A las mujeres de mi vida, y a todas las demás.

  • ¿Elisa es con ese o con zeta? ¿Tomás es con hache? La pregunta obligada en cuanto servicio de salud o trámite general consulto para mis hijos, me recuerda que soy mamá.

Es que a veces los veo o los oigo llamándome y me asalta la duda, ¿en qué momento pasó esto? Si. Soñé con ellos dos toda mi vida. Me acaricié la barriga vacía muchas veces y también me metí las muñecas debajo de la camiseta. Jugué mamacitas a más no poder y juré que mis hijos se llamarían Sofía, Lucrecia y Juan Sebastián.

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También por eso mis amigas me empezaron a decir Lucre. Fue en una época en la que cogí cara de secretaria. Me corté el pelo hasta los hombros, me saqué capul y me pusieron gafas oscuras con lentes “transitions”. Era “alérgica al sol”, eso dijeron los médicos, ante la falta de explicación de las enormes ronchas que me salían en los brazos y las piernas cada que iba a “tierra caliente”. No existía Raid que pudiera evitar que los zancudos me acabaran, y yo con una rascadera frenética, completaba la misión. Entonces esas gafas, que se oscurecían a salir al sol, me protegían los ojos que también se me irritaban con el calor. Yo vivía acalorada y alérgica. Era un volcán en continua ebullición.

No fueron años fáciles. Yo era una nerda de las escasas. Cuando cumplí doce, pedí a mis abuelos de regalo los libros “Vendidas” y “La casa de los espíritus”, mientras que me hice miembro del Club de lectores Edilux que me mandaba cada mes un libro nuevo de regalo. Mis amigas, mucho más “cool” que yo me empezaron a llamar “la nanny Fine”, como la niñera que salía en una serie de TV. Era mucho más desarrollada que ellas, les llevaba una cabeza y parecía su mamá.

Los niños con los que “salíamos” (léase íbamos a cine a Oviedo), me llegaban más abajo del hombro. Aún tenían la voz aguda, pero se llenaban la boca hablando de sus aventuras. Les encantaba repetir “que iban perdiendo hasta recreo”, que no estudiaban nada o que los habían echado del colegio y que ahora estudiaban ¨validando en un vagadero.

Me sentía fuera de lugar. Repetía que había nacido en la era equivocada y que hubiera sido más feliz en el renacimiento.

Entonces aprendí a camuflarme en un disfraz que me hacía sentir más cómoda. Pasados unos años, ya todas las amigas éramos igualiticas, al menos físicamente. Nos hicimos mechones monos gruesos, compramos beeper, nos vestíamos parecido y no pasábamos medio día sin vernos. Al final de la jornada escolar, nos citábamos para ir juntas al gimnasio, o a la casa de la otra y el fin de semana nos turnábamos en las fincas. Yo repetía feliz, que a nosotras nunca se nos acababa el tema.

Pero también había muchas peleas. Todas teníamos un carácter tenaz, no tolerábamos la diferencia, pretendíamos que las demás pensaran igual. Y eso cada vez era más difícil. Uniformar a una jauría de mujeres voluntariosas, no era más que una fachada que escondía muy bien lo tremendamente distintas que éramos todas.

Muy pronto cada una empezó a mostrar deseos de seguir un camino único, que validara su esencia y le diera su lugar en el mundo.

La madurez llegó con menos intensidad. Nos veíamos menos, conseguimos pareja y las prioridades cambiaron por completo. Empezamos a necesitar ocasiones especiales para vernos, pues ninguna coincidió en su elección profesional.

Volver a ser individuo, cuando uno ha hecho simbiosis por tantos años, es LA felicidad. Reafirmar que la esencia sobrevivió a la adolescencia y que además se pulió, fue muy importante para mí. Volví a ser yo. No parte de una barra, sino única, auténtica y además orgullosa de serlo.

Así como soñé con ser mamá, el matrimonio era LA meta de mi vida. Me moría por vivir en pareja, tener estabilidad en ese sentido me desvelaba. Tal vez por eso, me aferré a mi novio “grande”, 11 años mayor que yo, con el que estaba desde los 18 años. Con él siempre me sentí protegida y adorada y esa seguridad me permitió centrarme y explorar lugares de mi personalidad que jamás creí posibles. Como mi carácter había sido un continuo incendio, me había pasado la vida sin cuestionar a fondo qué era lo que movía tanta energía en mí, ni qué potencial podía haber en ello. Pero una vez llegué a este remanso de paz, me sobraron ganas de agarrar el timón y torcer el sentido de mi vida. Y eso hice.

Aprendí yoga, me fui a vivir a China, visité India, Malasia y Tailandia. Tenia solo 22 años y tocaba el cielo con las manos. Me gradué de periodismo, monté mi propio negocio, seguí estudiando y me enamoré de la enseñanza. Aprendí a creer en mí, cambié mi dieta, troté maratones, hice cursos de cocina y nutrición.

