Garbanzos, tahine y una sopa de ideas

No quiero ser bloguera de comida. Nunca ha sido mi intención. Pero lo que si me apasiona es todo lo que se mueve alrededor de la comida, la cocina, la mercada, la salud, la familia alrededor de la mesa, y los beneficios (o maleficios) que todo esto puede traer después.

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Dicen que el que come solo, muere solo. Seguramente tienen razón. No porque sea de mala suerte comer solo, sino porque compartir el momento completo de la comida es de los programas que mas convoca y de los más deliciosos que hay. Los que cocinamos no lo hacemos tanto por el gusto de ese momento, sino por la satisfacción de ver a alguien probar y saborear tus recetas. Y alrededor del alimento se va yendo la vida, se van tejiendo amistades y amores, se intenta arreglar el país mientras se enseña a los hijos a tener buenos modales.

Así que, ¿en qué momento la comida se volvió un karma? ¿Desde cuándo una cena es una malteada? Algunos creen que los que decidimos alimentarnos más sano comemos lechuga batavia con zanahoria rallada. En verdad eso sólo nos pasa en los asados, cuando no contaban con un vegetariano y sacan lo primero que ven en la nevera. De resto, y cada vez más, el mundo es un lugar fascinante para explorar la infinita creatividad de los chef de comida sana que son capaces de llevarlo a uno de viaje con el primer bocado.

La cara de felicidad y placer de los invitados siempre pagará por el esfuerzo en la cocina, por el olor a ajo en las manos, por las uñas siempre desarregladas y por la plata (más de la cuenta) invertida en antojos varios e implementos de cocina, que (tal vez) jamás estrenaré. Cocinar es mi terapia: en el momento en que estoy sola picando una piña, saboreándome mi taza de té chai mientras cocino, encuentro mi momento especial del día y de cierta manera, mi meditación.

Esta semana hice Hummus árabe desde cero. Documenté el paso a paso para compartirlo. Cada ingrediente es tan delicioso por sí solo, que el resultado no puede defraudar. Además las posibilidades de  usarlos por separado en medio de la preparación son tantas, que por una semana se puede comer “de lo mismo, pero de diferente manera”, sin temor al aburrimiento.

  1. ME GUSTA TODO DE CERO. En un principio porque sé que casero es mejor. Luego, porque me gusta ensayar y saber que soy capaz. Finalmente porque si no resulta, siempre está la posibilidad de comprar insumos ya listos (o de seguir ensayando), y al menos aprendo de dónde viene todo lo que me venden preparado. Para preparar EL TAHINE DE AJONJOLÍ licué por un muy buen rato 2 tazas de ajonjolí apenas ligeramente tostado. Hay que estar pendiente y ver cómo éste primero se vuelve una arena fina y luego, con el calor y el movimiento, va soltando la grasita, pegándose a los bordes, y finalmente volviéndose una pasta pegajosa. En ese punto le pongo un chorrito de aceite de oliva, sal marina y pimienta. image1.jpeg

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2.TAHINE DE AJONJOLÍ. El sabor de esta pasta espesa me transporta a otro planeta. Me lo podría comer a cucharadas pero no todo el mismo día, porque tiene un sabor penetrante y muy característico. Para preparar una vinagreta deliciosa, basta licuar una cucharada generosa de esta pasta con 1 taza de Balsámico. También queda delicioso cambiando el Balsámico por Vinagre de cidra de manzana. Para salir de todo el mismo día, usa la licuadora aún untada con los restos del pegote del tahine, para hacer la vinagreta.

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3.GARBANZOS. Pueden ser de lata, pero yo los compro secos. Los remojo toda la noche, les cambio el agua y los pito en la olla a presión por 30-40 minutos. Deben quedar blandos para dar cremosidad. Siempre reservo una parte para hornear con aceite de oliva, sal, pimienta y paprika: quedan crocantes y saben increíble como snack o en la ensalada. También aprovecho a veces para hacer una sopa de garbanzos con vegetales y hogao. 

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4.HUMMUS. Separo 2 tazas de garbanzos y los llevo al procesador con 2 cucharadas del tahine de ajonjolí, el jugo de 2 limones (1 más o 1 menos, es cuestión de gustos), 3 dientes de ajo rallados en mi mini rallador (parece robado de la barbie), sal y pimienta. Algunos recomiendan 1 cucharadita de comino (pero que sea de buena calidad). Si el procesador se pega, se puede poner un poco más de líquido: aceite de oliva, jugo de limón o incluso, agua. La clave aquí es probar.

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5. GUARDAR. Yo cocino en cantidades grandes sin miedo. Guardo un poco en un frasco de vidrio en la nevera para uso inmediato. Amo el hummus como entrada con pan pita, palitos de zanahoria, apio o manzana. También queda delicioso en la ensalada, en la arepa o como salsa de un sánduche. Aparte lo que queda lo guardo en bolsitas de cierre bien planitas en el congelador, marcadas con la fecha, para sacar en cualquier momento para mí, para regalar o para dar a la visita.

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Mis hijos han consumido Hummus desde muy bebés. Eli, de un año y medio, a veces sólo quiere desayunar Hummus a cucharadas. Sé que tiene ahí su proteína completa, que el ajonjolí es además rico en calcio, zinc y grasas saludables. Mis amigas a veces me piden que les reserve un frasquito para tener en la casa. Esta receta siempre es ganadora en las clases de cocina, y el secreto está en ensayar, probar y ajustar.

No hay nada más exitoso que una receta hecha con amor, ahí entrega uno un pedacito del alma.

“Cocinar con amor, alimenta el alma”, y ser un buen cocinero te asegura, al menos en vida estar siempre acompañado! @yogalalmaimage5.jpeg

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