Un premio mayor

 

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En la familia de mi papá se cuenta una historia increíble de mi abuelo Gabriel, quien compraba la lotería sagradamente cada semana. Un día llegó el lotero a vendérsela como de costumbre, pero en vez de él, le abrió la puerta su hermano Juan. El hermano de mi abuelo compró ese billete por “pesar, obligación o costumbre” con tan buena suerte que se la ganó.

Son historias que poca gente podría contar.

A veces parece como si los escenarios se arreglaran para vivir las historias perfectas. Y para las tristes también, porque esas también toca contarlas.

Mi escenario fue alrededor de la celebración de las velitas. Una de las más lindas que recuerdo en toda mi vida. La familia reunida, todo en calma, una copa de vino, un clima muy rico para ser Rionegro. Los niños disfrutaron más que nunca y la alegría del inicio de la navidad y la llegada de las vacaciones ya se había instalado en el ambiente. Para coronar tanta dicha, era puente con viernes festivo, así que al día siguiente organizamos salida a cine a ver Coco, la nueva película de Disney, y como todo en mi familia es en barra, terminamos yendo 16.

Coco fue una película muy especial. Emotiva y hermosa, pero también conmovedora hasta las lágrimas (ruidosas, nada disimuladas) “aún después de que habían prendido la luz.”

Terminamos todos comiendo juntos. Demasiada perfección.

Hace días venía yo pensando que la vida estaba rica, que llevaba un buen tiempo muy estable como para ser verdad.

El 9 de diciembre jugué tenis y antes de regresarme a la finca, paré a sacar plata y a recoger en el parqueadero muchas frutas de los eugenios, a pesar de que sabía que mi mamá me estaba esperando, porque necesitaba el carro. Me llamó por segunda vez a recordármelo, así que salí. Eran casi las 11 am. Cuando ya iba entrando por la carretera destapada miré el reloj y pensé: “si, voy a llegarle a tiempo”.

Pero todos los planes cambian, en un segundo cualquiera.

Al llegar vi a mi papá muy pálido, su hablar era enredado. Estaba maluco, mareado y no se podía parar.

11:11 mami, ven que el papá se puso mal. Ay ángeles del cielo, si se me llegó la hora de vivirlo yo voy a poder con esto. Yo sé que si.

Billetera, celular, vámonos ya para la clínica.

El puente de velitas no es un buen momento para enfermarse. A él lo recibieron en la primera clínica como si viniera a consultar por una picadura de mosquito. Por dentro ya sabíamos que no era nada sencillo. Pero allá “los que saben”, no supieron verlo.

1:11 no ha pasado mucho. ¿Será que me puedo ir a bañar? Tengo la falda de tenis toda manchada de rosado por las frutas que me estaba comiendo. Estoy sudada y suspendida en el tiempo. ¿Qué va a pasar? ¿Cómo empieza uno a aplicar en la vida real lo que ha venido enseñando? ¿Calma?? Aceptación? ¿Desprendimiento?

De ese día recuerdo haber estado muy presente. No había lugar para la distracción. Cada segundo lo viví en realidad aumentada, como Coco, 3D y alta definición, sentía físicamente que se me clavaba en el estómago el dolor de saber que uno de los pilares fundamentales de mi vida estaba fallando. Pero no me desequilibré ni por un segundo.

4 PM. Si no lo van a atender y a hacerle los exámenes pertinentes, nos lo llevamos. Nosotros sabemos que mi papá no es un viejito incapacitado, sino un hombre activo, deportista, trabajador. Tal vez en esa clínica no supieron verlo.

¿No hay ambulancias? Nos lo llevamos bajo nuestro propio riesgo.

Ahí vamos en caravana, todos juntos, soportando e tráfico de Medellín en medio de un puente decembrino, sin la sirena de una ambulancia para pedir paso y con el corazón como caballo de paso fino y la incertidumbre entrepiernándose en las entrañas.

8 PM por hoy eso es todo. No hay mas respuestas que puedan darnos. Mañana será otro día. ¿Será? Agradecemos que está despierto y consciente. Mi mamá se va a quedar con él. Regresamos mis hermanos y yo con la película más rara del mundo dando vueltas en la cabeza. Qué fuerte lo que acabamos de vivir! Y qué frágil la vida!

Mi papá pasó una semana en la clínica. El diagnóstico fueron dos infartos cerebrales puestos “estratégicamente” en dos lugares del cerebro cuya recuperación puede ser muy buena. Mientras yo daba mis últimas clases de yoga del año y enseñaba el taller de El Ser Completo, mi papá iba recuperando un poco de su autonomía, hasta que finalmente pudo ponerse en pie con ayuda del caminador.

Calma- aceptación- en el presente todo está bien, no hay que irse con la imaginación a ninguna otra parte. Vívelo. No es solo una teoría hermosa. Es la manera de entender la vida.

Está flaco, habla raro, y en su cara, que está siempre siempre en paz, ahora asoma una emoción diferente-. ¿Miedo? ¿Angustia? O ¿una secuela del episodio? En él, que jamás ha perdido la paciencia, mucho menos la compostura al frente nuestro, será imposible averiguarlo.

Pasamos una navidad diferente. ¡Para qué regalos en el árbol! A pesar de que este año, más que nunca, los regalos desbordaban, esta vez la navidad fue para agradecer. Por estar juntos, por el aprendizaje, por un año más de vida, por los niños que nos alegran y nos sacan de cualquier atisbo de nostalgia y queja. Agradecer porque estos “sacudones” nos recuerdan quiénes son los amigos y los amores de verdad y nos hacen ver con agudeza y entereza que hay equipaje inútil que toca soltar con decisión, para optimizar el viaje cuando la montaña se pone escarpada.

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Mi papá compra el baloto cada semana sagradamente. Seguro tiene en su mente esperanzada la historia de la buena suerte de su tío Juan. Mi papá es de una época en la que pensaban que la buena suerte solo venía empaquetada con una buena esposa, entre una chequera, un trabajo estable y una casa propia, pero nosotros sabemos que ya esta familia se ganó con él, un premio mucho mucho mayor.

Esta es la lotería de la vida. No muchos se la ganan.

No sé cuantos puedan contarlo.

 

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