiaba, tenía buenas notas y me portaba bien. Era necia, curiosa y defensora de las causas imposibles, pero para la Bibiana de ese momento, la vida era terminar la carrera, viajar, tal vez estudiar unos años fuera, volver, conseguir un trabajo, conseguir (porque es que nos dicen que hay que hacer) un marido y tener unos hijos… un clásico. Mi mamá dice que fui una niña fácil, pero eso sí con un temperamento muy fuerte, entonces este “clásico” era a mi manera y con mis condiciones. Nadie me podía decir cuándo hacer una cosa o la otra y digamos que ese temperamento fue siempre mi cualidad y mi defecto. Unas veces me jugaba a favor, otras en contra y yo no tenía muy claro aún cómo era que eso que se sentía tan determinante en mi vida se podía manejar. Los colegios enseñan mucha matemática y mucha gramática, pero de inteligencia emocional muy poco.
El día que yo oí de ese médico las palabras linfoma, cáncer y quimioterapia; ese temperamento que tantas veces me había puesto en problemas, me jugó a favor. Ese día, en la hora que duró esa cita yo me convertí en una adulta, me hice dueña de mi misma e inconscientemente comencé a transformar ese temperamento en un aliado para lo que se venía.
Mi linfoma tenía un buen pronóstico, pero necesitaba empezar el tratamiento inmediatamente porque la presión que me hacía en la vena cava que obstruía el flujo sanguíneo al corazón . Así es que empecé inmediatamente la radioterapia y en cuestión de días, yo ya estaba sentada en esa silla reclinomática con un líquido del color de la Colombiana entrándome por la vena. Para los que han tenido cáncer, sabrán de lo que hablo, empezar una quimioterapia es como un salto al vacío. Todo lo que sabes es terrorífico. Se te va a caer el pelo (el pelo! en Medellín, Colombia! EL PELO!!), vas a vomitar, no podrás estudiar, no tendrás fuerzas… la lista es interminable. Y yo con este carácter de “a mí no me manda nadie y este cáncer no sabe con quién se metió” me fui a enfrentarlo armada solo con mi terquedad y mis ganas de no morirme. Fueron 6 meses de quimios cada 3 semanas. La primera casi me mata (literalmente) porque la combinación de radioterapia y quimioterapia fue mucho para mi esófago que se puso en carne viva. Dejé de comer por 2 semanas (no podía ni tragar saliva) y perdí 9 kilos. Los líneas de la lista interminable se hicieron realidad y yo empecé a pensar que tal vez el cáncer sí sabía con quién se había metido y me iba a matar. Pero cuando el médico me ayudó con algunos medicamentos y pude volver a comer, me miré en el espejo y le dije al cáncer “lo siento, pero esto no es conmigo, andá a buscarte otro porque lo que soy yo, no me voy a morir”. La mamá de una amiga que recientemente había muerto de cáncer me llamó un día y me dijo: “Bibi, esto (el cáncer) no se trata del resultado, sino de la manera como se lucha”. Esa frase me heló los huesos y tengo que decir que cambió mi vida ahí y para siempre. Si esto iba de la lucha, yo, defensora de las causas imposibles, lo iba a dejar todo en la cancha. Sabía que necesitaba poner mi atención en algo más y aferrarme a algo que fuera mío, así es que volví a la universidad e hice un pacto con la Decana y los profesores. Yo iría cuando pudiera y si mis notas daban, yo pasaba el semestre. 
Instintivamente, empecé a escuchar mi cuerpo con atención y le hablaba para darle ánimo. Me preparaba para las quimios comiendo cosas livianas para llegar con el estómago mejor preparado. Vomité muy pocas veces y eso me daba ánimos. Yo lo veía como una señal de que lo que hacía estaba bien. Cuando pasaba la quimio, comía para reparar el cuerpo. Lentejas, espinacas, fríjoles y todo cuanto noni o jugo de uva sin cáscara me recomendaran (habláme el trabajo de pelar las uvas para hacer un jugo!), sobre todo escuchaba los consejos de las enfermeras. Me comí todos los mangos con limón pero también todas las papas a la francesa del mundo. Comía lo que el cuerpo me pedía. En mi casa la comida siempre fue el centro de la vida familiar, pero a este punto, mi relación con la comida estaba empezando a tomar un camino diferente que hoy atesoro como una de las lecciones más hermosas que me dejó el cáncer: el alimento es medicina.  
