Sobre el afán de crecer, y mi amor por recordar.

“La infancia es la mejor época de la vida”, eso me decían, y yo en cambio, siempre quise ser grande”. Creo que quienes educan están en parte, sacando espinas y exorcizando dolores de sus propios pasados. Yo quiero algo distinto para mis hijos. Mis espinas me las saco yo, para ellos quiero, libertad, valores, consciencia y amor.

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En esos días también llovía puntual a las 3 PM. Eran días de calor intenso que aguantábamos con suéter por un complejo tonto de adolescentes. El aguacero refrescaba tanto sofoco y celebraba con nosotros el fin de la extenuante jornada escolar. Recuerdo que salíamos como pájaros de una jaula que se ha abierto, a disfrutar de las horas de ocio y libertad.

Me acuerdo cuántos veces recorrí mentalmente los corredores de primaria y bachillerato, haciendo cuenta de los años que me faltaban para graduarme. Yo creía que era feliz en el colegio, pues igual no tenía con qué comparar el significado de felicidad. Al menos era normativa, buena estudiante y obediente, si es que eso puede considerarse una cualidad. El hecho es que durante esos años me gocé las amigas, las salidas y una que otra clase, pero siempre había una inquietud y un deseo secreto: ¿Esto cuándo se va a acabar?

Sé que los días comunes de colegio, no harán una buena historia, como si las travesuras, los malos ratos y los “traumas” que quedan. Yo voy a compartir historias que me refuerzan la idea de que la educación tradicional, se debería replantear.

Cuando estaba en primero, o sea con 7 años, estando en clase de Español, mandé una carta a una amiga que decía “Terminas de ser rata y te vuelves mi maraca”. No me acuerdo quién nos denunció con la profesora a quien tenía en mi mejor concepto de amor y admiración. Esa mujer que era menudita y muy próxima a nuestra estatura, ese día se puso roja, furiosa y nos mandó a mi amiga y a mi por un boletín de disciplina no sin antes leer la carta en público. Yo lloré desconsoladamente pidiendo una oportunidad. Un boletín era lo más grave que podía pasar a esa edad. ¿Cómo iba a decirles a mis papás? Encima, siempre contaba la leyenda, que con 9 boletines lo expulsaban a uno del colegio. Estaba privada, llena de pavor. El boletín tocaba doblarlo con cuidado y mantenerlo limpio. Hacerlo firmar por papá y mamá y luego devolverlo al colegio en los próximos días. Cuando una alumna ajustaba 3 boletines de disciplina o 4 de orden, quedaba suspendida por un día completo, en el que debía hacer todo aislada, en la Coordinación. Me acuerdo que mi mamá puso cara de seria. A mi papá le pareció una bobada. Eso sin embargo no me alivió. Un boletín para mí era como un tatuaje en la cara, sobre todo porque desde muy chiquita siempre buscaba ser “la mejor”, y esto era una falla.

Solo por seguir la historia de los boletines, un par de años después, yo de muy nerd me quedaba después de las 3 PM en club de inglés. Un día cocinamos mazapanes y nos fuimos muy felices y tranquilas para la casa al terminar. Al llegar al colegio el día siguiente nos mandó a llamar la psicóloga. Ella quería saber porqué creíamos que nos había llamado, yo me alcancé a entusiasmar pensando que había hecho algo muy bueno. Pero no. Indignada, rasgándose las vestiduras, ella empezó a regañarnos porque no habíamos lavado los platos y habíamos dejado todo en desorden en el club de inglés después de cocinar. Yo le supliqué perdón, pero ella seguía en la misma tónica. Nos preguntaba qué castigo creíamos que nos merecíamos y yo solo le pedía otra oportunidad. Ella sentenció entonces que nos mandaría boletín de disciplina (que siempre era más grave), pero creo que ese día fui tan insistente y mamona como solo yo sabía serlo, y logré que lo cambiara por boletín de orden. Por supuesto eso no representaba ningún consuelo.

Si supieran el rencor que siembran en el corazón de una niña que a sus 10 años jamás había lavado un plato en su casa. Por amor o por comodidad mis papás que trabajaron de sol a sol toda la vida, tenían una empleada en la casa que nos hacía todo y además la cocina no era un lugar que frecuentamos, es más, nos era medio vetado. Siempre pensé que una cosa era que la profesora nos hubiera pedido lavar, y nos hubiéramos escapado sin hacerlo… Otra muy distinta, es que ella siendo canadiense, supusiera que nosotras sabíamos que debíamos lavar. Una barrera cultural, decidió esa vez que nos habíamos “portado mal”. Nuevamente nos marcaban con una falla.

