Lecciones de una vida vivida por segunda vez

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Llegué a pensar que la cabeza era como un gran sancocho de ideas y conocimientos conviviendo juntos y haciendo una cadena infinita interconectada entre sí. Pero volver a China fue descubrir que la mente está hecha de pequeños compartimientos. Bolsitas que almacenan la experiencia completa y que se abren según la necesidad.

La bolsita que almacenaba el capítulo de mi vida bajo el título “China”, estaba cerrada con llave desde hace mucho tiempo. Cuando supe que existiría el viaje, pronto se empezaron a escapar como mariposas, pensamientos sueltos, sensaciones olvidadas, sueños inquietantes y coloridos.

Aterrizar en el aeropuerto de Pudong en Shanghai, fue abrir por completo el capítulo, con un estallido de realeza que me atropelló los sentidos. Mi mente reprodujo de inmediato y en tiempo presente, el esfuerzo inaudito que hice alguna vez por entender y hacerme entender, así como mis sueños recurrentes de que un día amanecería sabiendo mandarín, recobré olores, y repasé con lupa el cuadro completo de lo que estaba por vivir.

Dicen que el descuadre horario se “alivia” en tantos días como horas de diferencia haya. En este caso, 13. Pero en este paseo puntual no había tiempo para eso. Con solo 6 días hábiles en la ciudad a la que alguna vez amé y llamé hogar, mi único deseo era lanzarme a la calle, con trasnocho o sin él.

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Shanghai es una ciudad inmensa pero muy manejable. Es fácil ubicarse en ella porque el río HuanPu la divide en dos. Y estos dos sectores son claramente identificables por las diferencias en su arquitectura y hasta en los almacenes, tiendas, restaurantes y puntos de interés. Pudong es el nombre de la parte que está al Oriente del río y Puxi al Occidente del mismo. El hotel donde nos quedamos estaba en Pudong que es la zona menos conocida para mí. Allí hace un tiempo no quedaba más que el aeropuerto y una zona hotelera y financiera. Pero siempre se decía que la “emoción” y la vibra de la ciudad estaba al otro lado. Por eso desde que llegue a la habitación, empecé a mirar por la ventana tratando de encontrar mis edificios conocidos. Esta siempre fue mi arma secreta de ubicación. En Shanghai nunca tuve miedo de perderme porque aunque me alejaba por calles inciertas todo lo que quería, después mirando para arriba, me orientaba según los edificios, y como Hansel y Grethel los seguía hasta poder regresar.

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Esta vez los días nos tocaron muy lluviosos y la niebla muy bajita, por esto no pude ver nada que me sonara conocido y tan pronto pude me monté en un metro que me llevó a “mi lado favorito” de la ciudad.

Para mi mente recordante, la ciudad se creció. Esta vez las distancias me parecieron enormes. Me cansé mucho más caminando los caminos que tantas veces me llevaron sin cansancio una y otra vez a mis clases de yoga, mandarín o cocina. Me encontré con que ahora había muchos más edificios, centros comerciales y almacenes. Muchas marcas americanas y europeas que se tomaron las mejores calles de la ciudad. Los árboles y jardines estaban más hermosos que nunca. Encontré 12 líneas de metro donde hace 9 años había 3. Vi una metrópolis moderna, con gente aún rústica y sencilla a sus pies. Reconfirmé porque me enamoré de Shanghai, porqué me obsesioné por vivir allá. Amé verla metida en la onda ecológica, lo que nunca me imaginé. Me encantó que cobraran las bolsas plásticas en los almacenes, no sin antes preguntar si las iba a necesitar. Sentí un aire más limpio, donde antes dolía respirar. Y me volví a sentir muy bienvenida en un país donde se sienten honrados de ser visitados, donde se desarman de amor por los extranjeros y en inmigración hasta tienen botones con caritas para que uno califique su gestión (no me quiero imaginar esto en Estados Unidos).