Seis meses después del diagnóstico, en Junio, vinieron las buenas noticias y las celebraciones. El linfoma había remitido completamente y yo podía estar tranquila. Tendría controles cada mes, pero ya podía respirar. Sentía que había superado el obstáculo más grande de la vida y estaba feliz. Me sentía súper poderosa, Bibiana 1 – Cáncer 0. 
Un año después, estaba haciendo mi primera práctica de trabajo y sentía que empezaba a coger el mundo con las manos. Todo parecían posibilidades hasta que empecé a sentir un dolor en una pierna. Al principio no parecía nada, pero un día me fui a bajar del carro y la pierna no me respondió y me caí al suelo. En mi siguiente cita con el médico, le mencioné el dolor y me hicieron un TAC para ver que todo estuviera bien. Ahí estaba, el cáncer había vuelto y tenía un tumor en la cabeza del fémur. Otra vez nos subimos en el mismo loop de exámenes, resultados, pronósticos (esta vez menos alentadores), protocolos, radioterapias y quimioterapia. Esta vez, una droga más fuerte que requería hospitalizarme por 3 días para cada ciclo de quimio. Me hicieron 3 ciclos y el tumor dejó de responder. No eran buenas noticias y el veredicto fue que un transplante de médula era mi mejor opción para una curación completa. Hicimos exámenes a todos en la familia pero ninguno era compatible conmigo, así es que el médico se decantó por un transplante autólogo (esto quiere decir de mi propia médula). Pasé creo que 2 meses preparándome para este procedimiento hasta que llegó el día de internarme en el hospital. Mi transplante fue en el hospital San Vicente y cuando me llevaron a la habitación donde iba a estar aislada por las próximas semanas, supe que allí había estado también mi amiga, la que había muerto de cáncer 2 años atrás. Esa noche, me dieron un medicamento fuertísimo para empezar una quimioterapia de 1 semana que debía atacar absolutamente todo dentro de mí y dejarme a cero para recibir el transplante. En medio de la noche y con un malestar espantoso, me desperté y vi a mi amiga sentada en el borde de la cama a mis pies. Me estaba mirando con su sonrisa que era hermosa y con su voz muy paisa me dijo: Fresca que no estás sola. Yo voy a estar aquí con vos todo este tiempo. 
Fueron los 33 días más duros, más retadores y más difíciles de mi vida. Físicamente estás completamente devastado y la recuperación es lenta y mínima. Para alguien como yo que le gusta estar en control, era triplemente difícil y una lección de confianza y desapego. Necesitas ayuda para absolutamente todo, aparte de 1 hora al día en que podía ver a mi mamá (héroe sin capa de esta historia), no ves a nadie más que las enfermeras (diosas absolutas de la generosidad y la paciencia) y te parece que las horas son días y los días meses. Fueron momentos muy oscuros, pero también fueron preciosos. En ese silencio tan profundo, me hice por primera vez la pregunta ¿Y si esto no te mata, quién quieres ser en la vida? Empecé a recibir mensajes: mi carácter es muchas veces una forma de protección, necesito dejar que más personas vean mi corazón; soy muy sensible al corazón de las personas, tengo que creer en mi intuición; no tengo que ser lo que la gente dice que soy, puedo cambiar, puedo mudar de piel y renacer; el futuro no existe, no es de nadie, lo construyes cada día y este día es lo que importa; los amigos son la familia de la vida y la familia es el centro de todo. Me venían así, desorganizados, pero constantes y cuando salí del hospital, yo ya no era la misma. 
