Conectar con la misión

A los 23 años, yo quería hacer yoga el resto de mi vida y enseñar a la gente a pararse de manos. Me había encontrado con una versión de mí que me estaba gustando desde que practicaba, y pensaba que si lo adoptaba como misión única de vida, me aferraría a esa “nueva mi” y sería feliz por siempre. Pero uno empieza a recorrer un camino y por más que calcule la ruta, no tiene ni idea qué es lo que va a encontrarse. Porque una cosa es el camino mismo, pero otra muy diferente las personas, los reveses, el clima exterior y sobre todo lo que va cambiando por dentro. Aquello que te hace ver distinto ese paseo, así el rumbo sea igual.

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Y esta es la historia de lo que me ha pasado, mientras caminaba. Y hay tanta magia en lo que he vivido, que quiero compartirlo. Y también porque me han preguntado cómo es que hace uno para conectarse con su misión de vida, y aunque no tengo la respuesta perfecta, si sé que fuera de perseverar, repetir e insistir, hay un segundo elemento clave: SOLTAR.

Esta es mi historia, aunque no sé exactamente cuándo empieza.

Tal vez en 1984, cuando nací en una familia hermosa en la que había una hermana mayor, y a la que luego llegó el hermanito. Una familia en la que siempre hubo mucho amor, incluso para mí que muy pronto mostré rasgos de oveja negra: ni mejor ni peor, tan solo diferente.

O tal vez en el colegio en el que fui una buena estudiante en ciencias y humanidades, muy lectora, amante de escribir, no tanto de las matemáticas. Un colegio en el que siempre fui la niña correcta, más no la niña buena, porque esta fue una etiqueta a la que me resistí. Unos años de colegio en los que descubrí también un carácter tenaz, una dureza implacable que amurallaba un alma asustada. Un carácter irascible que cobijaba un corazón sin estrenar.

O tal vez esos son solo preámbulos de la historia misma que empieza, cuando juraba que ya estaba acabando. Porque uno escoge la carrera y está seguro de que con ella se va a ir como en banda eléctrica por la vida, en caminos florecidos, abundancia y prosperidad. Como si la elección hecha a los 18 años, cuando ni siquiera sabía de qué se trataba la vida, fuera la respuesta a todo lo que andaba buscando. Yo pensaba que uno se graduaba, se casaba, tenía sus hijos y colgaba el letrero de FIN, en letras crespas, como en La Cenicienta.

Porque yo escogí estudiar Comunicación, por un solo motivo y era que soñaba con escribir. No sabía de qué escribiría, ni de dónde sacaría la inspiración: solo sabía que quería hacerlo. Igual me habían dicho que escribía bien, me lo habían aplaudido toda la vida. Y en ese entonces, no había muchas carreras en las que pudiera realizarme. Entonces, cuando me llegó mi primer trabajo de la clase de NOTICIA, calificado con el primero CERO de mi vida, yo me iba a infartar. En el ego y en la vida real. La profesora me explicó que estábamos en noticia, no en narrativa, que ella no necesitaba detalles románticos, solo el qué, quién, cómo, cuándo, dónde y porqué. Y me empezó a sembrar inseguridad por lo que escribía, y cierta aversión por la comunicación social. Pero esta decepción no hubiera sido tan grande si años después, en mi práctica en el periódico El Mundo, me hubiera ido bien. Estábamos en 2006, y yo me había conseguido con una prima de mi mamá la práctica de los sueños para escribir historias y crónicas, mientras vivía de intercambio con una amiga en China. Pero, al tiempo que mi familia y amigos me respondían con amores los correos que mandaba día a día con las historias exóticas de un país hasta entonces desconocido, ella en el periódico no me paró muchas bolas y tan solo me publicó unas cuantas. Al final del año, mi abuela, que vivía como un pavo real, orgullosísima de mí, se sintió muy decepcionada y llamó a la directora de El Mundo a sugerir que aprovecharan de mejor manera todo el material que yo había escrito durante el intercambio. Mi adorado diario de China se convirtió en un terrible debate de intereses en el que la prima preguntaba rabiosa cómo es que mi abuela y yo habíamos pasado por encima de ella llamando a la directora a que le dijera qué tenía que hacer. Se sacó la espina de su orgullo machacado, haciéndome ir al periódico un 28 de diciembre, en plenas vacaciones (yo era una estudiante y mis vacaciones eran sagradas), a llenar de afán una separata con mis “mejores narraciones”, que ahora me sabían a zapato viejo, chancletiado y menospreciado. Las mismas que salieron un 3 ó 4 de enero sin amor de mi parte y sin pena ni gloria.

Y yo me sentí tan humillada, que juré que no volvería a escribir.

Y tomé la decisión despechada de dedicarme al yoga y a mi nuevo amor la cocina, una vez me graduara de esa “mediocre carrera”, que tan solo me había hecho detestar, lo que una vez había amado con el alma.

