Irse, para poder regresar.

Que la vida es un espiral, ojalá ascendente. Que parece dar vueltas sobre puntos que nos atraen y nos sueltan, pero que después nos vuelven a “encarrilar”. Que cuando estamos alejándonos del centro, hay angustia y desconexión, y cada que regresamos, hay una clara tranquilidad. IMG_6854.JPG

Era tan fuerte el deseo de volverme a conectar con mi ser, que armé viaje para China nuevamente. Parte de mi felicidad plena, se me había quedado allá, y pensé que podría volver a recogerla.

Pero no fue así…

Tenía 20 años, estaba en toda la mitad de mi carrera. Me llamó por teléfono Sara mi amiga y me dijo: “Anaisa, nos vamos para China”. Hace 13 años, decir que uno se iba para China era como si fuera para la luna. El mundo era distinto. No existía WiFi, ni Facebook, ni Instagram, ni Whatsapp. La China era realmente al otro lado del mundo, el último destino de mi lista de lugares visitables. Pero era la oportunidad. Al tío de Sara lo habían nombrado embajador en Beijing y era imposible negarse.

Así fue como empezó esta inquietud en el alma, que no se me quitó nunca más. En esos dos meses de viaje tipo Mi Pobre Angelito, no hubo un día de infelicidad. Todo era nuevo, todo era pintoresco, loco, distinto, digno de admirar. Nos sentíamos como princesas entrando a esa embajada donde nos saludaban unos pobres soldados que pesaban menos que sus trajes de invierno, impávidos en turnos de 12 horas, mirando nevar. No había un solo sentido que no se deleitara. Los sueños eran de colores, pero mis amaneceres blancos de -10 grados no tenían nada que envidiar.

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¿Se imaginan a lo que me supo a mi el año siguiente en la universidad al regresar? A cotidianidad, a aburrimiento, a ganas de escapar. No tuve paz ni tregua hasta que armé con Sara el regreso. Esta vez para Shanghai. No podíamos estar cerca del tío, porque la aventura tenía que continuar. Decir que nos íbamos para Shanghai porque el tío estaba en Beijing, era un poco consolador para las mamás, pero las dos ciudades están tan lejos como Medellín y Miami, es decir, estábamos solas, de verdad.

Yo estaba dispuesta a interrumpir la universidad, pero al contarle de mi viaje a una prima del periódico El Mundo, me dijo que fuera su corresponsal. Con esta disculpa terminé de montarme. Mi mamá estaba muy reticente. Me decía que esperara un poco, que no era el momento, que a qué me iba a dedicar allá. Pero con ese aire que siempre tuve de “Yo me mando sola”, decidí y me fui el 25 de noviembre de 2004.

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Esta vez fue distinto. La llegada fue un choque fuerte. Sola de verdad. Sin chofer ni embajada. Sin traductores, sin facilidad. El internet era lo más luchado del mundo. Con un teléfono Nokia referencia 001, nos hablábamos al inicio o al final del día con los papás, con el novio, con el que estuviera por ahí, a la hora que nos permitieran las 13 horas y el océano que nos separaban. Yo molestaba diciendo que si me iba por la mitad de la tierra llegaba más rápido que en avión al volar.

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Malasia, Tailandia, La India, incluso Londres a encontrarme con el novio en “la mitad”. Los primeros meses fueron muy emocionantes, pero a la vez de mucha inestabilidad. Yo pintaba los días en el calendario y tachaba uno a uno. Siempre con el secreto de querer regresar. En esos días comíamos de todo. Estábamos muy quietas. El invierno en Shanghai acobarda mucho, porque está prohibida la calefacción central. La casa es más fría que la calle y la soledad es total. Recuerdo que llegué de los 20 días en Londres y en el metro de regreso a la casa, me empecé a derrumbar. Otra vez a esta autosuficiencia, después de que me habían contemplado sin igual. Otra vez a la escupidera de los chinos, al frío, a la dificultad para todo. En China para comprar cualquier cosa hay que regatear. Además, llegaba y tenía 10 días para conseguir un apartamento nuevo para mí. Algo más chiquito y barato. No tenía idea de cómo iba a lograrlo con mis tres palabras de mandarín, pero era algo que no podía aplazar. Sara se iba a Tailandia al día siguiente y yo me quedaba realmente sola, con cero plan, y en total austeridad. En esa última noche antes de que ella se fuera, yo hasta le dije que si me dejaba dormir en su cama. Como una niña chiquita, hecha un ovillo, un bulto de nervios, tuve la noche más larga de mi vida en la que planeé todos los medios para regresar.

