Yo también

Yo también desde muy chiquita aprendí a tener miedo a los hombres. Cuando me explicaron qué era una violación, aprendí también a desconfiar de cualquier comentario o insinuación que intentara pasar la raya. Yo estaba muy chiquita para saber tantas cosas, pero por el país en el que nacimos, tocaba saberlo. Lo que uno no sabe es todo lo que procesa el cerebro de una niña con una información tan cruda.

Yo también fui vulnerable. Estaba muy chiquita, pero seguramente fue después de ese día, cuyos detalles ignoro, pero cuyas escenas se quedan. Sé que era lo suficientemente “grande” para poder salir sola a dar un paseo en nuestra unidad cerrada y vigilada las 24 horas. Pero lo suficientemente inocente para caer.

Uno de mis “amiguitos” de infancia me mandó llamar por el citófono para que lo visitara en su casa.

Llegué sola.

Mi amigo no estaba.

En cambio si estaba su hermano mayor. ¿La edad? No sé. Mayor, mucho mayor que yo, eso si. Seguramente era adolescente.

Me acuerdo de un sofá en la sala y de él manoseándome. Sé que no se sentía bien y que yo le preguntaba dónde estaba mi amigo.

Sé que respondía, “tranquila”.

Creo recordar a alguien llamándolo de un piso de arriba.

No sé cómo salí de allí.

Otro día estábamos en el parque.

Yo tenía una falda de jean con rayas blancas.

Esta misma persona llegó al parque.

“Te queda muy linda esa falda”, eso dijo.

Nunca más dejé que se me acercara esa persona.

Puedo jurar que no tenía ni 10 años.

Muy poco tiempo después me preguntó un jardinero de alguien conocido que si yo tenía novio. Ese día, quien nos paseaba en carreta, nos invitaba a sembrar matas y a caminar por el bosque con botas machitas, para mi quedó vetado.

Yo también me convertí en una dura para parar cualquier tipo de insinuación y acercamiento. Me juré que nadie podría jamás lastimarme.

Aunque estaba muy chiquita para eso.

Yo también me sentí lastimada cuando un extraño en la calle sintió que tenía acceso libre a mi cuerpo. Fue muchos años después en un paseo en TukTuk en Rajastán, India, cuando a un tipo le dio por agarrarme el busto. Así no más, mientras andábamos en el carrito a mínima velocidad, le pareció, que aún estando con una amiga, a él no le pasaría nada por probar un segundo de gloria. Y así fue. No le pasó nada. Yo me lo tomé con ira, le grité, en español, mientras él se alejaba muerto de la risa. Después escribí en un diario que compartía con mi familia y amigos y les conté lo que me había pasado. Le di la vuelta a la página y lo convertí en una anécdota más de mi vida.

Yo también lloré de ira, rabia y humillación. Unos 10 años después, un 24 de diciembre en el que salí a montar en bicicleta a plena luz del día. Me acuerdo que sentí cómo una moto se me acercaba y empezaba a seguirme muy de cerca, y supe que quería hacerme algo. Había miles de carros alrededor, y eso me tranquilizaba… Entonces sentí que se adelantó y se me hizo al lado. Entre el brazo que estaba apoyado en el manubrio, y la pierna en movimiento me metió hábilmente la mano para agarrarme el busto con fuerza. En el contraste de mi velocidad y la suya, me tumbó al suelo en medio de una vía principal. Se alejó en su moto azul, dejándome tirada sin que nadie se ofreciera a ayudarme. Yo estaba a más de una hora de la finca, regresé llorando, raspada y adolorida en las piernas y en el alma, con la dignidad hecha pedazos, y esta vez entendí que debía cuidarme MÁS.

Yo también me inventé mil maneras para que me respetaran. Yo salía a hacer ejercicio con el celular guardado entre la ropa, con un suéter amarrado en la cintura, me iba con pantalón largo y camisa suelta. Me ponía una gorra para sentirme más escondida. Jamás oía música, para estar pendiente. Salía solo de día, y en lo posible, acompañada.

Las pocas veces que salía sola, me llenaban de “piropos”. Piropos que no lo son. Puro acoso, para llamarlo como es. Un día un trabajador me gritó “Qué bueno mojarle ese culito”- el mismo que llevaba escondido en un suéter largo. El mecanismo de defensa se enciende y la adrenalina se estalla. Uno arranca a lo que le dan las piernas, aunque el corazón se le salga.

