De una hija afortunada, para mi mamá.

El tren de las oportunidades pasó muchas veces para mí. Pasaba y yo quería montarme, pero nunca era capaz.

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Fui una adolescente tremenda. Tenía demasiada energía, era autosuficiente. Me sentía un alma vieja y siempre me creí madura. No me gustaba que me dijeran qué hacer, y como casi todo me salía bien, me enfurecía que mis papás “no me tuvieran confianza” y que me cuidaran “tanto”.

Todo esto era un muro amplio y grueso con el que me chocaba cada que trataba de tener una relación más sana y amorosa con mi mamá. La hería y muy fuerte. Me parece oírme diciendo que yo no había escogido nacer, y tantas cosas más absurdas que se le ocurren a uno para decir que quiere ser distinto, que no quiere ser más una niña, que necesita independencia y libertad.

Me decían que algún día entendería, que cuando fuera mamá sabría porqué ella hacía lo que hacía. Pero yo solo escribía, escribía en mis diarios para acordarme de todo lo que según yo, no debía hacer cuando tuviera hijos. Decía que los comprendería, que les daría confianza, que los dejaría faltar al colegio de vez en cuando. Decía que sería más “bacana”, más amiga.

En mi familia somos 5. Un papá y una mamá trabajadores consagrados. Se dicen liberales pero son de la vieja guardia. Mi mamá abogada, demasiado correcta, la mujer más amplia que he conocido en mi vida. Mi papá inteligente, deportista, disciplinado, puedo decir que jamás lo he visto salirse de control? Es algo impresionante. Mi hermana mayor, un ángel de Dios. Bondadosa y servicial, siempre dispuesta, no sabe decir no. La mejor amiga que existe. Mi hermano menor, el hijo que toda mamá soñó tener (hasta una adolescencia tardía a los 23 años, de chocadas apoteósicas cada 8 días) pero siempre amoroso, paciente, siempre compañía para el que lo necesitara tíos, primos, papás o hermanos. Yo, el sánduche, cumplía con ser super buena estudiante y juiciosa, sabía que era buena y amorosa porque me conocía en todas mis facetas, pero en mi casa era “resbalosa”, como me decía mi papá, y de verdad una roca en el zapato para ellos. Yo sé que era así, aunque hoy mi mamá en su generosidad, trate de minimizarlo.

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A mi me decían que yo era “luz en la calle y oscuridad en la casa”. Y así era. Claro, por fuera sentía que tenía la oportunidad de ser quien yo sabía que era, pero en mi familia ya estaba matriculada como una fiera. No por eso dejé de recibir cariño. Mi familia era hermosa, y por dentro había lazos muy fuertes, tan fuertes que aguantaron todas las pruebas que mi rebeldía y tantas dificultades más nos pusieron. Es como si estuviéramos edificando nuestro cariño por debajo del agua. Con mucha dificultad, tropiezos y esfuerzos. Pero cuando crecimos, y salimos a flote, pudimos afirmar que todo había valido la pena.

Así pasaron los años. Los años de la niñez son eternos. Salir del colegio después de 14 años, puede llegar a ser el logro más grande de la existencia. Y de ahí en adelante, la velocidad cambia, todo se va con el viento. De enero a diciembre es un abrir y cerrar de ojos, la vida se nos pasa sin sentirla. Para mí crecer fue cumplir un sueño. Yo siempre quise ser grande, de hecho siempre me sentí grande. Estudié lo que quise, contrario a las expectativas, Comunicación social es carrera de reinas y a mi me daban por ingeniera, o abogada. Mi mamá me apoyó siempre y sabía de mi gusto por escribir. Mi papá si trató de convencerme con delicadeza de que estudiara algo diferente. Pero tampoco insistió. Después estudié yoga y no había pasado un mes de graduarme cuando ya estaba enseñando en mi propio mini estudio, mientras que mis papás y hermanos se quedaron trabajando juntos.

Me casé de primera, así que también ahí construí muy rápido mi independencia. Tenerlos lejos y extrañarlos, fue tal vez el ingrediente clave para terminar de sanar tantos años de rebeldía. Cuando vi lo que había logrado con mi vida, y me sentí orgullosa de eso, no pude menos que aceptar con humildad y agradecer que mis papás nos habían educado con amor, disciplina y corrección. Con errores, claro. Seguramente no estaban preparados para un carácter como el mío, para los problemas que llegaron con el tiempo, para manejar imprevistos y tratar de mantenerse en pie. Pero es la historia de todos, a eso vinimos a la vida. Lo importante es mirar atrás y comprenderlo.

