No hemos salido de ningún conflicto. La guerra la llevamos por dentro.

Japón había metido gol. Eran las 7:04 AM y toda Colombia estaba helada y desconcertada porque además ya éramos solo 10 en el equipo. En la W, Alberto Casas Santamaría, pedía “un lamparazo”. “Muy temprano y en horas y espacios laborales”. Sin embargo no lo juzgué raro: estamos acostumbrados a que en su emisora constantemente se pida un “lamparazo” y hasta se acompañe con el audio de dos hielos cayendo ruidosamente en la copa. No lo juzgué raro a pesar de que en esta casa el trago se envejece en la alacena sin ser consumido.

Dos horas después estábamos convertidos en parias de la sociedad. Si yo con las bases espirituales que tengo, he estado a punto de romperme por dentro, no me quiero imaginar lo que sentiría un adolescente, o alguien con una lucha interna de esas bien tenaces que a todos nos pasan a veces en la vida. Empecé a repetirme sin convicción como un mantra “sé muy bien quiénes somos. Lo que digan de nosotros no nos puede dañar”. Me paré en el ojo del huracán a esperar que todo terminara y la serenidad llegara a ayudarme a pensar otra vez con claridad.

Este nuevo condicionamiento me cayó, por fortuna, en una de las épocas más estables y bonitas de mi vida. Pero si alguien, a sus 16 años o en medio de una depresión hubiera decidido que no valía la pena vivir más, seguramente al día siguiente el tema del día hubiera sido: “no era para tanto”.

El mundo puede quitarle todo a un ser humano, a no ser de que tenga absoluta claridad de quién es por dentro.

No comulgo con esta práctica despiadada y frecuente de lanzar a una persona con su cara y su biografía a una jauría sedienta de odio. Y luego avivar la hoguera con la irresponsabilidad de los líderes de opinión de este país, enardecidos dando cátedra de moral desde bocas y dedos que han cometido errores semejantes. Nuestra sociedad goza con el payaso de turno. Lo destruye y le quita su honra, su valía y su oportunidad de resarcirse, cuando en el momento más desafortunado de su vida, fue grabado por compatriotas “NO POR AMIGOS”, que en medio de una tribuna y el calor colectivo, se abrazaban como conocidos de siempre y decidían que era gracioso compartirlo. Y lo compartieron con un país que estaba furioso por un partido que Colombia perdía. Y lo multiplicaron algunos por considerarlo gracioso también. Más tarde todos lo enviaban con su propio comentario editorial, para aprovechar al “nuevo Don José” y purgar en él un poco de su rabia. Desde el estadio de Saransk también compartieron otros vídeos. En uno de ellos, Colombia metía un golazo, histórico, el primero en un mundial de ser de tiro directo y pasar por debajo de la barrera, un vídeo en el que se veía como temblaba la tribuna con la furia de abrazos entre desconocidos de camiseta amarilla. A mí se me pararon los pelos al verlo. Sin embargo este vídeo no mereció ser difundido.

Cuando habían pasado 24 horas, ya Caracol estaba contando un poco más de sus vidas. Había descubierto en un “extenuante trabajo periodístico”, sus colegios, trabajos, profesiones y membresías. Algunos perdían su trabajo y el circo romano estaba un poco más contento al ver a su presa de rodillas.

Y entonces empieza el miedo. Siente que le respiran encima y que lo único que falta es que venga el tribunal de la inquisición a tocar la puerta de la casa.  ¿Y si aparecen las caras de nosotros y nuestros hijos? ¿Será un buen día para salir a mercar? ¿Mañana tendrán trabajo?

Recuerdo hace muchos años en el colegio, un par de niñas que iban al menos 6 años más adelante. Las pararon en medio del auditorio a contar a todo el bachillerato cómo habían robado una camiseta verde durante un viaje de intercambio en Kansas. Debían repetir porqué habían cometido su error y porqué invitaban a no hacerlo. Crecí sin saber sus nombres. Solo hablábamos de “las que robaron en Kansas”. Y más tarde cuando las conocí socialmente, y tuve la oportunidad de saber quiénes eran realmente, y deseé no haberlas conocido antes por su peor momento, sino por lo que realmente eran.

Afortunadas ellas que vivieron su peor día, en una época en la que todavía era posible equivocarse sin ser linchado socialmente. Acabado. Escupido y pisoteado.

Espero que mis hijos estén aún a tiempo de tener su adolescencia en medio de un ambiente donde los errores se paguen de una manera justa y se regale la oportunidad de demostrar que somos mucho más que todos esos momentos patéticos. De esos errores gigantes y vergonzosos. De esas metidas de pata tremendas. De esos descentramientos colectivos. De las estupideces que hacemos cuando estamos entre amigos y volvemos a tener 15 años. Que podemos resarcirnos con altura y sin miedo por nuestra propia vida. No vaya a ser que un loco sediento de despojarse de su ira interna, decida acabarnos con la nueva arma de destrucción masiva.

Lo que más temo hoy en la vida es a las redes sociales y a quienes teclean tras ellas sin pensar, acabando con tanta gente.

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