A pesar de esas fallas, yo crecí muy pegada del libreto. Casi siempre sacaba buenas notas, diplomas y medallas de excelencia. Era super complaciente y muy necesitada de aprobación. Después de hacer la Primera Comunión iba a confesarme cada que el colegio lo sugería. Mis pecados siempre eran pelear con mis hermanos y decir mentiras, y el padre que era un viejito muy tierno, todas las veces me mandaba la misma penitencia: un padre nuestro y un Ave María.

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Ya adolescente me cambiaron las prioridades y horarios y, aún siendo buena estudiante, dediqué la mayoría de mi tiempo e interés a otras cosas. Mi mundo era mil veces más amplio y el colegio era solo una ocupación más. El colegio implementó entonces la Sociedad de Honor, para las niñas “modelo”, y en un acto cívico, las anunció. Cuando no me eligieron mi mamá se puso triste y yo me alcancé a molestar. Estábamos acostumbrados a que me reconocieron mis logros continuamente y esta vez fue diferente. Me acuerdo que le dije que para mi era mejor. Que yo había entendido que el colegio no era todo en la vida, que a mi modo de ver lo que les gustaba eran niñas calladas y sumisas, cuya vida era principalmente estudiar y que yo definitivamente me había alzado demasiado la bata para el modelo Marymount. Por esa época las llamadas al cuarto rosado a hablar con la rectora se habían incrementado. “Que habían visto a una niña en uniforme sentada en las piernas del novio no sé dónde” (no en el colegio, obviamente) y todas esas mujeres allá se pegaban una alborotada. Si supieran lo que pasaba si supieran lo que vivíamos de verdad. Por andar apagando fogatas de masmelos, olvidaron el gran incendio. Y fue un día en que nos llamaron a todas las de bachillerato al auditorio y la rectora con cara de terror, reveló en público a más de 500 alumnas, que una niña del colegio, con solo 14 años estaba en embarazo. Uno veía el embarazo adolescente como una maldición  social. Ojalá alguien nos hubiera explicado el compromiso tan teso que son los hijos. Pero con esa penitencia social, no sé cómo esa niña cuyo nombre y apellido recuerdo perfectamente, siguió yendo a estudiar. De verdad qué dolor para su honra ese juicio público. Lo mismo que el de otra a la que años más atrás graduaron sin toga porque estaba embarazada.

No siendo todo malo, ni difícil, el colegio fue el lugar donde conocí a mis mejores amigas, donde crecí y aprendí a socializar. Con ellas hablábamos sin parar toda la semana y rematábamos juntándonos viernes y fines de semana. En el colegio amé escribir, y aprender, adoré y admiré a varias profesoras. Un lugar donde aprendí desde deporte hasta cultura general. Me encantó la experiencia pero no volvería a nacer para no repetirla. Porque es que yo me disfracé de paloma santa toda la vida y cuando por fin me soltaron, sentí una libertad tal, una felicidad tal, una “des-identificación” tal, que no quise regresar jamás. Creo que estudié Comunicación Social, aparte de mi amor por la letras, por rebeldía contra las expectativas que me daban de ingeniera o algo “más”. Y para acabar de ajustar terminé siendo profesora de yoga. Si el colegio repartiera herencia, a mi me hubieran desheredado.

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El salto a la universidad es casi al vacío. ¿Cómo salir de ese semi internado de 14 o más años a decidir qué nos gusta hacer, SER, para el resto de la vida? ¿Cómo enfrentar tanta vigilancia en el colegio, para pasar a tanta libertad en la universidad? ¿Pasar de que a uno lo obligan a todo, a una clase en la que el profesor no nota si estás? ¿A un horario e intensidad académica que uno mismo escoge? ¿A una matrícula que paga el alumno casi siempre sin que los papás se enteren exactamente lo que está pagando?

No tengo la valentía ni la paciencia para hacer educación en casa. Fuera de que no estoy interesada en repetir el colegio y soy defensora absoluta de la socialización.