Y muy pronto no era ni la super nerd del colegio, ni el incendio inapagable. Ya la piel se había aliviado, en mi no vivía Lucre, ni la hija difícil, ni la mala hermana ni la adolescente indomable, ni la mujer entregada a amores ingratos. No me atormentaba mi pasado y podía reírme de él.

La cereza de mi postre fue casarme. Adoré la convivencia y la vida en pareja y cuando llegaron mis hijos quise hacer todo por ellos con la autosuficiencia que siempre me ha caracterizado. Redefiní mi negocio, pero confirmé mi pasión por el yoga, la enseñanza, la escritura, el oficio de ser mamá, cocinar, estar en casa, hacer ejercicio, seguir aprendiendo a ser mejor y ser una mujer 100.

Y mientras tanto mis amigas de la vida seguían sus pasos y caminos personales. Cada una cada vez más segura de su camino. Unas más afines que otras, pero todas presentes en los momentos más importantes de la vida de las otras. Nos veíamos de vez en cuando, casi siempre con los niños. Persiguiéndolos por los centros comerciales o compartiendo un helado absolutamente derretido. Hablábamos por encima de sus gritos y juegos, nos desatrasábamos de lo estrictamente necesario y nos despedíamos exhaustas hasta la próxima vez.

Entonces dijimos que era tiempo de hacer un paseo juntas, dejar a los maridos encartados y chismosear hasta el amanecer.

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Por fin llegó el momento del viaje. Adoro que haya sido en marzo, cuando siempre me siento más inclinada a hablar de la mujer que es uno de mis temas favoritos, porque lo que pasó en este paseo a Playa del Carmen fue algo muy emocionante.

Confieso que tenía sustico, porque hace mucho tiempo que no viajábamos juntas y nunca antes con tanto quórum.

Pero fueron necesarias pocas horas para entrar en una sintonía deliciosa. Comprobé rápidamente que nuestra esencia había “sobrevivido” también al matrimonio y los hijos, a los años sin conversar íntimamente, al título de “señora”, al puesto laboral, a las peleas y a las vidas tan diferentes que eligió cada una.

Mágicamente seguíamos siendo exactamente las mismas. Adentro se sintió igual. Adoré reconectar con estas mujeres que me conocen desde los 4 años. Destornillarnos de la risa por las ocurrencias de las otras, por las anécdotas patéticas que un día nos hicieron llorar. Amé saberlas tan distintas a mí y aún así quererlas sin juzgarlas, aceptarlas y además admirarlas por lo que han logrado con sus vidas. Encontré mi barra de siempre dispuesta a reírse de lo que antes hubiéramos criticado y necesitar cero chismes de otros para entretenernos y hablar sin parar. Lo mejor fue hablar con desparpajo y sin miedo de todo, sabiendo que lo que decíamos jamás saldría de allá.

Porque aparte de todos los títulos que puede ostentar una mujer en su vida, el de bruja es uno indigno y molesto, pero tan real como todos los demás. Cuando una mujer se propone con determinación ser mala o destruir o cuando está movida por la envidia y muy poco corazón, tiene tanto éxito como cuando se propone lo contrario.

Pero en este caso solo encontré amor del bueno, camaradería y confianza.

Los 6 días que estuvimos juntas fueron perfectos. Llegué plena y recargada. Da lo mismo que hubiéramos estado en Bolombolo o en Playa del Carmen. El paisaje y el mar fueron solo el patrocinio perfecto para estos días de reconexión tan especiales. Volví a ser la niña que iba al Marymount todos los días, la que se jugó mamacitas chiquita, la que se cortó el pelo como una secretaria, la que amó como loca en la adolescencia, la que se convirtió en la Nanny Fine de sus amigas, la que las hizo reír con sus anécdotas únicas. Yo que iba con una maletada de diarios, fotos y cartas, pero también con algo de resquemor, me devolví con un precioso equipaje emocional, porque todo lo que redescubrí, gracias a esos 11 espejitos que he querido por tantos años, está en un lugar de paz, en una inmensa tranquilidad. Me gustó saber que estoy parada exactamente donde quiero estar y que mi recorrido y las pruebas de ese camino, han sido absolutamente necesarias. Las agradezco, las honro y con gusto las volvería a pasar, para poder saborearme este presente con cero remordimiento y reconciliada con todos los demás papeles que jugué en el pasado.

Y a ellas, las mujeres de mi vida, les hago una venia, porque sus caminos los conozco como el mío y el lugar al que ha llegado cada una, es una obra de admirar.

  • Soy la mamá de Elisa y Tomás. Con ESE y sin HACHE- atiéndame rápido señorita que tengo una historia bailándome en la mente y me tengo que ir a escribirla ya.

Mujeres del mundo. Feliz día (requete-atrasado) y feliz vida. Aprovéchense y háganse aprovechar, que el fuego que tenemos dentro, puede brillar o puede quemar, así de poderosas somos.

Un comentario en “A las mujeres de mi vida, y a todas las demás.

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