Instinto, sabiduría del alma

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El cuerpo es una máquina perfecta que está constantemente buscando su equilibrio. Hará todo lo que esté a su alcance para conseguirlo, incluso si esto contradice nuestro ser más racional. 

Tu cuerpo es tu aliado, tu mejor aliado. Está de tu lado y está hasta su último aliento buscando tu bienestar. Pero esto no es tan fácil de entender, sobre todo porque en nuestra vida siempre ocupada, no tenemos tiempo de conectar con su instintiva sabiduría.

Yo siempre lo tuve claro en la teoría, pero necesité 9 meses de mi primer embarazo para poder finalmente sentir entender el maravilloso poder de ese instinto y lo que hace en nosotros con tal de preservar la vida.

Antes de eso, yo tenía muy claro qué era tener hambre. Podía identificar de vez en cuando un antojo, y lo llamaba a menudo “gula”. Pero no fue sino saber que estaba embarazada para entender con todas sus aristas la necesidad imperiosa, biológica e inaplazable de comer algo específico y ojalá de manera inmediata. Pasé de comer muy liviano a necesitar más densidad, sobre todo al desayuno, de comer 3 veces al día a una tremenda agonía tras 3 horas de ayuno. Aborrecí por un buen tiempo mi amada ensalada, no pude saltarme una sola comida y necesité dormir muchas horas extra en el día. El instinto le habla de frente a uno, y hasta la mujer más frugal y dietética entiende muy pronto que si ella quiere “cuidarse”, lo tendrá que posponer, porque la naturaleza se impone y exige cuidar y alimentar la vida que viene en camino. Ya el tema de la lactancia es aún más interesante. Cuando uno está convencido de que llegó el momento de volver a ser uno mismo, no entiende porqué se tiene que comer todo lo que le traen de regalo y peor, porqué luego sigue con hambre. Y es que a un cuerpo absolutamente exhausto, que no duerme lo suficiente y de cuya vida y salud depende la vida misma del bebesito, le falta mucho tiempo para volver a sentir su “normalidad”. Uno, porque en este momento de la vida sabe que tiene muchas opciones para mantener al hijo bien nutrido, pero en nuestros genes está escrita la historia misma de la humanidad, que dependió exclusivamente del alimento de la mamá y aprendió a hacer lo necesario para obtenerlo.

A una embarazada la entiende y la consiente todo el mundo. Pero que tal si entendiéramos que esto nos pasa a todos, todo el tiempo? Que así como la naturaleza preserva la vida de un bebé en la barriga de su mamá y luego recién nacido, hace todo para preservar también la nuestra?

Los antojos tienen mucho que enseñarnos de nuestra condición interna. Son un reflejo tangible de aquello que estamos necesitando. No es casualidad que las redes sociales estén inundadas de fotos del mar, con letreros que piden a gritos unas vacaciones: todos, en la locura de afán que vivimos estamos urgidos de darnos un verdadero descanso.

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Aunque no funcionan igual para todos, pero hay muchos antojos (deseos instintivos) que he aprendido a identificar y que se han convertido en mis aliados para estar a tiempo de sanarme, antes de caer en el desequilibrio más profundo que no es otra cosa que la enfermedad.