Pero si sueño alguna vez en la vida sacar a mis hijos del colegio por 6 meses, para irnos a aprender juntos lejos del papel, al mundo de verdad. Quiero que ellos LO vivan, Y ENTIENDAN de dónde viene la comida que se comen, dónde es verdaderamente rico y salvaje el mar. Que conozcan animales en su hábitat, personas felices que no necesitan más, que vivan la diversidad de este mundo en cultura y religión. Y también sueño con que su experiencia escolar sea diferente a la mía. No quiero que su vida se base en prohibiciones sin sentido llenas de NO. “NO te amarres el suéter en la cintura, NO comas chicle, NO te bajes las medias, NO dejes el cuaderno sobre el pupitre, NO dejes espacios en blanco en el cuaderno, NO escribas en letra despegada”. Tanta “carpintería”, que le resta espacio a lo que importa de verdad: a la vida en sociedad, el respeto por el otro, la compasión, el aprender a hablar en público, aprender a negociar, leer y comprender, ser ecológicos, trabajar en equipo, emprender un negocio, aprender geopolítica, idiomas, aprender a gestionar sus emociones, aprender a expresar. Actuar por convicción y no por miedo, cuidar el dinero, ahorrar. Aprender a estar en silencio y a meditar, aprender a alimentarse, a cocinar. Es que el mundo que les toca a ellos es diferente al nuestro. Nuestras reglas ya no aplican igual, nuestros miedos, no son los suyos, nuestros límites no los van a limitar. Sé que hay valores que trascienden el tiempo, y las circunstancias, pero estoy convencida que éstos se aprenden del ejemplo y de la convivencia, mucho más que del miedo y la prohibición. 

Dicen que ser mamá es la oportunidad de vivir por segunda vez. Y cuando esa valiosa oportunidad existe, es natural que no queremos cometer los mismos errores que nosotros cometimos. Aunque no soy de la onda de “ahorrarles sufrimientos” ni mucho menos de que “tengan lo que yo nunca tuve”, tampoco quiero que paguen, como si de una venganza se tratara, las mismas vivencias de una educación obsoleta, que para mi gusto, está mandada a recoger.

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Desde que nacieron mis hijos, el tema de colegios (más complicado que el de religiones), ha vuelto a ser parte central de muchas de las conversaciones con mis amigas, que entre todas ya sumamos 14 gallinas y 22 pollos en total.

Jamás quisiera que el colegio donde ellos vayan haya sido escogido bajo el criterio de lo que está de “moda”, cuando en realidad en nuestra familia pesan muchos factores más. Por eso, me he puesto en la tarea de invocar con la mayor precisión y el menor sentimentalismo posible, mi vida escolar, desde la guardería, hasta que ya era “toda una profesional”, y se suponía que debía saber para dónde iba en la vida.

He aprovechado este muy interesante ejercicio de recordar para elegir lo que considero mejor para ellos, para decantar memorias selectivas y sobre todo para entender porqué, después de 15 años de haber salido del colegio, jurando que lo había amado, hoy no me provoca regresar. ¿Qué hay en esa época, tan supuestamente mágica, “la mejor de la vida”, nos repetía mi abuelita, para que yo la recuerde sin entusiasmo? ¿Con un poco de burla? ¿Con pereza total?

Mi crítica no será pues a MI colegio, sino al sistema en general, teniendo en cuenta que nos graduamos cuando mucho a los 18 años, para tomar la decisión MÁS importante de la vida, el norte profesional, sin tener idea de qué queremos, sin estar preparados para afrontarlo, y a veces peor, sin tener las bases más allá del interés económico del mundo laboral, para entender que esa elección marcará el resto de nuestra existencia.

Mi crítica será también a la universidad en la que tantas veces los profesores cancelan clase sin avisar. En la que tantas veces se les nota la “jartera” y la absoluta falta de pasión por enseñar. Una universidad en la que aún se dan clases como hace 100 años, clases donde un profesor se para a hablar por hora y media a las 6 de la mañana. Eso es un SOMNÍFERO. Universidades que gradúan alumnos que a los 23 años, que prácticamente no saben escribir ni redactar.

Universidades que no nos enseñan a creer en nosotros, a desarrollar proyectos, a dar una conferencia, a leer como locos, a investigar. Universidades que aún tienen el descaro de cobrar “rellenos”, que valen tanto como una materia seria. Yo por ejemplo estudié por 6 meses una materia que se llama CRISTOLOGÍA!!! Como un chiste, de verdad.

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Me acuerdo de los días finales de 11. La sensación agridulce de acabar los 14 años de colegio, de dejar el “pegote diario” con las amigas de toda la vida, de saber que había compañeras a las que no volvería a ver. La felicidad de “haberlo logrado”, la incertidumbre y la ilusión de toda la vida por delante. Me acuerdo con gratitud, sin resentimiento, me acuerdo con cariño, pero también con objetividad y sin los visos románticos que dan los años y la distancia. Me acuerdo con tranquilidad porque además me gusta, con mis batallas y todo, la persona que soy hoy. Pero entiendo, con claridad y sin miedo, que puedo ofrecer a mis hijos algo más real, más práctico, más libre. Quiero confiar en mi tiempo de mamá, que sumado a en una educación escolar que los empodere, será base y herramienta suficiente para que ellos descubran y regalen al mundo sus talentos, su misión y su verdad.

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