Ser distinto

Tomás es llevado de su parecer. Es constructor profesional de lego y explorador de la naturaleza. Come con muchísimo apetito, habla y llora ronco desde su nacimiento. Es impetuoso para mostrar sus sentimientos. Es muy sensible y tiene un increíble sentido de lo que es justo, se indigna claramente cuando siente que algo no lo es. Siendo muy activo, el deporte no le llama demasiado la atención, prefiere andar por ahí descubriendo o escalando. Tiene excelente memoria, es arriesgado y aventurero. No le gusta que lo mimen, pero pide mucha atención.

FullSizeRender.jpgElisa por su lado es de carácter muy dulce. Es amorosa y besuqueadora. Pero cuando está brava da susto. De verdad. Eli es pintora. Una de sus primeras frases completas siendo aún muy pequeña para hablar fue “a pinta, a pinta” (a pintar). Su carácter es nervioso, le gustan los animales pero les tiene respeto. Adora cantar, hasta ahora es el idioma que mejor entiende. Se sabe canciones completas y parece jugando todo el día “Encuentra la palabra en la canción”… Ve salir una estrella y empieza “Estrellita dónde estás, quiero verte titilar”. Eli no le tiene miedo al mundo, saluda y da besos al que se lo pida. Sonríe a menudo y es supremamente social.

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Mis hijos tienen 3 y casi 2 años respectivamente y desde ya han mostrado rasgos absolutamente auténticos y diferentes en su forma de ser, además de sus gustos, inclinaciones y talentos. Compartiendo genes, son seres increíblemente diferentes. Ninguno mejor, tan solo hermosamente distintos. Desde sus rasgos físicos, hasta su manera de ver el mundo, cada uno ha ido descubriendo lo que le gusta hacer y lo pide una y otra vez.

Mis hijos no son especiales, están como todos, cumpliendo su tarea en este mundo.

De cierta manera ser mamá de dos hijos tan distintos, tan ELLOS, me ha puesto a reflexionar sobre lo tontos que somos en este mundo loco hoy. Nos estamos matando por erradicar la diferencia. Sé que todos buscamos con quién identificarnos y que pertenecer es una de las necesidades más grandes de las personas. Pero no hemos entendido que hay algo en cada ser de este planeta que lo hace especial y distinto. Y que por más que intentemos uniformarnos en apariencia y pensamiento, ninguno podrá convertirse en nadie más. Pero en ese camino de “homogenización” si hay mucho sufrimiento y definitivamente una gran pérdida para todos. Porque nuestra verdadera naturaleza grita y busca la manera de salir. Somos más plenos en el momento en que la aceptamos, la abrazamos y trabajamos con ella para cumplir ese papel que vinimos a realizar.

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Pero mientras nos envolatamos hay una sensación tenebrosa de vacío, de estar en el lugar equivocado, de tener pendientes, de estarnos autoengañado, desperdiciando.

Nos pasamos muchos años de la vida dándole largas y desviándonos por pequeños atajos que si bien pueden aportar y madurar el resultado final, también logran que muchas personas se pierdan en la frustración.

Hace poco leía un libro en el que la autora sostiene que los seres humanos tocamos misión de vida a los 7 años. Dice que es la edad en la que sin duda mostramos las primeras inclinaciones hacia aquello para lo que tenemos talento, o dicho mejor, aquello para lo que estamos hechos.

Me pareció clave empezar a guardar memorias de mis niños, escribir de sus habilidades y también de aquello que les genera dificultad. Que aprendan a quererse y a entenderse con su equipaje completo, y que también puedan sacar el mejor partido de él.

Leer ese libro fue muy emocionante para mí. Para bien o para mal tengo una memoria peligrosamente buena. Parezco un calendario y guardo con precisión fechas, imágenes y datos. Con mi cabeza recorrí salón a salón los 14 años que pasé en el colegio. Haciendo ese ejercicio pude llegar finalmente al escenario en el que vivía cuando tenía 7. Algunas memorias claras y otras borrosas, pero siempre selectivas. Como si hubiera resaltado en fosforescente los párrafos importantes para mí. Avanzando en los años siguientes fui encontrando un hilo conductor.

Me encontré en mis primeros recuerdos con el grado que en ese entonces llamábamos Preprimaria, el último año del preescolar. Mis profesoras se llamaban Cuca y Emilia. El salón era grande y cuadrado y estaba rodeado en todas sus paredes por tarjetas amarillas con las letras del abecedario y un dibujo que las ilustraba. Recordé la disposición de los pupitres en forma de herradura y el nombre de cada niña escrito sobre él, en un papel alargado y pegado con contact. Me acuerdo que aprendí a escribir mi nombre sola y muy rápido y que en mis ganas de avanzar, le pedía a las profesoras si ya me lo podían cambiar por uno en letra pegada. Empezando Primaria, aún con 7 años, recuerdo haber escrito mi primer cuento “Mi conejito tierno” y más adelante haber ganado el concurso del cuento con él, también recuerdo que puse de pseudónimo “Mayeta Cascaseta” y que Aurita, la jurado del concurso, gozó mucho con él. Recuerdo que pedía escribir con lapicero aunque aún se nos pedía que lo hiciéramos con lápiz, para poder borrar.