Y después, bueno, después me convertí en mamá. Primero de un niño del que he jurado que no permitiré que sea un patán con las mujeres.

Y después de una niña, pedacito de ángel del cielo, a la que no quiero que nunca le pase nada. Uno cree que puede acompañarla y si es preciso vigilarla para siempre. Pero, ¿si ven como estamos de vulnerables? Para que exista violencia sexual, abuso o acoso, no hay que irse muy lejos, ni caminar por calles oscuras y despobladas. Lo peor puede pasar en la casa, o en la casa del frente. No hay hueco donde podamos protegernos, si la mentalidad no cambia.

Yo también deseé tener a un hombre al lado para que me protegiera. Yo me acuerdo de la necesidad de estar en una relación para sentirme “protegida” y “cuidada”, la necesidad de ese letrero que les dijera a todos los demás hombres que yo estaba “ocupada”. La tranquilidad que me daba salir a la calle con un hombre, porque sabía que los otros iban a tener hasta pena de mirarme. Solo nosotras sabemos lo distintas de esas miradas cuando estamos solas, o tan solo con una amiga al lado.

Es que cuando yo salía a trotar en Rionegro tenía un par de hombres distintos que se sabían mis horarios. Uno era un viejito como de mil años. Pasaba en su carro y se daba la vuelta y volvía a pasar, se asomaba por la ventanilla con esa cara de depravado, y se iba lentito a mi lado hablándome, así desde atrás le pitaran. Yo me hacía la boba, pero no bajaba la mirada. Seguía mi paso y rezaba. El otro me decía “mi trotamundos”, solo le faltó llegar en avión. Un día iba a caballo, al siguiente en carro y al que seguía en moto. Hasta terminó yendo a mis clases a pesar de que yo no le dirigía la palabra. Para mi felicidad por cansancio o por coincidencia, no regresó desde que me casé.

Yo también construí una muralla para protegerme. La vida me enseñó y yo aprendí. Soy absolutamente cordial y cariñosa, pero le tengo miedo a la coquetería. Sé que sufrir de acoso no debería depender de la ropa, pero es así. A mi lejos de alegrarme, las miradas de “hambre” (literal) de los hombres me intimidan, por eso cuido mucho de mi ropa, y de los lugares por donde camino. Soy además como una loba en celo cuidando de mis hijos. Solamente uso ayuda de gente de absoluta confianza para cambiarlos y bañarlos. Qué dolor que este mundo esté tan lleno de locos, qué pesar tener la mente tan entrenada, quisiera que no fuera así, pero no puedo exponerlos.

Yo también pensaba que esto solo le pasaba a otros. Ayer leía en los muros de MUCHAS mujeres y hasta algunos hombres, el Yo también, como una protesta ante un escándalo enorme de violación y abuso en Estados Unidos. Estamos tan entrenados para “olvidar” y creer que no vale la pena, que pensé “pobrecitos ellos”, “A mi no me ha pasado”. Pero hoy me fui a hacer ejercicio muy temprano y mis piernas pedalearon solas entre la rabia y el desahogo que trae desenterrar recuerdos. Una vez más las palabras me acosaron y me obligaron a escribirlas. Seguramente había encerrado todo esto en un rincón de mi consciencia, para no victimizarme. Decidí que esto no determinaría mi salud mental, mi felicidad ni mi vida. Pero estoy feliz de soltarlo y de compartirlo. Porque desde las palabras socialmente aceptadas que todos oímos en nuestros círculos sociales: “todo el mundo se ha comida a esa vieja”, hasta estas escenas enfermizas que he vivido, tienen que parar.

Yo también estoy liberada.

 

2 comentarios en “Yo también

  1. Mujer fuerte y valiente,para contarlo, pero sobre todo para aceptarlo como parte de tu vida. Creo que debemos educar a los ñiños a respetar apor el hecho de ser mujer y a las niñas a hablar, generar confianza entre madre e hija, para que se sienta libre de contarte cualquier cosa que le pueda ocurrir, y como padres ser cocientes de que podemos hacer o cambiar para que esto no ocurra y que medidas tomaríamos en que caso de que ocurriera, creo jamas descartar la posibilidad de que sin importar el estatus social, estamos expuestos a que ocurra. Gracias por compartir tu vivencias

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