  • Van a pensar que soy una floja, que no fui capaz! Y mi mente respondía: “Te escondes en la finca 4 meses”.
  • Voy a perder el tiquete de regreso. Y me consolaba “Para eso son las tarjetas de crédito, esta es una urgencia, después ves cómo la pagas”.
  • Quiero que amanezca ya, qué tristeza, qué desolación, qué voy a hacer mañana.
  • Y sobre todo, si me quedo, ¿A qué diablos me voy a dedicar?... Es que 4 meses sin plan alguno fuera de desayunar, almorzar y comer, asustan en Medellín, pero en la real y literal Quinta Porra, son motivo para morir de angustia.

Sara y yo nos despedimos después de 4 meses muy valiosos. Ella ha sido mi amiga del alma desde los 12 años. Habíamos sido el verdadero pegote fastidioso en la adolescencia, pero esta convivencia era diferente, todo un reto que supimos llevar. Aprendimos muchísimo y era tiempo de volar.

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La primera semana de soledad, fue como recoger los pedazos  sueltos de esa vida sin rutina que habíamos construido en este viaje, para ahora sola ponerlos en su lugar. Yo desayunaba y miraba por la ventana. Veía los ríos de gente y me moría de la pereza de lanzarme a caminar. Pero tenía mi plan trazado y era no dejarme aplastar, todos los días, pasara lo que pasara debía salir. Busqué la revista que publicaba los eventos de Shanghai. Me pasé de casa para un mini apartamento que estaba perfecto para los meses que me quedaban. Me metí a clases de cocina, a clases de Chino e invertí la mitad de mi muy modesta “fortuna” en clases de yoga en el mejor estudio que pude encontrar. Conté las semanas que me faltaban de viaje y separé la plata que podía gastarme en cada una, en unos rollitos que guardaba en el cajón del closet. La primavera había llegado y me propuse caminar. Puedo decir que me caminé cada cuadra de esa ciudad. Con solo 2 ó 3 actividades por día, dependiendo de las clases que me tocaran,  tenía literalmente medio día para ir de un lugar a otro. Todo lo hacía a pie. En mi absoluta libertad, me perdía a propósito, caminaba barrios nuevos cada día y paraba a almorzar cuando me daba hambre, sin importar siquiera la hora. Llegaba con tiempo y sin afán a todas partes, comía tan lento como nunca lo hice, escribía por horas, mandaba correos electrónicos con mis crónicas. Mercaba solo para la comida de cada día, dormía 9 a 10 horas cada noche. Leía un libro por semana. Comía super saludable, y de vez en cuando me iba sola a comer a Hagen Dazs y me saboreaba un helado de Liches y jengibre que me encantaba. Me pasaba días sin hablar una sola palabra en voz alta.

Conseguí dos amigas colombianas con las que me veía para comer una vez por semana. Era mi evento favorito. Me volví adicta a las historias. Como toda su vida era nueva para mí, las sentaba a que me lo contaran todo. Qué hacían allá, a qué se dedicaban, les decía que me contaran de su familia, de sus viajes y de sus amores.