Más adelante adoré escribir cada cuento para el concurso literario del colegio, y nunca lo sentí como un deber. Yo entraba a ese auditorio donde hacían la premiación cada octubre con el corazón latiendo en la garganta. Cuando oía mi nombre, y mejor aún , cuando escogían mi cuento para leerlo en voz alta a todos, me quería salir de la piel. Este fue un amor que no abandoné ni con la adolescencia cuando mandé todos mis otros hobbies para el carajo. Me salí de la mitad de las clases y decidí que ya no quería ser nunca más la mejor del salón.

Por muchos años marqué los cuadernos para todas amigas al principio de año, falsifiqué firmas de sus papás en los exámenes y circulares. Escribí cartas de amor para propios y extraños. Llené diarios completos con detalles de mi vida, dibujos y poemas y los escondía entre los libros de física y química, para que no me regañaran por no estar poniendo atención. Yo jamás me aprendí una fórmula. Jamás. Pero fui muy estudiosa y me las arreglaba para siempre pasar por “masa”.

Recuerdo en mi cumpleaños número 12 a mis abuelos llegando a mi casa a con el par de libros que les había pedido de regalo: “Vendidas” y “La casa de los espíritus”. Yo era una madurada biche para leer. Adoraba a Isabel Allende. Era mi ídolo. Tenía todas las agendas de Ángela Botero López y hasta una vez le escribí una carta para entrevistarla para un periódico mural. Mis mejores profesoras siempre fueron las de Español. Yo soñaba con ser escritora y cuando terminé el colegio, no encontré en qué carrera madurar mi sueño. A veces he pensado que es una locura definir a los 18 años lo que queremos hacer “para siempre”. Tal vez por esos años de Comunicación social empecé a perderme, o depronto fueron importantes y parte del proceso, no sé. Eso si sé que fueron lo suficientemente “aburridos” y etéreos como para alejarme de la literatura un tiempo y obligarme a buscar espacios para mi. Fue entonces cuando conocí la magia del yoga en el momento de la vida donde más necesitaba paz.

Descubrir la misión puede parecer más un juego de niños, pero no lo es. Porque el alma esta hecha de un material muy especial. Es como la sangre, que llama y duele. A uno alguien “se le mete” con ese sueño intrínseco, innato y uno quiere salir corriendo a defenderlo. Es un llamado muy difícil de ignorar. No es capricho ni hedonismo. Es deseo puro de revelar y explorar la propia verdad. Cuando nos sabemos haciendo LO QUE ES, algo encaja, y todo se siente muy correcto, absolutamente natural.

Hacer lo que el alma ama hacer pasa de ser un gusto o un oficio a ser una necesidad. Y fluye, y alegra. Alegra al que lo hace y al que lo ve hacer. Estar sintonizado con la misión de vida inspira, antoja, y nos escribe un inmenso SI en la mente, aún cuando los demás y las circunstancias se empeñen en decirnos NO.

Somos afortunados de haber nacido en una época en la que se espera menos de nosotros. No necesitamos ser médicos, administradores o abogados, para brillar o “para subsistir”. Nadie espera que heredemos la carrera de los abuelos, ni que prolonguemos un imperio económico. Hoy ser un gran chef es tan válido, como ser locutor, pintor, o gerente del banco. Hay puesto de más ego, misiones de más prestigio social, pero también hay más permiso explícito para realizarse libremente en lo que cada uno elige.

Al mismo tiempo, y aún con más permiso para hacer la diferencia, veo cómo en cierta edad nos empezamos a “clonar”, a querer ser masa y a eliminar cualquier rasgo diferente y especial, y me entristece ver que muchos no lo superan. Igualmente veo cómo entre países pretendemos imponernos, seguimos buscando la conquista, ganar espacio, y borrar a quien incómodamente sigue queriendo ser distinto. Como si se pudiera. Es que esa uniformidad es apenas una ilusión. Porque si miramos detenidamente ni el disfraz, ni la apariencia ni la ideología sabe nada de la misión del alma. Porque en el mundo entero no hay dos personas iguales. Porque si viéramos esto como un rompecabezas enorme en el que cada uno es una ficha clave y única, no como la pelea de dos bandos, sabríamos que cada uno en su autenticidad es absolutamente importante.

Cuando era chiquita yo también jugaba “mamasitas”. Me metía muñecas debajo de la camiseta, para creerme en embarazo. Y jugaba a ser profesora, con alumnos imaginarios o reales. Calificaba exámenes con lapicero rojo y les estampaba besos con pintalabios cuando sacaban “excelente”. Sé de sobra ahora que estos son mis otros dos amores.  Mi adolescencia fue terrible, durísima. Por muchas razones no encontraba mi lugar. Hoy me siento realizada por saber que me estoy cumpliendo a mi misma. Que estoy ocupando mis días en aquello que nací para ser. He aprendido a ver que cuando las cosas “No me salen” es porque me estoy desviando o porque tengo que aprender a esperar. Mi universo tiene una forma creativa pero clara para comunicármelo. Y como no tengo ni idea de cual es el fin de todo esto, vivo y trabajo como si cada día, cada clase, cada escrito, cada abrazo de mis hijos fueran el sueño mismo.

Podría usar mi vida y ese amor por enseñar para que cada uno descubra, viva y se convenza del valor de su propia, única y maravillosa verdad.

Hoy estoy segura de que ser distinto es la mejor cualidad.

 

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