Terminé de comprobar que TODAS las teorías educativas se caen por si solas cuando tuve en mis brazos a mi primer bebé. Entendí que se necesita demasiada valentía para mirar a los ojos y decirle NO, a quien para uno es un ángel caído del cielo. A veces veo en Tomás visos de mi carácter. Otra veces lo veo exacto al papá. Y sé que ninguna de las dos cosas es buena ni mala por si misma. Son rasgos que determinarán la manera como caminará a través de su vida.

Muy poco tiempo después supe que llegaría Elisa. Para mi tener una hija era un sueño de vestidos y moñitos, pero al mismo tiempo tenía el miedo que bien conozco del karma. Con ella tendré la oportunidad de descubrir si la lección está aprendida o si tendré que repetir el examen.

La historia de mi vida me ha vuelto vulnerable. Con el muro blindado tras el cual me escondí toda mi adolescencia, tenía la ilusión de estar fuerte y protegida. Seguramente era un muro endeble que ocultaba muchos vacíos, pero yo no dejaba verlos. Pocas cosas me tocaban el alma y vivía en mi mundo independiente.

Ese muro ya no existe, fue cayendo poco a poco cuando fui ganando confianza para mostrar mi esencia, cuando perdí el miedo a mostrarme como era. Pero estar expuesta ha revelado muchos miedos. Con tanto amor por mis hijos, con tanta ilusión con la que me levanto a vivir con esta familia que he construido, ha crecido también el miedo a perder, y el miedo a faltar. Mientras tanto veo en mis papás a un par de abuelos amorosos, que ya no están tan jóvenes. Que se han quitado también la coraza y la disciplina férrea con la que nos educaron a nosotros, para malcriar con ganas y sin pena a los nietos.

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Creo que me monté al último tren que pasaba por mi estación. Siempre quise ser mejor hija, siempre quise darles motivos para ser felices, pero de las intenciones no pasaba. Me monté al tren tarde, pero la vida me ha premiado con tiempo para deshacer los pasos y disfrutar a plenitud la vida de ellos.

 Hace ya años que amo y aprovecho a la familia que tengo. Mi papá que se creía invencible y se vanagloriaba de su salud de hierro, ahora se toma un puñado de remedios. Mi mamá, que no probó un cigarrillo en su vida, tiene los pulmones enfermos. Ya sé que no serán eternos. Esa certeza duele, llena de miedo. Pero hay algo que hace la diferencia, porque un corazón puede vivir con tristeza pero no con arrepentimiento.

  • Como mamá ya sé, ya entiendo.
  • Tantas horas de amor.
  • Tantas noches de desvelo.
  • Tanto trabajo.
  • Tantos sueños.
  • Tantos miedos en ellos, pero tanta confianza en sus manos y en sus ojos asegurándonos que “todo estaba bien”.

El día de la madre no es para mí. Yo soy mamá joven. Tengo ilusiones y sueños. Tengo dos hijos chiquitos que aún me miran con orgullo y me dan besos en público y me creen su cielo.

El día de la madre es para la mamá mía. Que ha vivido mucho, que me ha querido con todos mis defectos. Que supo aguantar tantos años y confió en que este día llegaría y valdría la pena su empeño. Que ha dado todo y más. Que ha vivido las lecciones más duras y las ha sorteado con tranquilidad y en silencio. Que ha convertido su casa en un palacio donde cabe todo el mundo. Que no conoce maldad, ni crítica, que en todos ve algo bueno. Que aún trabaja, que no ha soltado las riendas. Que jamás nos dejó verla peleando con mi papá, que lo adora y lo respalda. Que se siente orgullosa y habla de nosotros como si fuéramos perfectos. Que no tiene ni idea del rencor, que es esencialmente buena.

Porque gracias no es suficiente, vida mía, qué afortunada soy de tenerla.

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Fotos y texto Ana Isabel Santa María @yogalalma

7 comentarios en “De una hija afortunada, para mi mamá.

  1. Me encantó, recuerdo mucho a tu mama en clase de pintura. Saludos a Maria Adelaida.
    Ana hice la sopa mexicana y fué un éxito en mi casa.

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