Este idilio duró hasta junio, cuando mi familia me llegó a visitar. Ellos llegaron a multiplicar la felicidad. Viajamos un mes juntos. Se impresionaban de verme discutiendo en mandarín con el taxista y los vendedores de los mercaditos. Les hice tour por todas las ciudades que visitamos. Tenerlos allá conmigo era plenitud, llenar un huequito que le faltaba a la felicidad que había construido sola allá. De esos meses “perfectos” puedo decir que por primera vez en mi vida, había conectado con algo muy profundo y especial. Algo que no dependía del entorno, ni de lo que sucediera. Dependía de mí y nada más. Sin tanto ruido, sin adornos, con una vida super sencilla. Con mucho yoga y mucho silencio. Cocinando para mí, disfrutando cada bocado de comida. Del Mindfulness no se hablaba en ese entonces, pero hoy, mirando para atrás, este fue mi retiro de atención plena, y salí graduada.

Esta vez raspé paseo. Quedé saciada y agradecí regresar a mi ciudad. China es duro y la familia se extraña.

Pasó un año de estudio y otra dosis de cotidianidad y me gradué de la universidad. Pero desde mi vida en China asocié el yoga como parte fundamental de ese bienestar que había alcanzado y decidí hacerlo parte central de mi vida. Me fui a Nueva York a certificar. El siguiente año y medio lo dediqué a enseñar.

Y ¿qué? Cada día se me iba más lejos esa sensación única de felicidad permanente. Había muchas capas encima que no me dejaban acercar más. Al mismo tiempo sentía que la necesitaba locamente.

  • ¿Era China?
  • O ¿el Yoga?
  • La alimentación, ¿tal vez?
  • ¿La posibilidad de caminar?
  • ¿Tener menos vida social?
  • ¿Escribir? ¿Leer?

Entonces armé viaje por tercera vez. Me devolví a Shanghai a mi super estudio de yoga a certificarme una vez más. Esta vez eran dos meses intensivos. Y si, fue especial. Pero no me devolvieron lo que fui a buscar.

Con la cola entre las patas regresé y me convencí que lo que había vivido, había sido una única oportunidad. Lo guardé en el archivo de mi memoria, donde pudiera verlo y añorarlo. Entendí que eran vivencias que no podía tratar de recrear. Que había sido un espacio de tiempo mágico, en el momento perfecto, pero que ya a ese momento no era posible regresar.

Y conocí otras formas de felicidad. Casarme, tener hijos, crecer mi escuela de yoga. Asociarme con alguien muy especial. Viajar. La vida bulliciosa de la familia. Es una manera hermosa de realizarse. Creo que si me hubiera quedado sola en China en aquel momento de intensa plenitud, tendría una felicidad nostálgica e incompleta, extrañaría y reclamaría mi sueño de tener una familia. Pero la vida supo ponérmelo en orden: me dio primero la “probadita”, después me mandó a realizar mi anhelo de ser mamá, y me dejó después la inquietud de volver a buscar aquello que se me había perdido.

Perdido. Yo lo daba por perdido. De hecho, como ya dije, lo tenía bien archivado. Entonces me fui de viaje. Esta vez al lugar opuesto. Chile era un lugar nuevo que mis ojos no conocían y en el que para ser sincera, no tenía puesto ninguna expectativa. Los cambios, al menos para mi, siempre han llegado de la mano de viajes, vacaciones o momentos de rompimiento de rutina. En medio de una piscina tibia, nadie se incomoda, pero al salirse, y ver de lejos, las cosas se analizan como con un cerebro, y mejor aún, con un corazón prestado.

Entonces me llegó, como un rayo, no lo había pedido, no hizo parte de un proceso. Llegó así en esos días del viaje como una claridad no-ignorable y me dijo: tu realización no es por este lado. Entonces yo le respondí, “Acepto, voy por un año más y veo la forma de modificarlo”. Esta vez no fue la consciencia, fue Amalia, mi amiga-casi-consciencia, quien me abrió los ojos ¿Un año? ¿En qué estás pensando? ¿Sabes todo lo que puede pasar en un año? ¿Vas a desperdiciar un año de tu vida si ya sabes que hay que hacer cambios?

