Todas las vidas cuentan. (La cosa está dura, aporta al mundo tu felicidad)

image1.JPGCortas o largas, ricas o pobres. Vividas “a término” o acabadas prematuramente. Cada vida es sagrada, hermosa y valiosa, cargada de un potencial inexplicablemente inmenso. Qué ninguna pase en vano. Ni la mía ni la tuya, ni la de todos esos que han muerto en el anonimato.

Estamos atolondrados de ver tanto dolor. La primera vez recuerdo haber visto tanta tristeza junta fue el 11 de septiembre de 2001. Tenía 17 años.  No podía creer que mientras medio mundo lloraba, un grupo ínfimo e infame, celebrara en su casa lo sucedido como un triunfo. El mundo no volvió a ser el mismo jamás. Parte porque perdimos la tranquilidad y nos casamos con el miedo y parte porque dejaron de escandalizarnos los dolores individuales. Ahora el dolor se mide en número de muertos, depende del lugar de los hechos y de la cantidad de imágenes que podamos ver. En cada nuevo boletín de prensa, sube el número de muertos, como el acumulado del baloto y la gente se lleva las manos a la boca como si de verdad esta vez fuera el tope, el final, lo más duro. A los 15 minutos olvidamos el suceso, volvemos a nuestra vida y rutina hasta que unos meses después nos despierta con alarmas la próxima noticia. Cada vez más aterradora y descarnada. Es la triste verdad.

Soy muy insistente en el tema de la coherencia y en pasar de la indignación a la acción. También es un tema de curar el remordimiento, pues ante la imposibilidad de irme a Siria a salvar a esta gente tan desdichada, ante la impotencia de ver que aquí a la vuelta de la esquina la improvisación, el subdesarrollo y el abuso de la naturaleza borran pueblos enteros (y no aprendemos), siento que con pasos de hormiga podemos construir también paz y esperanza. Que no hay que ser misionero en África si hacemos el trabajo sencillo y bien hecho. Si, porque si perdemos la esperanza se acaba nuestro mundo. Sin esperanza no hay futuro. Y algunos ya la están perdiendo.

Cada vida cuenta. Cada vida. Si. La del niño de Siria que murió ahogado. La del radical suicida que se inmoló. La de mi hijo y la del presidente de Francia. La del portero y la del Papa Francisco. Ninguna vida es más valiosa que otra, y aunque las imágenes nos muestren lo contrario, dentro de cada corazón que late en este mundo puede haber dolores tan inmensos, tan profundos, tan desesperantes que nadie puede siquiera imaginar.

Qué tal entonces si ayudamos a aliviar el dolor del que está cerca? Qué tal si empezamos con el del lado? Qué tal si nos aseguramos de que todo nuestro círculo cercano esté en paz con su vida, realizado con su misión? Progresando, conectado con su propósito de vida?  No tiene mucho sentido desbaratarnos con el dolor lejano, mientras dejamos que a nuestro lado, a veces bajo el mismo techo, alguien viva su propia tempestad.

Estamos aquí para levantarnos los unos a los otros. La mayoría de nosotros, no vinimos a este mundo a ser monjes en retiro, sino a estar al servicio de los demás. Para levantar  al que ha caído con ejemplo, con inspiración, con ayuda en tiempo o dinero. A veces solo basta una tarde libre, o compartir un café. Cuando la gente siente que su vida importa, que a alguien le duele, que el amigo comprende, su chip cambia. Su sombra se ilumina, su norte se dibuja. Sacamos su dolor de la concha y le decimos: no tienes que cargarlo solo, aquí estoy!

Sé un líder en tu entorno. Todos nos movemos en círculos que podemos motivar. Si estás bien, sé soporte. Si estás mal, pide ayuda. No te rasgues las vestiduras por lo mal que está el planeta si en tu propio cuerpo no cabe mas odio y desamor. Yo sé, es mi certeza, es mi esperanza, es mi experiencia: alguien conectado con su luz, puede espantar mucha oscuridad. Empieza por encargarte de tus propios demonios. Exorcízalos, sácalos y renuncia a ellos. Si eres empleado, haz feliz a tus jefes y a tus clientes. Si eres jefe, haz feliz a tus empleados. Encárgate de la felicidad de los otros y la vida se encargará de la tuya. La cadena no se rompe, pero tenemos que empezar.

Dejemos de creer que valen más unas vidas que las otras. Que hay que cuidar más unas que las otras. Todos estamos conectados de una u otra manera. Todos compartimos este espacio y este tiempo de la historia por alguna razón. No creo que hayamos venido al mundo por coincidencia o por error. Cada uno tiene una misión clara e importante en el organigrama de la vida. Pero si nos quedamos esperando a ser gerentes o a que el presidente haga su labor, nos pasará esta vida y muchas otra vidas. Nunca llegará la solución.

Por cierto, yo disque periodista y dejé de ver noticias hace tiempo. Es demasiado empobrecedor. Parecen un sartal de quejas y reclamos y nunca jamás plantean una solución. Tampoco es como que sea su trabajo, pero entonces de quién es? Tuyo? Mío? Será más bien que ver tanta miseria nos endureció? Será más bien que en vez de sensibilizarnos, nos subió la barrera del aguante? El punto en el que reaccionamos? La tolerancia a ver dolor? Necesitamos cada vez más detalles, más escándalo, más muertos, más deshumanización? Con solo leer los comentarios de las redes para esos artículos de los periódicos me doy cuenta de que necesitamos un remedio colectivo a tanto odio. Todos estamos bravos con todos, con el alcalde, con el presidente, con el gerente del banco, con los malos y los buenos, con los jueces y fiscales, con nuestra familia y con nosotros mismos, y por eso cualquiera que caiga en desgracia, la víctima o el victimario de turno se convierten en el contenedor perfecto para vaciar tanta ira, tanta indignación, tanta sed de venganza, tanta intoxicación.

La queja es pesada. Pesa como una piedra en la espalda y empaña cualquier posibilidad de solución. Hay que ser proactivo. Empieza por regalarle al mundo un corazón aliviado, unas palabras amables, una sonrisa sincera, una ayuda, un perdón. Hay que poner la primera ficha del rompecabezas. Puede ser difícil, pueden ser mil fichas pero por una sola se empieza, no?

Mi religión es simple. No hay necesidad de templos, ni de filosofías complicadas. Mi cuerpo, cerebro y corazón son el templo y mi filosofía, es la bondad”. Dalai Lama.

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