 
Seguían 6 meses con muchos retos. Necesitaba estar completamente aislada en mi casa, con muchísimos cuidados y contacto mínimo con el mundo exterior. Pero ahí estaba yo, dándolo todo. Cuando el médico me dio luz verde, planeé un viaje con el que era mi novio en ese momento (al que le tengo un lugar muy especial en el corazón) y aunque muerta de miedo, me fui. Necesitaba salir al mundo, conocer, viajar, sentir que estaba viva. Pero en el viaje me empezó a sangrar la nariz y aunque mi intuición me decía que algo no estaba bien, yo no quería pensar en nada más. Cuando volvimos a Medellín tenía mi control con el médico, pero yo ya sabía que estaba enferma otra vez. Cuando llegué con mis exámenes de sangre y él los miró, por primera vez lo vi desfigurado. Siempre había sido súper positivo conmigo, habíamos construido una relación bonita y honesta donde yo le había pedido que siempre me hablara con la verdad. Me miró a los ojos y con su voz que tenía esa dulzura costeña me dijo “esto no pinta bien”. Cuando me hicieron más exámenes y nos volvimos a ver,  me dijo que tenía 2 metástasis en el páncreas y el hígado. En toda su humanidad me dijo “se me están agotando las opciones”. Y aunque eso era más una sentencia que cualquier otra cosa, yo sabía dentro de mí que no todo estaba hecho. Yo no me quería morir, me faltaban tantas cosas por ver y hacer que no podíamos tirar la toalla. Me dijo que le diera un par de días para consultar con otros médicos y decirme algo. Cuando nos volvimos a ver me propuso ponerme en un tratamiento que apenas estaban empezando a usar en un hospital de Nueva York, que tenía buenos resultados iniciales pero que no sabían muy bien a largo plazo qué podía pasar (el tratamiento era la inmunoterapia que hoy en día resultó ser el tratamiento estándar para ese tipo de cáncer y tiene buenísimos resultados además de ser usada ampliamente por la medicina en varios tipos de enfermedades). Yo sin dudarlo un minuto, me puse en sus manos otra vez y empezamos inmediatamente un tratamiento que duraría un año.     
Unas semanas después, como el ángel que es, una amiga de una prima supo de mi historia y me cedió su cita para que conociera al que sería uno de mis ángeles de la guarda: el doctor Santiago Rojas. Me fui a Bogotá a verlo, sin saber muy bien qué podía hacer por mí o cómo funcionaba su medicina, pero con el corazón abierto y todas las ganas de escuchar y aprender. Yo había estado alguna vez en un bioenergético, pero mi experiencia había sido muy corta y poco trascendental. Decir que Santi me salvó la vida no es una exageración. Lo que su conocimiento y su generosidad hicieron por mí me cambió la vida. Con él, hice todo el trabajo que no había hecho aún. Me fui dentro de mí a buscar respuestas y entender de dónde venía mi enfermedad. Con Santi aprendí que las enfermedades son síntomas de cosas más profundas, de situaciones no resueltas, de emociones sin procesar, de palabras que hemos callado. Mi experiencia con él me movió el piso porque la responsabilidad era mía y él estaba ahí para acompañarme, no para hacer el trabajo por mí. Por primera vez entendí que uno es el CEO de su salud, que los médicos no son dioses y que es mejor prevenir que curar. Fue súper bonito porque yo seguía trabajando con mi oncólogo quien con sorpresa veía mis defensas subir y mi cuerpo sanar. Un año después, cuando terminé el tratamiento con el oncólogo, yo había aprendido que aquello que hacía por intuición tenía un sentido, que el cuerpo es sabio y hay que escucharlo porque nos habla todo el tiempo, que la energía es muy poderosa y hay que aprender a rodearnos de cosas y personas que vibran en las frecuencias positivas. Había aprendido a meditar, a comer, a hacer introspección y sanar las cosas que me hacían daño. Tal vez lo más importante, fue el énfasis en que no hay que preocuparse por el futuro porque lo único que tenemos es el presente y es ahí donde hay que vivir intensamente. Y yo me dediqué a eso, a vivir intensamente cumpliendo este año, 17 años libre de enfermedad. 