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El resumen es que en un punto dije: todo lo voy a mandar para la porra, menos a mi esposo e hijos, voy a reinventar mi vida y a reiniciar mis sueños. Entonces le di un medio guiño a la vida. Le di el permiso de empezar este proceso, y todo se empezó a dar. Ahora estoy viendo los últimos 15 años de mi vida como un rompecabezas de más de 5.000 fichas que finalmente se ha armado. En este último semestre pasó de todo. Como si hubiera echado a andar una rueda suelta por una bajada bien pendiente. Yo solo necesité dar el primer empujón y después no hubo manera de detenerla. Cada obstáculo me lo he gozado, abracé el cambio, porque sabía que lo había pedido, y porque igual sabía que no iba a ser fácil.

Pero las coincidencias, que no son eso sino más bien lo que una tía sabia llama regalitos, me van premiando por el camino al cierre de cada etapa, como señalizando este nuevo recorrido, para recordarme que voy bien. Que no estoy perdida. Porque no es coincidencia que mi esposo trabaje con chinos, y haya ido innumerables veces, pero que nunca hayamos ido juntos. Ni que yo desde hace años le viniera prometiendo que la próxima vez si lo acompañaba, que ya tenía ganas de volver, pero cada año me le quitaba. Y que finalmente este año le haya dicho, vale, te acompaño, vamos juntos a Shanghai. Que sea justamente en estas “vacaciones obligadas” a las que me mandó el cambio de sede de Element Yoga. Que sea justo al cierre de este semestre. Que sea cuando ya hay tanta claridad, cuando siento que alcancé la rueda que puse a andar sola, y que me pude montar en ella. Y que confío en ella, que tengo certeza del lugar al que me va a llevar. Es magia haber podido tener el tiempo suficiente, no para acomodarme en la zona de confort, sino para entender que lo que me estaba matando era la forma, pero que hay ciertos pilares de la vida que ya no puedo ni quiero abandonar.

Que la China es un hilo conductor de esta historia de la segunda mitad de mi vida. Que he decidido volver a deshacer los pasos, pero que  no voy a buscar respuestas porque todas las he ido encontrando acá.  Que ya sé que fui y volví con las manos vacías, pero que definitivamente hay algo en el otro lado del mundo que me está esperando. Que no sé qué es, pero que quiero recibirlo. Que volver a caminar, esta vez en mi ciudad me ha traído un inimaginable bienestar. Que el yoga me aquieta, me endulza el carácter y me mantiene el alma a flote. Que alimentarme bien, cocinar y enseñar todo lo que sé me llenan de sentido mis días. Que ser mamá me ha ayudado a poner urgencia a todo este deseo de cambio, porque tener 32 o 33 años es lo mismo, pero la infancia de mis hijos no me va a esperar.

Y bueno… que escribir es la misión de mi vida, que ni China, ni mi familia, ni mi matrimonio, ni caminar, ni el yoga ni nadie, me puede distraer de este intenso deseo de contar historias, las mías o las ajenas. Que no me importa perder horas de sueño y sumar ojeras a mis ojeras, ni cansancio a mi cansancio. Porque escribir para mi ha sido y seguirá siendo la llave que le abre la puerta a mi libertad. 

 

2 comentarios en “Irse, para poder regresar.

  1. Amé leerte, tuve la sensación cálida de sentir tu voz narrando la historia. Quizá porque mi vida busca nuevos caminos y parece sentirse identificada con tus palabras, tal vez porque sin buscar respuestas intencionadas en tu texto, alcancé a dimensionar que las pequeñas luces que da la vida pueden encontrarse en cualquier momento. Mi gratitud a ti por abrirte y permitirme leerte (como muchos otros lo han hecho), espero algún día poder encontrarte para darle rienda suelta a mi curiosidad.

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