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También recordé con certeza que la visita corta y cómoda de hotel es un lujo al lado de la más difícil vida rutinaria que se puede alcanzar allá. Recordé que con solo una visita previa de 3 días había decidido lanzarme a vivir allá. Como casándome con quien había visto una sola vez en la vida. Recordé el choque tremendo que fue la verdadera vida de todos los días, el tumulto, el gentío, el tremendo choque cultural. Recordé que los chinos me hacían a ratos sentir profundamente intolerante y deseosa de volver.

Esta vez sentí que la que abrió el compartimiento de mi cabeza reservado para la experiencia “China” fue una persona diferente. Descubrí que los pasos que he caminado desde mi última visita en 2009, me han llevado a prestar atención a detalles distintos y a apreciar algunas cosas en las que jamás había reparado.

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Aprecié la gran (casi cruel) diferencia entre el afanado pero pacífico fluir de los chinos, comparado con los colombianos, que estamos entrenados para reaccionar. En el tráfico humano de las aceras, entre caminantes y ciclistas, oí muchas veces el sonido enloquecedor de la campanita de los ciclistas detrás de mí. Me sentí acosada y empujada por ellos a pesar de que solamente estaban pidiendo paso. Mi personalidad colombiana quería voltearse a decirles que por favor respetaran la acera, que manejaran por la calle, o al menos con una cara de fastidio quería mostrarles mi inconformidad. Pero mi personalidad extranjera, la cauta, la que toca tener mientras uno se acomoda al sitio que llega, me mostró que los demás peatones simplemente se hacían a un lado y seguían su camino sin sentirse aludidos. Qué tanta paz se regalan ellos que no se perturban por tantas cosas, que no le dedican ni siquiera un segundo pensamiento a esto y pueden así dedicar su energía a lo que vale y sirve de verdad. Entendí que si los chinos tuvieran nuestra reactiva actitud colombiana, siempre lista para defenderse, ese país no sería viable. Miré casi con envidia, que en medio de la superpoblación han aprendido a vivir en absoluta paz. Que en Shanghai viven 25 millones de personas, la mitad de Colombia! Y que viven en orden, así sea un orden diferente al nuestro.

Porque esta gente que bloquea la entrada del metro y el ascensor, para entrar no sé ni cómo, exactamente al mismo tiempo que los demás salen, no tendrá modales franceses, ni educación inglesa, pero tiene un modelo que respeta la vida, que permite la convivencia y que de alguna manera, que en nuestra mente occidental no cabe, está avanzando a una velocidad que hará desplazar para siempre la idea del mundo con la que mi generación creció.

Si en un compartimiento de mi mente, la China alguna vez estuvo etiquetada como “La quinta porra”, si hace 12 años los etiqueté como “chinos cochinos” porque escupían sin pena cien veces al día al frente de mis pies, si llegamos a pensar que estaban aislados en su gran país por el encierro en el que se mantuvo el régimen comunista por tantos años, si luego los vimos como “criaturas exóticas” que habían salido del cascarón a ganarse todas las medallas en los olímpicos, si algunos despectivamente piensan que son una plaga… esta nueva visita me dejó convencida de que no tenemos ni idea del potencial enorme que esconde tanta disciplina, tantos años de abnegación y tan supremo orden aprendido con un rasero más firme y exigente que el de la mayoría del planeta.

La parte de Asia que conozco me sigue llamando a gritos. Me intriga y fascina. Y aunque los pasos que fui a dar a China este año ya se acabaron de andar, la información sigue rondando en la cabeza, tabulándose y organizándose para regresar a su lugar, hinchada de experiencias y plagada de luz, para iluminar seguramente muchos de mis pensamientos. Lo que se vive en tiempo es poco al lado de los recuerdos infinitos y el placer de volver a ellos con la comodidad y la paz de lo ya vivido, ya cerrado, ya convertido casi en leyenda.

Esta subregión de mi cerebro ha ganado tanto peso y espacio, que ha colonizado en mí, como en el mapa del mundo, gran parte de mi carácter. Aunque la bolsa se cierre y la experiencia física termine, la influencia en mi vida ya es felizmente irremediable. Mi vida de hoy nunca sería lo mismo sin lo que he vivido y aprendido de China.

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