¿6 ó 9?

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Elisa es percentil 3 de estatura. Esto quiere decir que si se para al lado de 100 niñas de su edad, sólo 2 serán más bajitas que ella. Esto no sería raro, si su papá y yo no fuéramos altos, pero por nuestra estatura y lo que se supone debería ser su herencia, el médico le mandó una radiografía de las manos.

El hecho es que ayer fuimos a hacerla Tomás, ella y yo. A la salida de la clínica, nos paramos a esperar un taxi en la calle y apareció una señora con un tarro de dulces transparente. Mis hijos obviamente se tiraron en plancha y la señora empezó a explicarme porqué debía comprarle alguno. Yo impulsivamente dije que no. Traté de explicarles a mis hijos que ya habíamos tomado el algo, que debía guardar la plata para pagar el taxi de regreso, que encima de eso ya me tocaba ir a pagar un platal por la batería del carro y que por si fuera poco ya en la radiografía le habían regalado colombina a cada uno. Pero ellos insistían y la señora insistía, hasta que yo dije simplemente NO. Entonces la señora sacó una gomita del tarro y se la regaló a Tomás. Sonrió y desapareció. Mi hijo estaba feliz y estaba intentando abrirla, por lo que me tuve que agachar y mirarlo a los ojos para hablarle bajito sin que nadie nos oyera:

  • Tú te acuerdas de la bruja de Blanca Nieves?- le pregunté.
  • Si, mamá.
  • ¿Te acuerdas que le regaló una manzana a Blanca Nieves?
  • Mmm
  • ¿Me puedes contar qué le pasó a Blanca Nieves cuando se comió esa manzana?
  • Se desmayó- respondió Tomás.

Entonces aproveché para repetirle una vez más que JAMÁS deberían recibirle NADA  ningún desconocido y menos en la calle y menos que menos llevárselo a la boca.

  • ¿Entonces ella es una bruja mami?
  • No mi amor, no sé si es una bruja, pero yo no la conozco y no sé porqué te regaló un dulce si yo ya había dicho que no.

Para ese entonces, Tomás ya me había entregado la gomita voluntariamente para que yo la botara y yo estaba contenta de haber tenido la oportunidad de enseñarle con un buen ejemplo, al frente de mis ojos, la frase que creo haber oído más de mis papás: “nunca recibas nada de personas extrañas.”

Pero entonces el resto del día me quedé pensando en si había hecho bien o mal y trataba de justificarme pensando que ni en Finlandia una mamá permitiría a su hijo comer esa gomita, ahora ni qué pensarlo en Medellín. Pero al mismo tiempo recordé una conversación que tuvimos Tomás y yo hace un par de semanas. Mi hijo mayor, a sus 4 años, es un pequeño filósofo existencialista, que todo lo analiza, que todo lo piensa, que todo lo pregunta. El niño que jamás se contentará con un SI o un NO si no trae una explicación que él sienta suficiente.

  • Mami: ¿la gente mala existe?
  • Claro que existe mi amor… No mentiras no existe. Todos son buenos pero a veces hacen cosas malas. Mmmmm… Bueno no, si hay algunos malos, pero depronto quieren ser buenos sino que no son capaces.

Yo le salí con la explicación más incoherente del mundo y no sé sinceramente esa vez porqué me la aceptó, pero fue a mí a la que me dejó confundida, porque llevo mucho tiempo luchando con mi propia porción de maldad y queriendo ser lo más buena posible y sé muy bien, que si para nosotros la de ayer era la bruja de Blanca Nieves, para ella, yo soy la madrastra odiosa y amargada que no le compra un dulce de menos de mil pesos a su hijo.

Hace mucho tiempo sé y pienso que la maldad es un concepto relativo dependiendo de quién cuente la historia y sobre todo del lugar donde estaba parado el testigo cuando ocurrieron los hechos.

Y yo le quiero enseñar a mis hijos que la vida no es blanca o negra, que es más que todo gris y que la mayoría de las cosas que nos pasen en la vida no van a ser sencillamente calificadas como buenas o malas, positivas o negativas. También quiero enseñarles a que confíen en la gente, pero no ciegamente. Yo quiero que ellos sepan que generalizar es muy cómodo y las reglas generales nos facilitan la vida. Que sería más fácil hacerles entender que “todos los desconocidos son potencialmente malos”, pero también es mi deber que ellos aprendan a usar su intuición, su observación y su discernimiento.

Y finalmente quedé pensando quién es esa persona a la que llamamos mala y quién la que llamamos buena, solo por dar una definición con la que pueda inspirarlos a buscar su propio lado amoroso, “bondadoso”.

Y entonces me salió la siguiente conclusión

LA GENTE actúa MAL cuando vive principalmente por sí misma. Por su felicidad. Por su bienestar, por su salvación… y poco le importan los otros.

LA GENTE actúa BIEN, cuando cuida de sí misma, pero piensa en los demás: en su felicidad, en su bienestar, en su salvación… Le importan mucho los otros.

Y cada día de la vida podemos decidir si queremos ser del grupo 1 o del grupo 2, deseando que los días en los que actuemos como “malos” o “egoístas”, no nos cojan en un mal momento y nos marquen para siempre. Que siempre tengamos la oportunidad para resarcirnos, corregirnos y evolucionar.

Esta manía de querer calificarlo todo, alguien nos la tiene que quitar. Yo solo pido poder educar a mis hijos con una mente más amplia que aquella con la que crecí yo, donde la señora de los dulces siempre sería la mala y nosotros las víctimas que nos salvamos de sus oscuras intenciones.

Creo que esa visión no le ayuda a nadie.

Y a mí me interesa que ellos crezcan pensando que este mundo es un lugar esencialmente bueno, con algunas “excepciones”.

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