Y así lo hice en verano de 2007, cuando me fui a Nueva York a certificar. Mi primera profesora de yoga se había ido a enseñar a Asia y me había dejado de herencia en Medellín unas colchonetas y una decena de alumnos que estaban listos para empezar. Puse mi mini estudio de yoga en agosto de ese año, en una época difícil porque me tocaba llegar a romper el hielo, ya que no existía más yoga en la ciudad, pero me fue bien, me sentía contenta y las cosas fluían. Y yo pensaba que solo me faltaba complementar con la cocina, para ser feliz “de verdad”. Y entonces una noche me llamó mi amiga cocinera, con quien había pasado tantas horas en China planeando el menú del restaurante de los sueños. Me explicó que su mamá sería su socia, y que como yo estaba metida en yoga, ellas no me podían esperar. Y yo sabía que era verdad, que no tenía mucho que pudiera aportar en ese entonces, pero igual se me encogió la tripa, y me dormí enrosacada, triste y despechada por el que pensé era mi pasaporte al resto de mi felicidad. No sabía que me estaban salvando de perderme, de irme por las ramas a explorar. No sabía que igual podría amar la cocina, aprenderla y enseñarla cuando cada cosa estuviera en su lugar. Ese noche, en medio de mi tristeza, solo pude pensar en lo afortunada que era ella y en todo lo que yo estaba perdiendo: no sería la escritura, tampoco la cocina.

Vinieron años de mucho yoga. De más cursos y certificaciones. Llegó la socia perfecta para mi estudio. Una mujer maestra, que me preparó con más elementos para mi vida que mal que bien seguía siendo una línea recta sin demasiada dificultad. Marce me obligó a explorar, a cambiar, a abrirme más a la gente, me puso a soltar la resistencia y finalmente a confiar en su sabiduría que era de todo menos racional. En esos años me casé, tuve mi primer hijo y si era feliz. Mucho. Pero estaba muy lejos de ESA felicidad.

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Y nos certificamos en cocina crudivegana y en yoga para niños, aprendimos a hacer detox antes que nadie más acá, nos pasamos para la casa de los sueños: un ashram en la ciudad. Buscábamos y buscábamos cómo crecer, en un afán que era más altruista que ambicioso, porque no conozco una labor hecha con más amor y desinterés. En 2015, mientras esperaba mi segunda hija, dábamos clase de cocina, invitábamos profesores y nos enamorábamos de esos alumnos que nos habían acompañado por tantos años, con tanto amor, confiando en nosotros que también estábamos en pleno aprendizaje.

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Pero un día apareció la inquietud. Me tocaba la puerta y yo me hacía la boba. Y la quise interpretar de maneras distintas. Tenía un “otro yo” gritándome por dentro y yo lo quería ignorar, porque siempre he sido supremamente cómoda y mirada desde afuera, ESA ERA LA VIDA DE LOS SUEÑOS. Y no me creía merecedora de nada más.

Pero había tantos hilos sueltos.

Entonces pensé que tal vez creciendo mi yoga hacia la meditación, todo tendría más sentido. Incorporar la parte mental a ese aprendizaje físico que estaba dejando de ser suficiente. Quise ofrecer estas clases en la casa a través de otra profesora porque yo no me atrevía, pero las cosas no se dieron. Se presentaron nuevamente conflictos de intereses y esto fue muy duro para mí. Desató una cascada de sentimientos antiguos no resueltos. Fue como volverme a encontrar con ese otro día de hace diez años en el periódico El Mundo o en el teléfono con mi amiga contándome que iniciaría nuestro restaurante sin mí. Otra vez alguien me quería amarrar los pies a la tierra, no me dejaba volar. Pensé que nuevamente iban a limitarme y a hacerme detestar este otro proyecto que se asomaba ilusionado en mi vida. Cuando identifiqué la coincidencia (¡serendipity!), tuve un momento de claridad muy lindo en el que decidí no victimizarme. Ni el yoga, ni la cocina ni la escritura, serían negociables para mí, y menos bajo la disculpa de que alguien más me había frustrado.

Para empezar, decidí que me tendría que soltar de todo cuanto había construido. Soltar la gran casa de yoga, soltar las clases de cocina, soltar la socia maestra que ahora era mi amiga. Dejar de hacer todo lo que estaba haciendo para poder pensar. Simplemente, soltar.

Había hecho todo mi trabajo, sin pausa, por tantos años y nunca me había parado a ESCUCHAR.

No tenía NI IDEA para dónde iba, pero decidí empezar por lo que NO quería hacer más. Y una de esas cosas, era administrar.

