Lo que queda al final.

Los primeros dos días me repetí mil veces en la cabeza “no sé cómo hice para vivir aquí tanto tiempo. Tenía que estar loca”. Una semana me iba a quedar grande, el clima estaba húmedo, las nubes bajitas y las primeras 24 horas llovió sin parar.

Valiente, salí con el paraguas. Ya sabía sin embargo para lo que iba: quien ha sido peatón sabe que el paraguas a lo sumo salva de los codos para arriba. Y quien ha sido peatón en China, sabe que la gente camina sin mirar a los lados, chuzando a su paso a quien se atraviese entre sus amplias y a menudo, torcidas varillas. Al medio día ya estaba emparamada, los bluyines pesados, los zapatos ensopados chillaban con cada paso.  Pensé en buscar un masaje: las manos chinas tienen magia y podían salvarme del jetlag, pero tampoco fue posible. Caminé más de dos horas dando vueltas como pude buscando con google maps un spa que había encontrado en internet antes de viajar. A pesar del VPN no funcionó bien, quizá por la rigurosa restricción del gobierno chino a Google, Gmail, Instagram, Facebook o Twitter. O quizá porque el cansancio ya estaba jugando conmigo. Cuando me hastié de dar vueltas sin resultado, decidí que lo del spa sería otro día.

Almorcé en Element Fresh. Alguna vez me gustó tanto este lugar, que por eso nombré así mi escuela de yoga. Element representó para mí en 2006 un refugio, un descanso, buena comida y horas de escritura y de lectura: no pasó una sola semana sin que me sentara allí a disfrutar sola de un almuerzo. Tuve que quitarme los zapatos, agradeciendo estar en una ciudad donde soy anónima. Crucé los pies sobre la silla y los calenté en postura de “recreo” mientras comía después de tantas horas de lluvia.

Pero si hay algo peor que caminar con lluvia, es volverse a poner los zapatos fríos y mojados.

A las 5 de la tarde regresé al hotel, me puse las pantuflas de toalla esponjosita y me acosté a dormir: SÍ, una semana me iba a quedar grande.

El siguiente par de días todavía había resistencia. Los olores de la calle me hicieron recordar cuando mis hermanos vinieron a visitarme y me dijeron que aquí se levantaban muy malos olores por todas partes. Yo siempre les decía que no, que estaban locos y ellos se burlaban de mí y me decían que era que yo ya me había acostumbrado. Obviamente, comprobé, estaban en lo cierto.

Anduve muchas calles buscando aquella donde viví hace 13 años y casi no la reconozco. Todo ha cambiado demasiado, incluida la resistencia para caminar con un computador pesadísimo a la espalda que tenía en ese entonces. Esta vez, todo me pareció mucho más lejos.

Al tercer día empecé a recordar porqué amé tanto esta ciudad y porqué me terminó resultando divertido vivir en un lugar donde todo está siempre lleno, donde te empujan para entrar al metro y donde todos entran al ascensor antes de que puedas salirte. Un lugar donde la gente sale en pijama a la calle, y donde una vez me tocó ver señoras de gorro de baño plástico salvaguardando sus peinados cuando estaba lloviendo. Una ciudad donde fuman tanto que una vez un taxista me recogió fumando con la ventanilla cerrada! Una ciudad donde sonidos y olores de todo tipo te recuerdan que el pudor y los “buenos modales” son también conceptos subjetivos. Una ciudad hiper poblada, abstraída del “mundo” conocido (por mí), donde la gente anda con sudaderas “de Louis Vuitton” y carteras “Gucci” (frecuentemente “Guci”) del mercado chiviado, donde los hombres (no sé porqué) se dejan la uña meñique larga, muy larga. Una ciudad de rascacielos espectaculares y edificios viejos igualmente hermosos, donde la gente sigue pareciendo del campo: y esto no tiene un sentido peyorativo, es tan solo un contraste bárbaro, que insinúa cuán rápido anda el desarrollo y cuánto más necesitamos nosotros como seres humanos para alcanzarlo.

Una ciudad súper desarrollada y hermosa, con edificios llenos de ropa colgada en las ventanas, con gente andando en bicicleta con canastilla, motos sin luces pasando los semáforos en rojo, taxistas que no hablan ni una sola palabra de inglés, personas tomando una siesta en una silla en plena calle. Una ciudad que está enamorada de occidente, que le toma fotos a los extranjeros (aunque ahora sucede mucho menos) que ostenta tiendas de marcas europeas de altísima gama en cada esquina pero que al mismo tiempo sigue teniendo algo tan aparentemente retrógrado como el mercado para conseguir pareja para los hijos, algo que descubrí ayer en People’s Square donde se reúnen los padres de los candidatos y ponente sobre sombrillas las hojas de vida de sus hijos con estatura, peso y signo zodiacal chino, mientras conversan con sus prospectos de consuegros. Un lugar donde venden chuzos con patas de gallina marinadas, huevos duros de colores que la gente se come en bolsa, y animales disecados no identificables. Tantos ingredientes tan diversos que terminan por hacer de Shanghai una ciudad fascinante, una mega metropolis del futuro con mucha historia a sus espalda. Una historia de emperadores de la que aquí parecieran saber poco porque se arrancó de tajo durante el siglo pasado, cuando su ex presidente Mao Tse Tung prohibió la religión, el teatro y todas las expresiones culturales, bajo la famosa premisa  marxista de que “la religión es el opio del pueblo” (convirtiendo a China en un país mayoritariamente ateo). 

Yo amé vivir en este país y hoy me estoy yendo con un hueco en el estómago. Hubiera querido más días o aprovechar más los primeros, pero así fue siempre el proceso, el shock inicial no es prevenible: siempre golpea de frente. Ser turista en China es un poco como llegar a otra galaxia. Aquí el cuerpo aterriza pero la cabeza se demora un poco más en hacerlo.

El último día tuve mi masaje chino soñado en un lugar hermoso y especial. Comprobé que las manos de las mujeres de este país si tienen magia, son cariñosas, serviciales y muy delicadas.

También comí delicioso, me volví a enamorar de la vista nocturna llena de luces, de sus restaurantes deliciosos, de los mercados de artesanías, de la facilidad de llegar a todas partes en metro, de la delicia de caminar en un lugar donde uno se siente seguro hasta en las cuadras más tenebrosas.

La semana me quedó chiquita y si no fuera porque en casa me esperan los abrazos de mis hijos expectantes, alargaría un poco más la experiencia de re conocer Shanghai y de reconocer parte de mi historia en ella.

Por esta vez, le sumo un capítulo nuevo a esta historia que espero, esté aún lejos de acabarse.

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