Cuando los regalos y la navidad estaban llenos de alma.

Eran personas que amaban mucho, pero amaban de manera diferente. Amaban sin decir “Te amo” y también sin abrazar ni besar. Pero ellos cocinaban y amaban, tejían y amaban y abrían las puertas de su casa para hacer reuniones en las que estaba puesto todo su corazón, y ahí sin más, nos enseñaron qué era el verdadero amor.

En mi familia había regalos inolvidables, que olían y sabían a las manos de mi gente. Mis abuelas hacían con sus manos lo que nos iban a regalar. Aunque como buenas abuelas, también sabían mantenernos malcriados y contentos y nos compraban además un juguete o un regalo “material”.

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Mi abuela Silvia tejía todo el año con esas agujas largas. Las mantenía metidas en una cartera grande, con varias lanas de colores. Yo siempre quise aprender a hacerlo, pero solo lograba armar enredos, que ella después organizaba sin regañar. En su mesita redonda de piedra gris, mantenía un proyecto iniciado. Nos hacía unos suéteres y unos chalecos impresionantes y aunque la lana con la que los hacía, picaba horriblemente, eran tan hermosos que nos los aguantábamos.

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Mi abuela Cecilia, por su lado, trabajaba en la máquina de coser que tenía en el segundo piso de la casa. Allá también tenía telas y retazos y moldes que eran muy seductores para nuestros juegos infantiles. Llegando diciembre, nos hacía disfraces de ángeles para que cantáramos en la novena y para el árbol nos empacaba pijamas y levantadoras con telas que nosotros mismos escogíamos. Cuando los adultos se descuidaban, los primos nos íbamos para el segundo piso a esculcar entre las telas, los hilos y los botones. El olor de los cajones y las puertas de pino viejo, amarillo y pesado, está tan presente todavía, como si esa casa no hubiera desaparecido hace más de 10 años, para cargar sobre sus memorias un edificio más.

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Y es que hablando del arte y la generosidad de mis abuelos, creo que apagué pocas velitas de cumpleaños que no estuvieran enterradas sobre una torta hecha por ellos y cuando me casé, mi abuela Silvia me bordó unas sábanas hermosas. Además me hizo 200 mini tortas de novia, porque me empeñé en que esa obra de arte que ella hacía, y por la que mis amigas y yo nos podíamos morir, estuviera en una cajita sobre el plato de cada invitado. Siempre que llegaba a su casa o averiguaba por el “trabajito” que le había encargado, me decía que iba super bien, pero al final me confesó que había sido tan duro que no volvería a hacerlo por ninguna nieta. En todo caso, no le tocó. El mío fue el último matrimonio al que pudo ir antes de morirse.

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Mi abuelo paterno era cocinero. Demasiado moderno para su época, su lugar estrella era la cocina. Para la fiesta de la familia, que era por tradición el 25 de diciembre, envinaba las frutas con tiempo y compraba exageración de nueces. Yo aprendí a amar esa torta con los años, cuando ya no era hecha por él sino por mi papá y los tíos que heredaron el gusto por la cocina. Aún hoy nos reunimos varios de la familia a preparar la torta de frutas para el 25 de diciembre.

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Después de rezar la novena y de pasar delicioso con los primos, los “grandes” nos anunciaban que íbamos a ir a ver los alumbrados. Quise ponerle un año a todos estos recuerdos y me fue muy difícil, pero un referente mental me ayudó a enlazar que estaba yo tan pero tan chiquita, que en una de nuestras celebraciones navideñas cuando decían que nos arregláramos rápido porque íbamos para “La Playa”, yo me emocionaba pensando que íbamos para Balsillas, aunque no entendiera porqué nos íbamos en esa fecha, con esa pinta y sin equipaje. ¡Imaginen el tamaño de mi decepción cuando llegábamos al centro de Medellín!

Este año, especialmente ya con hijos que reciben volquetadas de regalos, me agarró la angustia y la pensadera, de qué íbamos a hacer para enseñarles que “no necesitan tanto”, “que la felicidad está adentro” y que hay que querer a la gente por lo que es y no “por interés”, si estamos haciendo todo lo contrario. Si la celebración de la navidad se está saliendo de todo contexto y empieza a rallar con la locura comercial, cómo volvemos a ponerle el amor y el significado que tenía para nosotros. Yo adoraba recibir regalos, claro, pero había algo tan mágico y único en el ambiente, que aún hoy, mantengo mucha ilusión y cariño por esta época.

Como aún no tengo todas las soluciones a la mano, empecé por escribir recuerdos sueltos de esa niñez en la que recibí mucho más amor que regalos, por muchos que éstos últimos fuera, además opté por comprar de manera más consciente los regalos de este año y cociné con ayuda de mis hijos para regalar un detalle a muchas de las personas que queremos.

Por aquí les dejo una de las recetas elegidas de este año:

Mi versión de Panforte- o un pegote con muchas especias y sabor navideño.

Ingredientes:

  • 3 tazas de almendras, cortadas en pedazos grandes.
  • 1 y ¾ de tazas de avellanas, nueces del Nogal o del Brasil, cortados en pedazos grandes.
  • 1 taza de albaricoques deshidratados, cortados en pedazos.
  • 1 taza de dátiles en pedazos
  • 1 taza de harina de garbanzos
  • ½ taza de harina de arroz integral
  • 2 cdas de canela de buena calidad en polvo
  • 2 cdas de cacao puro en polvo
  • 1 pizca de sal
  • ½ cdita de nuez moscada recién rallada.
  • ½ cdita de clavos recién molidos
  • Una pizca de pimienta recién molida
  • 1 y ¾ de tazas de azúcar de coco o panela en polvo
  • 1 y ¾ de tazas de miel de abejas o agave
  • 4 cdas de aceite de coco

Opcional: 1 taza de cáscaras de naranja confitadas.

Opcional: hacer los panforte sobre obleas redondas

Preparación:

  • Precalienta el horno a 350 y escoge una bandeja plana donde quepan las obleas (si lo vas a hacer sobre éstas). Si no vas a usar obleas, la mejor opción son los Silpat, que son láminas de silicona en las que las galletas no se pegan.
  • Unir en un bowl grande las nueces y los frutos secos.
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  • En otro bowl mezclar las harinas, el cacao y todas las especias.
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  • Unir las dos mezclas anteriores y revolver muy bien para que las especias queden muy bien repartidas.
  • En una olla a fuego medio revolver la miel (o agave) con el azúcar de coco (o panela) y el aceite de coco. Dejar hervir revolviendo constantemente hasta que la mezcla se reduzca un poco. Esto es lo que hará que las galletas queden pegotudas.
  • Añadir la mezcla de la miel a todos los demás ingredientes y revolver hasta que todo esté incorporado.
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  • Poner en pequeñas galletas sobre el Silpat (deja buen espacio porque las galletas se expanden) o sobre 6 obleas (escoge unas muy blancas porque se van a dorar).
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  • Hornear por 20 minutos aproximadamente hasta que los borden se vean un poco dorados y el centro esté burbujeando pero no esté líquido.
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  • Para regalar es hermoso envolverlos en papel mantequilla y cerrar con una cinta navideña!!! O como nosotros que compramos platos hermosos y los llenamos de galletas y luego empacamos en papel celofán.

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