Y a medida que soltaba, iba apareciendo por las noches una inspiración tan grande, que me obligaba a despertar. Me levantaba llena de historias en la cabeza, una síntesis de tantas cosas que había aprendido y que no me había atrevido a enseñar. Empezaron a llegar sensaciones muy especiales, coincidencias que me paraban los pelos de punta, y en medio de toda la incertidumbre, una inmensa sensación de paz. Sentí que estaba conectada, y que había algo a lo que me había negado, pero que me estaba atropellando de frente: la espiritualidad. Me llegó con tanta fuerza y evidencia, con tanta ilusión, que ya no la podía ignorar. Se me plantó al frente a guiarme, incluso en los meses en los que no hacía nada, porque estaba supuestamente esperando para abrir otro estudio de yoga.

Pero la vida fue sabia, y nuevamente me impidió irme por las ramas, perderme y volver a repetir una lección que ya estaba más que aprendida. El nuevo edificio empezó a tardarse en entregar, y esta vez, en vez de buscar tozudamente otro lugar, hice la pausa y entendí: no es por aquí.

Todas las historias latentes de mi vida empezaron a acosarme.

“Escribe, escribe de lo que sabes, sobre todo, escribe de los que sientes”.

“Haz yoga, no dejes esa herramienta que te ha enseñado más de ti que nada y nadie más”.

“Ten contacto con la gente, enseña, tus alumnos son tus mejores maestros, esos jefes implacables, que no dan espera y que te obligan a aprender más y más.”

“Dedica tiempo a tus hijos. No los delegues al mundo, que luego los vas a extrañar. Ellos serán tus mejores maestros de amor incondicional. Y sin eso, hay algo que siempre te va a faltar.”

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“Lee, aprende. Métete a clases y a talleres, aprender te recuerda de todo lo que NO sabes y así te regala humildad”.

“Y muévete con precaución, nada de decisiones apresuradas o de situaciones forzadas. Menos ataduras, más libertad te harán trabajar aún con más compromiso, pasión y paz. Sobre todo paz. No puedes enseñar nada que no eres.”

Mi último año ha sido un llamado a la coherencia. A evaluar en mi propia vida todo lo que he enseñado. A enseñar a mis hijos todo lo que he soñado. Y a romper la última y más dura de las ataduras, la del “que dirán”, la de la niña correcta del colegio, la de la yogi que era pura bondad. Esa manía de complacer sin límites y a menudo a mi pesar. Aún estoy en ese trabajo de entender que puedo ser buena, pero tener carácter. Que puedo tener una contrariedad con alguien sin que eso me quite valía o me convierta en ese personaje difícil que fui muchos años atrás.

Salir al mundo con mi nuevo proyecto en febrero de 2017, fue como salir del closet, con igual dosis de ilusión y de miedo. Salir fue exponerme demasiado, mostrarme vulnerable. Pero eran tantas las ganas, tanta la ilusión, tan inmensa la certeza, que no me importó. Entendí que podría escribir con la seguridad de la experiencia acumulada en esos años, con la tranquilidad de estar reconciliada con mi ser interior. Entendí que podría hacer yoga, enseñar yoga y al tiempo ofrecer esa recién descubierta espiritualidad que me había dado tanto. Entendí que todas mis facetas y pasiones de la vida no solo no reñían, sino que se complementaban a la perfección.

Cuando empecé no tenía seguridad de nada, pero poco a poco fueron apareciendo las ideas y pude diseñar un taller que me llena 100% el corazón. Aquí no hay medias felicidades, ni puntos pendientes, mientras los hago, los diseño, los presento y los enseño, no me importa si pasa o no el tiempo en el reloj.

Y aunque sé que falta mucho por caminar y por aprender y ha habido algunos obstáculos y pruebas menores, agradezco y vivo mi presente como nunca antes.

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Esta historia es solo mía, tan única como mi huella dactilar. Así caminaras sobre mis pasos, no podrías vivir lo mismo, y eso es lo más hermoso que entenderás. Porque en el instante mismo en el que uno SE DESCUBRE único, deja de tener miedo: miedo a no ser capaz, a la competencia, a perder el impulso. Entiende que eso es imposible. Que eso no va a pasar. Tal vez habrá épocas de más entusiasmo y muchas personas que se inspiren en ti, pero lo que tu haces, unido a tus talentos, a tu vocación y a tu recorrido en esta vida, es absolutamente único y profundamente encantador.

Cuando conectas con tu misión de vida, el esfuerzo para aprender y trabajar se hace con gusto y amor, el tiempo se extiende las horas que sean necesarias, aunque eso implique sacrificar otras cosas menos importantes. Tu vocación es tu vida misma, no es un trabajo que se haga con horario y precisión. De cualquier situación sale una buena idea, y la ilusión nace, como un enamoramiento permanente a confirmarte a menudo: “para esto nací yo”

 

Un comentario en “Conectar con la misión

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