 
Recuerdo que en algún momento del primer año de toda esta historia, el oncólogo me habló del impacto del tratamiento en la fertilidad, pero creo que la prisa por empezar sumado a que ellos creían que podía tener una buena respuesta y remitir pronto, no se habló de opciones. Cuando después del transplante volví a recaer y él me dijo que se le estaban agotando las opciones, no era solo porque no existieran más tratamientos, sino también porque el cuerpo aguanta unas ciertas dosis de quimio y radio antes de empezar a tener consecuencias más graves y yo ya había llegado a todos los límites. Ahí, me recordó que uno de los efectos secundarios de todo lo que habíamos hecho era que probablemente yo no pudiera tener hijos en un futuro. Yo lo tomé como un efecto colateral y me dije a mi misma que si no tener hijos era lo que yo tenía que sacrificar por estar viva, eso estaba bien. Y así me pasé los siguientes 15 años. Convencida de que no podía tener hijos y que yo tampoco los quería. Renuncié “sin problema” a esa posibilidad y me convertí en la tía de los hijos de todos mis amigos. Hasta que Esteban y yo nos encontramos. Yo desde el principio le dije que yo creía que yo no quería tener hijos, pero que yo sabía que eso era una decisión de 2 y que si él en algún momento quería, yo dejaba la puerta abierta a que pudiéramos hablarlo. Y llegó el momento y lo hablamos y decidimos que íbamos a intentar. De entrada fuimos a la ginecóloga para ver cómo estaba todo conmigo. Ella, gran amiga nuestra, nos guío por todo el proceso de pruebas y una vez resultados en mano nos explicó nuestras opciones. Mi edad y mi historia clínica no colaboraban, pero ella apostó por que hiciéramos un primer ciclo de estimulación hormonal y viéramos cómo respondía mi cuerpo. Así es que nos dimos a ello y llegada la fecha de la extracción de los folículos, yo solo había producido 1 y estaba vacío, no tenía huevo. Gran decepción. Ella nos aconsejó no hacerlo de nuevo puesto que los resultados casi con seguridad serían similares y nos animó a mirar la opción de donación de óvulos. Fuimos a que nos explicaran todo y yo salí con el estómago revuelto. Tener hijxs es de cierta forma es un acto del ego y mi ego estaba bastante aporreado después de una hora de explicaciones sobre cómo funcionaba la selección de la donante y todo el proceso. Yo salí de ahí convencida en mi cabeza de que ése no sería un hijx “mio”. Sin embargo, accedí a darle una oportunidad. Como tengo marido médico, me dieron una cátedra de epigenética y poco a poco fui entendiendo e interiorizando que ese sí sería mi hijx y me entusiasmé con la idea de probar el tratamiento. En España, la donación de óvulos es un proceso anónimo, por lo tanto no sabes quién es la donante y esto para la controladora que vive dentro de mí fue de nuevo una lección de confianza y desapego (ves el patrón, lo sé). La verdad, todo este proceso ha sido un aprendizaje para mí.
En el primer intento yo hoy siento que yo todavía no estaba muy conectada con toda la situación y aunque estaba ilusionada, mi ser emocional aún no había llegado a la fiesta. Físicamente yo estaba ahí, pero en el fondo aún no me había convencido de que yo sí podía hacer esto, de que yo sí podía ser mamá. No tuvimos suerte y yo tuve que pedir un “time-out”. Le pedí a Esteban que me diera un tiempo, que yo sentía que necesitaba trabajar sobre mí, que necesitaba encontrarme para poder seguir con este proceso. Empecé a buscar libros, mujeres que hubieran pasado por historias similares, ejercicios que pudieran ayudarme a balancear el cuerpo. Y apareció en mi vida otro ángel de la guarda. Una mujer maravillosa con una sensibilidad y una mística fascinante. Me leyó como un libro abierto y me dio las claves que yo necesitaba para volver a conectar con mi esencia femenina.
Esta mujer me cuestionó mi carácter, mi escudo protector y mi pasado. A través de sus palabras entendí que parte de la mujer que se quedó en esa habitación del hospital San Vicente era la que soñaba con casarse, tener unos hijos y hacer una familia “clásica”. Cuando antes decía que el temperamento fuerte era mi cualidad y mi defecto, también tiene que ver con esto. Mi energía puede llegar a ser muy masculina. Soy aguerrida y el cáncer me enseñó a no tener miedo, a enfrentarme con todo a las situaciones de la vida y eso es maravilloso, pero también me alejó de mi lado más femenino. En algún momento de este viaje, mi ser racional conectó feminidad con debilidad y yo me desconecté de una parte de la esencia que nos hace ser mujeres. Hoy sé que en parte lo hice porque eso era menos doloroso que enfrentarme a la posibilidad de que nunca pudiera ser madre. Y no estoy diciendo que ser madre es la totalidad de la esencia femenina, pero si creo que es un proceso expansivo y revolucionario que nos conecta con un poder mayor. Dar vida, parir vida es una cosa primal que nos conecta con lo más profundo de ser mujer.  