  • Cuando me voy a enfermar de gripa, tos, resfriado, empiezo a sentir muchas ganas de tomar limón con una pizca de sal. Igual me pasó en los embarazos, que andaba todo el tiempo con un termo con agua, limón y pimienta cayena. El limón es altamente alcalinizante, por lo que nos ayuda a “sacar” las enfermedades del cuerpo y a generar una barrera natural en la que no “prosperan”.
  • En las épocas en las que he hecho mucho ejercicio, he vivido siempre con hambre. Quiero aclarar que soy deportista consagrada, pero he entendido que por moda caímos en el error de creer que el ejercicio físico excesivo es la panacea. Pero resulta que éste genera oxidación y estrés. Y que demasiado deporte confunde nuestro sistema y le proporciona muchas carencias de hidratación, de calorías, de descanso, de relajación. Si nos movemos mucho y de manera muy fuerte, siempre el cuerpo buscará reponerse, y la primera y más básica interpretación que hacemos de esto será el hambre. 
  • Chocolate. El cacao en su forma más pura contiene hierro, magnesio y serotonina. Parece ser que no es chisme de revista Vanidades que lo busquemos en época de tristeza y cansancio.
  • Dulces /Repostería. Cuando no dormimos lo suficiente, cuando comemos muy pesado, cuando tenemos mucho estrés, buscamos esta fuente inmediata de energía. Siempre que haya un bajón del nivel de azúcar en la sangre, empezamos a imaginarnos y a desear alimentos que lo suban. La trampa con éstos es que solo son una solución del instante y que si caemos en este antojo básico, pronto estaremos deseando “un pedacito más”, que por supuesto, tampoco será el último.
  • Licor. Para “olvidar”. Al final de días o épocas fuertes, soñamos con un trago que nos haga olvidar y destensionar. Como cada vez es más difícil apagar el piloto automático, confiamos en esta fuente inmediata que relaja y desconecta nuestro ya saturado sistema nervioso.
  • Mecato, comida rápida. Hoy no pasan más de 10 minutos entre la necesidad de comer y la satisfacción del deseo. Ni siquiera tenemos tiempo de pensarlo dos veces, cuando ya tenemos el pan en la mano. La oferta es demasiada, y la publicidad cada vez más llamativa y poderosa. La famosa caricatura gringa del niño gordito viendo televisión con un balde de crispetas más grande que él en la mano, es la más terrible representación de esto. El niño no tiene hambre, pero está comiendo en un acto automático. Seguramente se levantará con más hambre, porque el cuerpo está ávido de nutrientes y en la pobrísima conexión que tiene con él, relaciona el hambre con la comida más próxima y fácil de obtener, que será siempre la comida chatarra. Mientras el cuerpo de este niño no obtenga los nutrientes que necesita para funcionar, seguirá mandando señales, pero ésta conversación será más o menos como el cuerpo hablando en Chino y el niño respondiéndole en Español. Hasta que no se rompa la cadena de dependencia de calorías, y no se le de al cuerpo lo que está verdaderamente pidiendo, el desequilibrio será evidente. Y tras muchos años sucediendo lo mismo, el resultado será inevitablemente, la enfermedad.

Sal, azúcar, café, miel, sopa, jugo, ácido, quesos o lácteos, frutas o helado, cada antojo tiene algo importante que enseñarnos. Son señales sutiles, que hablan más bajo que la mente racional. Más bajo que la vida social. Más sutilmente que la publicidad. Con tanto ruido externo cada vez es más difícil escucharlos. Hemos aprendido a condenar todo aquello que quepa bajo la etiqueta de “esto engorda”. Privilegiamos mil cosas cero naturales y sanas de la cultura Fitness por creer que nos van a regalar el abdomen de los sueños. Juramos que somos maleables como la plastilina y que podemos meternos en moldes idénticos, con la ilusión de que encajamos. Sufrimos de estrés crónico, cansancio crónico, colon irritable, jaquecas, insomnio, depresión y ataques de pánico. Huimos del sol, amamos el ejercicio demente, en el que durante una hora tratamos de desatrasar lo que dejamos de movernos en una vida de oficina aburridoramente quieta y sedentaria.  Compensamos todas las carencias con tarros de vitaminas fosforecentes e intragables, que no son más que nutrientes aislados que alguna vez estuvieron en alimentación corriente.

IMG_8996.JPGDe niños somos sabios. Nuestro instinto nace intacto. Pero crecemos y aprendemos “más de la cuenta”, vamos arrinconando esa herencia invaluable de tantas generaciones que han pasado por el mundo y nos entregamos al mundo racional, con mil ideas de lo que debería ser y muy pocas de cómo manejar lo que ya es. El yoga me ha enseñado a “sentir lo que siento”, a estar con esas necesidades que surgen y que generan incomodidad a veces. A no pelar con lo que llega a la mente, sino a aprender a conocerlo, y quizá, a manejarlo. El Yoga me “siembra” obligada en el aquí y el ahora y me entrega un canal de comunicación directa con el instinto crudo y por mucho tiempo ignorado, para ver si finalmente le permito que trabaje en mi equipo, me proteja y me enseñe. Después de un buen tiempo, aún no siempre lo logro, pero sigo en el trabajo.

No hace falta tanta tecnología. A veces es mejor apagar por un tiempo el “afuera” para tratar de sintonizar la voz interior. @yogalalma

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