En mis sesiones con ella, me sentí otra vez como en mis primeras sesiones con Santi. Me recordó que nadie me conoce mejor que yo misma y que para mí la medicina homeopática, funcional y bioenergética es tan importante como la medicina alopática. Así es que me di a la búsqueda de terapias que tuvieran un impacto positivo en la fertilidad. Me encontré de nuevo con la acupuntura (amor profundo siempre) que vino de la mano de una terapista maravillosa que va mucho más allá de ponerme las agujas cada semana. Su especialidad es la fertilidad y las conversaciones con esa mujer le dan luz a mi vida cada semana. Trabajando con estas mujeres maravillosas, incorporé en mi vida nuevas rutinas y sobre todo hice las paces conmigo misma y acepté que sí quiero tener hijos y le dije a Esteban que estaba lista para intentarlo de nuevo. Hicimos una nueva transferencia de embriones y 15 días más tarde recibimos la gran noticia: estábamos embarazados. Quién haya pasado por estos tratamientos de fertilidad asistida sabe lo que son esos 15 días, sabe que en esos 15 días pasan como 15 meses y que el tiempo se estira y se estira. Cuando recibimos la noticia yo me estallé en una carcajada porque en mi estómago yo ya sabía que estaba embarazada, mi intuición me lo decía, pero ver el resultado del examen fue una cosa maravillosa. Mi cabeza instantáneamente me dijo: viste que sí podías? 
Fueron 10 semanas hermosas. Las últimas 3, cuando empecé a sangrar muy difíciles, pero todas hermosas. Y digo difíciles porque alrededor de la semana 9, yo empecé a sentir que ya no estaba embarazada. Es muy difícil explicar cómo sentía esto, era como si alguien me estuviera hablando al oído y me decía “ya no estás embarazada, pero esto no es el fin, todo está bien”. Pasar por un aborto es un dolor indescriptible. No importa cuántas semanas tengas, ya eres mamá. Ya tienes vida creciendo dentro de tí y tienes que despedirte de esa ilusión. La soledad que se siente es inmensa. Creo que cualquier mujer que haya pasado por un aborto espontáneo, siente que es la única en el mundo que le ha pasado. Y creo que en parte es por esta tontería que el mundo se inventó de que no puedes contarle a nadie que estas embarazada hasta que no tengas al menos 12 semanas. Esa imposición de la sociedad es muy violenta porque margina a las parejas y les hace temer compartir esa ilusión tan hermosa. Nosotros le habíamos contado a algunos amigos y a nuestras familias porque así las cosas eventualmente no salieran bien, yo quería que las personas que nos aman sintieran con nosotros esa felicidad, que se ilusionaran, que nos rodearan de amor. Y así lo hicieron también cuando les contamos que habíamos perdido el bebé. 
Para nosotros los primeros 3 días, entre la noticia y el procedimiento del legrado fueron devastadores. Ni Esteban ni yo teníamos palabras, solo llorábamos juntos y en solitario para dejar salir toda esa tristeza. Pero la noche antes del procedimiento, tuve un sueño donde alguien me llevaba de la mano y me decía que todo esto hacía parte de un plan mayor. Qué no tenía que estar triste, que ahora tenía un ángel cuidándome todo el tiempo. Al día siguiente, antes de irme a cirugía, tuvimos con Esteban la conversación más hermosa donde los dos le dimos gracias a esa alma por habernos escogido, por habernos dado la ilusión de ser papás y por habernos dado la certeza, sobre todo a mí de que esto sí era posible. En ese momento, todo cambió. Le dimos la vuelta a esta pérdida y la convertimos en energía para seguir adelante.
Al final del año pasado intentamos de nuevo otra transferencia pero no tuvimos suerte.Esa vez en particular, me dió muy duro físicamente. Durante los 15 días de espera para la beta, me sentí muy enferma. Tenía todos los síntomas de embarazo, pero yo creo que mi nivel de consciencia hacia el proceso es ahora muchísimo mayor que el que tenía en los otros intentos antes del embarazo y probablemente por la cantidad de hormonas que tienes que tomar para ayudar a la implantación del embrión. Hoy pienso que tal vez fue muy pronto para volver a intentarlo, pero eso era lo que nos decía el corazón en su momento. Así es que de nuevo he pedido un time-out para recalibrar, para poner la intención conscientemente y trabajar internamente para estar mejor preparada para la próxima vez que volvamos a intentarlo. La intuición me dice que lo hagamos de nuevo y yo la estoy escuchando.
Somos conscientes de que esta moneda tiene 2 caras. Que puede que lo logremos y puede que no, pero Esteban y yo estamos apostando por el sí y juntos lo estamos dando todo para que así sea. Yo, es que no sé otra manera de hacerlo. Así es que aquí estamos, anclados en el presente viviendo un día a la vez.
Estamos llenos de ilusión por ser padres, pero nuestro final feliz es cada día.  
 
 
 
 
 
 
 
  

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